En estos días de Sevilla el tiempo no atiende a la rigidez de las agujas de un reloj ni es preciso con horarios ni minutos. Habla otro idioma de luces y sombras, de sol y anochecer. Y por si fuera poco (alguien lo dijo con toda la verdad de la Madrugá), mañana será el único día del año en el que con Ella amanecerá dos veces. A estas horas, en las que ya nada cuadra con la realidad, un nazareno guarda su papeleta de salida en El Silencio. Es por igual tan breve en datos como imponente en herencia. Es un pequeño papel para contener todo un legado. Cuando empiece a vestirse tendrá la extraña sensación de que no lo hace solo, sentirá el escalofrío ese de las cosas de aquí, donde Dios te habla mejor para llenar los aparentes vacíos, y los huecos resulta que cobijaban, como en un muro de las lamentaciones, las palabras de consuelo más imprevistas. Ese nazareno del Silencio sabrá cómo en Sevilla siempre nos ponemos nuestra túnica en compañía de los que un día se la pusieron con nosotros. Descubrirá que recogió una papeleta que vale por dos.





