Resulta muy difícil descifrar en qué clase de fluido original, de zooplancton o de esperma salvífica vive sumergida a estas alturas cierta izquierda atrabiliaria e irredenta que todavía encuentra alguna clase de excusa, enunciada o sin enunciar, para ponerse de perfil con tiranías abyectas como la cubana o sus asimiladas.
Ese tal Bardem ha confirmado su idiotez cuando dice sentir una superioridad moral irrefrenable frente a un nazi, que es como si usted siente una superioridad moral frente a un ñú o una cabra o sólo porque aún quedan caníbales. O sea, que siempre hay y habrá un motivo para el supremacismo y para la superioridad moral mientras quede un asesino en serie, un antropófago o un maltratador sobre la Tierra, aunque luego se le olvide que hay países enteros en el Islam que persiguen hasta la muerte la conducta del diferente (por ejemplo, esos palestinos a los que el susodicho entrega su desconsiderada fe, cuyos ancestros cercanos firmaron con Hitler un pacto de colaboración y de exterminio de los judíos a través del Gran Muftí de Jerusalén, quien era recibido y acogido por el Ministerio de Exteriores del Reich como un fiel apache) o se adornen con subvenciones millonarias a terceros países para promover el aborto en nombre de la Pachamama.
La anécdota de un imbécil no puede ser elevada a categoría, de acuerdo, pero observen que en ese magma intransitable de la izquierda, la nueva portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez, deletrea su sonrisa profidén y su aspecto biomanán de Puertollano para no pronunciarse sobre el carácter dictatorial de la tiranía castrista y post castrista, hasta situar al Gobierno de España en una suerte de conferencia de «países no alineados», como si fuésemos el Congo de Mobutu o la Vietnam de Ho-Chi-Minh que hubieran resucitado de sus sepulturas de cadáveres amontonados y de oscurantismo para descolonizarnos.
Dije que no sería fácil empeorar la infame gestión en Exteriores de González-Laya, pero el nuevo ministro, ese tal Albares, que ocupaba la plaza de embajador en Francia, ha entrado pisando fuerte para conseguirlo, con un comunicado sobre Cuba que constituye una ignominia más para la posición de España en un asunto de interés primordial para nuestros intereses comerciales y hasta sentimentales.
Porque Cuba, no se olvide, era tan provincia española como Cuenca o Teruel hasta hace un siglo. O, para mejor decir, hasta que los intereses de la sacarocracia catalana, asturiana o gallega establecida en la isla aconsejaron librarse de la carga que les suponía mantener a sus esclavos al entrar en funcionamiento los ingenios azucareros mecanizados. Ya no les resultaba rentable mantener a aquellos afros y muchos libertos lloraban desconsolados porque preferían seguir viviendo protegidos al calor de las Haciendas abundantes de sus amos.
Aquella falsa actitud por parte de la burguesía más insolidaria ha sido asumida ahora por esta izquierda, que prefiere contemplarse como protectora de los intereses de un pueblo convertido en esclavo durante 62 años y aún sostiene que el régimen corrupto en la isla garantiza derechos básicos, aunque impide incluso viajar dentro y fuera del país o no tiene dónde encontrar una kawama o una langosta para echarla a un perol, pero sus dirigentes viven como sátrapas rodeados del lujo capitalista, con acceso a medicinas en las farmacias exclusivas y a los filetes que Garzón condena y desecha.
El bloqueo al que se refieren es un bloqueo mental de estos impertinentes, rancios y casposos regurgitadores del comunismo pre-Gorbachov que a través del sátrapa de ocasión llamado Díaz Canel alienta a la confrontación civil entre los cubanos y ordena a la policía y a los soldados y ‘soldadas’ a disparar a niños y a gente pacífica y desarmada que reclama su derecho a la libertad y a manifestarse en calma.
Es de ser muy miserable alegar, como dice Sánchez, que las manifestaciones en Cuba son por causa del bloqueo de las medicinas y por la incidencia del covid, cuando la verdadera pandemia en Cuba es la que llevan soportando 62 años los ciudadanos, esa misma que condujo al suicidio a Reynaldo Arenas por su rebeldía homosexual y que mantuvo apesebrado y en silencio a José Lezama Lima por el mismo motivo. Nótese, para mayor insomnio y peor escarnio, que al personaje de Reynaldo lo interpretó para el cine el otro Bardem, el que lleva a parir a su señora al Hospital Mount Sinaí de California y luego se proclama defensor de la causa palestina y en contra de la mera existencia de Israel.
Repito que la Historia no los absolverá, sino que los absorberá, incluido a ese José Borrell que desde su papel de Comisario de Exteriores de la UE prorrumpe en silencios ominosos en favor de la satrapía delincuente del caimán verde olivo, que ya merece la creación de un Tribunal Penal Internacional que juzgue a sus responsables antes de que el pueblo los arrastre por las calles como a Ceaucescu o a Gadaffi.
He dicho.





