Decía Ortega y Gasset que España era un pueblo impredecible y enfrentado entre sí, que las periferias no enarbolaban el sentimiento de la patria común de la nación española. Hoy, tampoco se enarbola ese sentimiento común, puesto que del interés partidista más reaccionario y la victimización más cínica de aquellas regiones que no quieren a España ha nacido el juego del sillón. Entre los partidos estás situaciones colindantes están siempre a la orden del día, puesto que no es juego de un partido corrupto, el cual ha traicionado todos sus valores, tampoco es juego de aquel partido que abandera la progresía común y otro día –como Judas- abraza el independentismo con el viejo mantra del diálogo, y mucho menos de un partido que ha llegado a la cima con un marketing digno de una Apple store que de un partido serio.
Lo cierto es que esto no es casualidad. Este mega estado feudal donde existen privilegiados – los políticos- y los no privilegiados –la ciudadanía- es fruto interesado de las élites políticas. La partitocracia o el gobierno del pueblo, poco se parece a la democracia o gobierno del pueblo, puesto que esta élite partitocrática ha conseguido perpetuar su hegemonía introduciéndose en la educación, en los medios de comunicación, en los colectivos , en las asociaciones y en todos los aparatos del poder de este sistema democrático. ¿Para qué? El abuso por parte de las mayorías – y no tan mayorías- silencia a las mayorías reales: las silenciosas, para así crear un único status quo conformado de favores a esta clase privilegiada. Si tienes un amigo en ese estamento puedes sentirte como si Dios te hubiese elegido, sino, vete preparando para que el estado te desplume el 46% de tus ganancias más IVA. El clientelismo –fomentado por las autonomías y la escasa separación de poderes- surgido en este país es abismal, ya no se habla de dejar a los ciudadanos vivir en paz, el ser político por vocación a los demás; ya se practica las ganas de dictar en el sillón de la Moncloa, y no sólo eso, ojo, sino también la desfachatez de convertirse en los papás de los ciudadanos. Este status quo sigue perpetrando el estatismo y el acomodamiento de sus ciudadanos.
¿Y cómo se adorna esto? Haciéndonos mediocres en la educación. Ellos mismos fomentan que los escándalos de la corrupción continúen para que la ciudadanía diga «Todos son unos corruptos, qué más da». Ellos siguen con el chiringuito de colocar a cargos públicos, de tener una deuda a costa de los ciudadanos y vivir en chalets adosados a las afueras gritando ¡Si se puede! La partitocracia está matando a este país, el marketing está absorbiendo nuestra capacidad de ser críticos y analizar un partido político, el quedar bien y ser un “ganador” está liquidando nuestra racionalidad, ya no somos capaces de ser críticos y condenar la corrupción, solo sabemos culpar a los demás de pecadores sin ver nuestro propio pecado.
¿Qué nos está ocurriendo? Sólo distinguimos de colores, estamos como aquellos animales que sólo se guían por instinto, ese instinto nuestro llamado sentimiento. El no poder sacar la bandera de nuestra nación sin que te acusen de fascismo, pero oye, el nacionalismo –incluso racismo- periférico es liberador. Ya es hora de que nos demos cuenta de quién está provocando esto, al igual que un rey absoluto tenía a la población inculta para que no se sublevasen ante ellos, los partidos adormecen a la multitud para que no actúen con ansias cívicas. El cambio está muy bien, hasta que toca convencer a las personas, porque recordemos que en España no son los grandes pensadores que crean ideas y estas las trasmiten a la población, sino aquellos políticos que con sus ansias de sillón nos pone en “la sexta noche” –más propio de Telecinco- lo que queremos oír y de lo que quieren que nosotros peleemos. España, está desintegrada, por dentro y por fuera.
Si pedimos elecciones que sean consecuentes, que el voto útil no vaya para cualquier Berlusconi, lo útil es lo que nos hace sentir bien a nosotros mismos, esto es democracia, y la democracia conlleva un espíritu crítico, espíritu que nos roba esa clase privilegiada que vive en el bienestar del Estado.
Pablo de Mora es estudiante de Ciencias Políticas.





