Ya apenas quedan libros ni periódicos en los lugares en donde antes se consideraban más oportunos: en las estaciones, aeropuertos, todos los lugares de espera previos a un viaje, cuando se supone que más bienvenido e incluso necesario resultaría un libro. Algún establecimiento subsiste, sí, pero escondido y con bastante escasez de género: alguna revista lacia, algún best-seller aleatorio… casi enterrado en la maraña de bebidas y comestibles.
Pero en una estación italiana parecía haber, entre los libros, una joya: el relato de Dickens sobre sus impresiones tras un viaje por Italia, una obra publicada por primera vez, ¡en 1846! Sonaba a lectura no cabe más deliciosa – Dickens nada menos, allí en su coche de caballos, llegando a Italia desde Aviñón, recorriendo Génova, Milán… tantas otras ciudades, describiéndolas, y llegando finalmente a Roma, deteniéndose allí con delectación y terminando en Nápoles, de donde describe hasta el popularísimo juego de la lotería.
Se empieza a leer- efectivamente es curioso, entretenido; produce una fruición especial el comprobar cómo un texto de hace casi doscientos años puede constituirse perfectamente en guía de viaje incluso para el día de hoy. Resulta único, maravilloso, el saberse en la vieja Europa, el comprobar que a pesar de tantos y tantos reveses y guerras y revoluciones, aún tantísimos elementos se mantienen imperturbables.
Pero, ¡ay!, al ir leyendo invade una especie de desilusión. ¿Por qué el autor describe las cosas con tanto desprecio, con tanta crítica? Bolonia, Ferrara, Verona, Mantua, Siena… Todo le parece sucio, triste, abandonado; y sobre todo, falto de interés. “the town was so intensely dull and flat…”, “la ciudad era tan plana y aburrida que la suciedad parecía no acumulada por las circunstancias, sino nacida con ella” (esto por Mantua, pero el resto del libro está escrito en el mismo tono). Si por un lado nos las prometíamos felices de ir siguiendo, dos siglos más tarde, tan maravilloso itinerario artístico, y efectivamente, produce cierta fruición cada vez que menciona algo que nos es querido y familiar… (pues nada se le escapa, se ve que tuvo libre y cómodo acceso a todo, el Cenáculo de Leonardo, las riquezas del Vaticano)… enseguida el tono cínico y despectivo va casi amargando al amante del arte, más que deleitándole. Llega a decir que quien admire “el Incendio del Borgo” (en las estancias de Rafael en el Vaticano) debe tener perturbadas sus facultades mentales – y comentarios similares hacia prácticamente todas las iglesias. Sólo el paisaje natural le inspira algunos elogios.
Esto realmente choca a quien haya leído a Dickens, porque el tono despectivo y burlón es todo lo contrario de su estilo. Precisamente su punto más destacado es su enorme amor a la humanidad, ya puede describir como lo hace, los aspectos más sombríos y terribles de la Inglaterra de la Revolución Industrial, que siempre lo lleva a cabo con muchísima ternura, siempre lo colorea con el elemento humano, la enorme variedad de personajes, de situaciones conmovedoras… Diríase que es por antonomasia el más capaz de ver lo bueno dentro de lo malo, el que de cualquier situación extrae un algo hermoso que llega al corazón de sus lectores, y aun persiste a través de los siglos. ¿Cómo puede darse ese contraste, por un lado el personaje amable, tierno, comprensivo, y por otro el despectivo que todo lo ve feo desde su superioridad?
Lo primero que se viene a la mente después de tanto leer, en el libro sobre Italia, la palabra “suciedad”, es “Pero bueno, ¿y cómo estaban las ciudades de tu Inglaterra natal, que tú mismo has descrito?”. Precisamente Dickens ha sido el principal altavoz de la terrible suciedad y miseria que padecían; pero, eso sí, llenándolas de poesía y de interés humano.
Por poco que agraden las confrontaciones absurdas… no hay más remedio que concluir que hasta en quien menos se espera, se produce ese fenómeno, en el mundo anglosajón entre otros, de curioso desprecio hacia el sur de Europa (¡aun recorriéndolo y admirando sus bellezas! ¡Algo tendrían! Es decir, gustaban de venir a verlas, pero al describirlas había que despreciarlas). En su país, toda suciedad, toda miseria, era fuente de inspiración para producir un cuadro hermoso – hasta lo malo era redimido en su visión tierna y entrañable del mundo. Y fuera de él, ya se halle entre los palacios de la Ciudad Eterna, entre todo el esplendor de la Antigüedad y del Renacimiento, ni perdona una mota de polvo, ni deja de alardear de lo poco que le impresionan los grandes pintores ni los grandes monumentos. De la torre de Pisa comenta “que a su alrededor hay muchos mendigos” (pero, ¿y esto le extraña a Dickens?). En Inglaterra, todo es redimir. En Italia, todo es desmitificar.
Trasladándonos de Italia a España, pues este ingrato ejemplo ayuda a comprender un triste fenómeno de nuestra historia contemporánea: se popularizaron ciertos relatos de viajeros del siglo XIX; es decir, relatos escritos por extranjeros que visitaban con curiosidad de románticos la “piel de toro”, y escribieron sus impresiones. Hasta ahí, bien está. Lo malo fue el interpretar los relatos de viajeros de fuera como si fueran “más objetivos”, como si fueran la verdad absoluta, y de ahí a creernos todo lo que decían. Precisamente el viajero que lleva sus ideas preconcebidas, y sobre todo ese insoportable aire de superioridad… ése es el que menos puede comprender realmente nada. Sus descripciones tendrán el valor de anécdota y nada más. Ciertamente hubo visitantes cuyas aportaciones no son de desdeñar (¿quién lamentará la existencia de los “Cuentos de la Alhambra” de Washington Irving?); pero junto a ellos hay muchos otros, anglosajones y centroeuropeos, que desde su pedestal pontificaron sobre lo primero que veían, destacando “la suciedad, el atraso”, y en un momento trágico de nuestra historia, nos dedicamos a aceptar humildemente esas descripciones, a “interiorizarlas”, como si por venir de fuera llevaran el sello de la veracidad.
Desde dentro es como se comprenden y admiran las cosas, no desde fuera.
Y que el autor de “Oliver Twist” se lamentara de la “suciedad” de Roma es como para recordar lo de “dijo la sartén al cazo”… A España nunca se molestó en venir, la despreciaba demasiado; seguramente fue mejor así.
(Y esto no disminuye en nada nuestro cariño a “David Copperfield”, personaje eterno. Ahí radica el maravilloso misterio del arte, cuando las obras superan a sus creadores. En ellas hay un hálito que “no es obra humana”).






1 Comment
Un muy interesante artículo.