Analizar cómo deben traducirse algunas palabras, lo que en otro tiempo podía parecer un pequeño pasatiempo académico, más o menos entretenido según los gustos, pero de escasa relevancia general, hoy en día, en que tanto la nación como la lengua española se hallan tan amenazadas, adquiere tintes de… ¿osaremos decir, (tomado por el lado cómico el inaudito acto de totalitarismo que divide a los ciudadanos en dos clases según la ley, esenciales y no, esto aceptado con la misma naturalidad con la que bajo el imperio romano se distinguía entre ciudadanos libres y esclavos) que hoy en día ese pasatiempo es una actividad esencial de supervivencia…?
Los años escolares de la futura Madame Curie en Varsovia estuvieron marcados por la opresión rusa, que imponía su idioma para todo, hasta para rezar (“pretendiendo respetar sus creencias, les hacen mancillar lo que más veneran” dice su biógrafa Eve Curie). Su amada lengua polaca debían estudiarlas a escondidas, y el riesgo que corrían no era leve. Unos kilómetros más al suroeste, en Alsacia, los niños franceses corrían similar suerte: de un día para otro, se prohíbe su idioma y se impone el alemán. Alphose Daudet refleja este drama en uno de sus “Cuentos del lunes”, en el que el profesor les da la última clase de lengua, exaltando la belleza del francés y de su gramática, ahora que por obligación han de dejar de usarlo. La pérdida de la propia lengua… El ser humano siempre lo tiene difícil, se enfrenta a la escasez, a las enfermedades, a huracanes y tempestades y a luchas, enemistades y traiciones, con todo eso casi que debe contar, pero, ¿perder la lengua en la que se expresa, en la que piensa…? Sólo cuando eso sucede se cae en la cuenta de la enorme mutilación humana que significa.
Comentábamos lo interesante, lo curiosa que es la evolución de las lenguas. Una misma palabra latina fue adquiriendo un significado en una tierra, y otro en otra. A veces, la diferencia es sólo de matiz; pero es valiosísimo conservarla. Si no, nos quedamos en el lenguaje de signos, en los emoticonos, en el “me gusta”. Un retroceso de milenios…
Ingenuidad. Todo el mundo sabe lo que significa “ser ingenuo” en español. Hablamos de ser inocente, confiado. En inglés la misma palabra (“ingenuous”) significa más bien “ingenioso”, con habilidad para explicar o resolver bien una situación espinosa.
Del mismo modo, la candidez (lo que en latín significaba simplemente “de color blanco”) en español indica algo parecido a inocencia; el cándido es alguien sumamente confiado, casi en exceso. Con un matiz de casi un poquito tonto, o infantil. En inglés, la misma palabra (candid) evolucionó de otra manera. Indica franqueza, hablar sin pelos en la lengua. “I will be candid with you” significa: “Te voy a hablar con franqueza”, o sea, me voy a sincerar….
Con horror leemos el otro día en un periódico. “Los niños son brutalmente honestos”. Zafia copia de la expresión inglesa (brutally honest”) que destroza los matices tanto de las palabras inglesas como de las castellanas. Querría decir algo así como “los niños son tremendamente sinceros”. Lo peor es que quien habla así se cree más “guay”, cuando lo que hace indica una ignorancia destructora. “Brutal” en inglés tiene un cariz distinto, y “honest” también. Si habláramos de un texto traducido, tendría un pase (estaría mal traducido, pero bueno, qué vamos a esperar). Lo peor es cuando estos barbarismos no se dan en traducciones, sino simplemente hablando o escribiendo en español contaminado.
“Es un miserable” se dice, en español, de alguien especialmente malvado, ruin, traidor. En inglés, el mismo adjetivo (“miserable”) se emplea, por ejemplo, para decir que mi hijito con gripe se encuentra desanimado y pachucho (“He is very miserable”). Etimológicamente es lo mismo: miseria. En español ser refiere a la miseria moral, a la maldad. En inglés es algo así como pobreza de salud y vitalidad; lejos de ser un insulto, se emplea de manera hasta cariñosa.
“He is a most indifferent painter”. “Indifferent” en inglés se debe traducir como “mediocre”. Es simpática, curiosa, interesantísima, la evolución del matiz de las palabras, partiendo de una misma etimología. Sería asesinar la palabra española “indiferente” (que es algo así como “pasota”) el usarla copiando su significado en otros idiomas, y encima dándonoslas de entendidos.
“Excentric” un diccionario dirá que es “excéntrico”, sí. Pero su uso, en inglés, es más bien despectivo; nadie se alegra de que lo llamen así. Mientras que en español puede resultar hasta elogioso (alguien excéntrico puede considerarse original, interesante), en inglés es como decir que alguien está “descentrado”. Fijémonos en las dos palabras castellanas: excéntrico y descentrado. Etimológicamente, significan exactamente lo mismo: fuera de su centro. Pero en el uso cotidiano, le hemos dado a una de ellas una connotación negativa, descalificadora, hasta insultante (“descentrado”) y a la otra, no se sabe por qué, pues una connotación simpática y benevolente (“excéntrico”). Curiosamente, en inglés “excentric” tiene el mismo aire negativo de nuestra palabra “descentrado”.
Estos ejemplos son de palabras que aún conservan, y ojalá no se pierdan, sus significados nítidos. Por ellas podemos comprender la triste pérdida que se ha dado en otras, en las que servilmente ya hemos ido aceptando su vaciamiento de identidad…
En español, “recepción” es como la portería, de un hotel o similar. Ofrecer una pequeña fiesta, unas copitas o aperitivos era “dar un ágape”. O, en mayor escala, un convite. La absurda copia de la palabra inglesa “reception” (de nuevo, la etimología es la misma, “recibir”. Pero, ¡qué diferente el uso adquirido en una y otra tierra, y qué hermosa e interesante esa diferencia, y cuán lamentable su olvido…!), ha supuesto una pérdida de colorido, de personalidad, de riqueza de nuestra lengua. Menos daño haría, repetimos, el usar un término declaradamente extranjero (por ejemplo, en una tarjeta de inauguración de algo, indicar “Cocktail”), que emplear una palabra castellana (“Recepción”) adulterando su significado.
Durante milenios, filósofos y teólogos reflexionaban sobre lo esencial del ser humano. Ahora, lo que es esencial lo decide el político de turno. Pues si tanto nos chirría, es en parte, por una mala traducción (por darle a una palabra castellana un matiz que en sí no tiene). Hubiera sido mejor, al imponer estas restricciones comerciales tan aleatorias (Aldi sí, tiendecita no), por lo menos hablar de “servicios de primera necesidad”. Algo cambiaría: las tiendecitas estaría igualmente condenadas, pero al menos no se las insultaría tachándolas de no esenciales (¿quién es un político para definir lo que ni Aristóteles se atrevía?).





