Tenemos a la vista en nuestro país un panorama electoral apasionante, cuyas consecuencias pueden ir mucho más allá de la próxima legislatura. En la actualidad, España se encuentra en una verdadera encrucijada histórica, que puede significar el comienzo de su regeneración o bien su hundimiento definitivo. No es que yo pretenda ahora añadir dramatismo a la situación cargando las tintas negativas. De hecho, sabemos que España ya ha pasado, a lo largo de la historia, por crisis auto-destructivas muy frecuentes. En los dos últimos siglos hemos atravesado momentos verdaderamente terribles que no es necesario pormenorizar aquí: guerras civiles, inestabilidad política, discordias endémicas…. Es verdad que nuestra nación al final siempre ha salido adelante, si bien a costa de terribles sufrimientos por parte de una o de varias generaciones. En el mejor de los casos, una de esas generaciones damnificadas por las obsesiones de una minoría puede ser la nuestra. Estamos, en definitiva, en uno de esos momentos clave que pueden marcar nuestra próxima trayectoria y que nosotros, con nuestro voto, podemos decidir.
Se podría decir que el consenso sobre el que se cimentó el régimen del 78 parece haberse quebrado (un poco artificiosamente, hay que decir) y ahora son demasiados asuntos los que dividen a los españoles. Sin embargo, en medio de tantas polémicas hay un tema urgente, que no puede esperar, respecto al cual hay que tomar partido ya de forma militante, puesto que el mismo va a condicionar decisivamente el rumbo que pueda tomar la nación. Ese asunto no es otro que el de Cataluña.
Es de dominio público que en nuestro país hay abierto un descarado proceso secesionista ante el cual los partidos que van a competir electoralmente se plantean por el momento dos posibilidades. Una de las opciones es aplicar un 155 duro, que suspenda decididamente la autonomía catalana y tome medidas drásticas respecto a los medios públicos, la administración y la enseñanza en dicha región. La otra posibilidad es la que sus partidarios llaman la “vía política”, es decir, la negociación y el diálogo con los irresponsables que han llevado a la región al borde del caos.
Somos conscientes de que esta segunda opción se presenta a priori como mucho más civilizada, sobre todo para quien no conozca el trasfondo de lo que lleva pasando desde hace cuarenta años. La firmeza y la imposición que plantea ahora la derecha parece una solución autoritaria, que va a generar conflicto y que a la larga va a resultar insostenible. Frente a ella, suena mucho más “correcta” la política de buscar el consenso y de escuchar al que piensa diferente, para tratar de llegar a un acuerdo con él.
Sin embargo, no es necesario recordar ahora los pasos que nos han llevado hasta aquí. El conflicto creado no es un fenómeno natural y espontáneo que se haya producido en el interior de la sociedad civil catalana, sino el resultado de un colosal proyecto de ingeniería social que ha contado con miles de millones de euros proporcionados no solo por las élites políticas regionales, sino por los dos grandes partidos nacionales que han colaborado con entusiasmo para fomentar estas ideas segregadoras.
En segundo lugar, lo que están planteando ahora los políticos soberanistas es ya la abierta secesión, después de haber proclamado la “república catalana” y haber promulgado leyes de desconexión con el resto del territorio nacional. Lo que supuestamente pretenden tanto el PSOE como Podemos resulta ya un imposible: negociar algún tipo de encaje nuevo de Cataluña dentro de España que satisfaga a los nacionalistas. Los políticos separatistas han ido, en este sentido, demasiado lejos, seguros de su impunidad. Y no se puede decir que hayan engañado a nadie: desde hace decenios vienen proclamando sus objetivos ante la ceguera de quien tendría que haberles parado los pies mucho antes. En ninguna cabeza humana cabe que los dirigentes separatistas vayan ahora a dar marcha atrás y se avengan a negociar un nuevo estatuto que ampliara sus competencias o les diera nuevos privilegios económicos. Esa solución sería, por supuesto, totalmente nefasta para el resto de los españoles, aparte de que no haría más que aplazar unos pocos años el problema. Todo nacionalista se sienta en un tobogán cuya salida última no puede ser más que la independencia.
Por todo ello, parece lógico suponer que lo que la izquierda está tramando con toda esta monserga del diálogo es sencillamente prepararnos para un referéndum legal de secesión, como el que hubo en Escocia (aunque Cataluña nada tenga que ver con ese antiguo reino). Precisamente en el Reino Unido saben bien que los referendos los carga el diablo. De lo que no me cabe duda es de que si se llegara a convocar dicho referéndum, tal circunstancia significaría directamente la muerte de España tal y como la hemos conocido en la historia. Pues parece más que previsible que Cataluña no sería el único territorio en reclamar tal supuesto derecho de autodeterminación, lo que nos llevaría a un proceso de balcanización galopante. Ojo, porque España se juega su ser o no ser en este asunto.
Por mucho que Casado brame ahora por un 155 más serio que el anterior; por mucho que algunos barones socialistas rajen contra Pedro Sánchez, conviene no olvidar la responsabilidad histórica que han tenido PP y PSOE, PSOE y PP en este asunto. Hasta el mismo Aznar fue capaz de destruir al PP catalán con tal de satisfacer a los catalanistas. Decenios de políticas de diálogo, de transacción y de mano tendida nos han llevado a la situación límite actual. Es el momento de ponerse una vez colorado, en vez de vivir permanentemente amarillos.
Tampoco conviene olvidar que C’s, hasta ayer mismo, pedía un 155 blandito y fugaz, no se fueran a enfadar los de siempre. Y otros detalles significativos: dentro de C’s se han integrado grupos nacionalistas (como Lliures, uno de los restos del naufragio de la infausta Uniò Democràtica). Tampoco olvidamos que una de las dirigentes de la formación naranja, una tal Lorena Roldán, participaba jubilosa en manifestaciones separatistas hasta hace bien poco. La capacidad de metástasis del nacionalismo catalán es casi infinita.
Solo hay un partido que inequívocamente se ha enfrentado a este desafío. Y ese partido es VOX, que desde el frente judicial hasta el político ha decidido dar sin complejos esta batalla en la que se juega la supervivencia de nuestra nación. Ese partido ya dio la sorpresa en Andalucía. Ojalá ahora la puede dar en el resto de España, incluyendo en ella a la misma Cataluña.





