A veces, un suceso de actualidad (incluso un suceso menor, que se diría de interés sólo para “la prensa rosa”, con lo cual a primera vista sonaría frívolo el dedicarle atención), pues nos pone de relieve el extremo al que hemos llegado de deshumanización y de militarismo. Y lo peor de todo: la fácil, rápida, inmediata aceptación de todo esto en la mente de las personas.
(No por primera vez, esta realidad del mundo post-pandemia nos ayuda a reinterpretar la Historia. La inmensa mayoría de los esclavos que en el mundo han sido, o de pueblos invadidos u oprimidos, estaban contentos de serlo. Vivían muy acomodados en su condición de tales, denunciando al vecino, delatando al compañero esclavo fugitivo, y satisfechos de obtener cualquier mínima ventaja personal siempre dentro del sistema. Los que luchaban por la libertan han sido siempre una exigua minoría: la que figura en los libros de Historia, y que por tanto deforma nuestra visión…)
“Luchar por la libertad”, ¿todavía habrá quien entienda que eso es tirarse a la calle a cortar el tráfico detrás de una pancarta… cuando eso forma parte del mismo sistema?
Vámonos a la vida cotidiana, privada, el refugio que siempre se ha tenido, donde siempre hallábamos un reducto de espontaneidad y de libertad. Y, ¡eso es lo que nos están quitando!
Entrar en un establecimiento, dirigirse al mostrador, decir buenos días, pedir el café y el pastelito… y toparse con que el ex ser humano con delantal, cual máquina parlante, exhala:
– Es por ticket.
“¡Es por ticket!”, ¿pero qué hace hablándome? No hay que hablar, no existe ya el lenguaje ni el saludo, la palabra “un café” no la entiendo, todo va por foto; no es ya tratarnos como analfabetos, sino como animales incapaces de hablar. A golpe de dedo, todo es táctil – primitivismo puro.
¡Y todos encantados! ¡Todos felices! “Es que va por ticket, va por ticket”, recriminan, muy contentos de ser “los enterados”, los “modernos” (¡modernos! El hombre de Cromagnon podía darles lecciones) cuando ven que entra un novato, un incauto que todavía pensaba usar palabras.
Esto es la opresión. Más que las subidas de impuestos, que las múltiples leyes injustas (al fin y al cabo, injusticia y opresión con constantes de la Historia. Pero mientras se respete un ámbito privado, pues se puede vivir con cierta dignidad).
La opresión es reprimir ya lo último, el último residuo de algo humano, espontáneo, natural. “¡No me hable! ¡Es por ticket!”. Con las máquinas expendedoras de bebidas, ya se sabe que son máquinas. Pero, ¿habiendo personas (o ex personas)?
En el pasillo de un avión, se acercaba el carrito de bebidas, y el sediento pasajero le pide al azafato una botellita de agua (que no se admite dinero, vale, ya esa primera opresión inhumana está asumida. Tarjeta el mano, el viajero, a medio centímetro del carrito con las bebidas, espera a que se la den). Y entonces… la soprendente respuesta:
– Lo siento, tienen preferencia los que la piden por la aplicación.
“¿Aplicación?” ¿Preferencia? ¿Pero qué está diciendo?
Que hay que servir antes a la persona, que, en vez de pedir de palabra la botellita que tiene a dos centímetros de distancia, pues para ello saca su dispositivo móvil, como si comprara algo en China. Pero, ¿por qué? Cada una de las opresiones anteriores, aun terrible, podía tener algún fondo de explicación racional (el pago con tarjeta es más rápido, no hay que molestarse en contar ni dar cambios. Que al ciudadano lo puedan desvalijar en cualquier momento, eso importa poco). Pero esta no lo tiene. Es la deshumanización pura, por el hecho mismo de deshumanizar. Es añadir un trámite extra. En un espacio ínfimo donde resulta incómodo mover un dedo, el azafato debe sortear obstáculos para ir primero a este o cual asiento desde donde “lo piden desde el móvil”, antes que atender al que tiene al lado… Se retrasa el proceso. No tiene ventaja alguna para nadie.
En algún caso, damos con un resto de humanidad, con una azafata comprensiva que parece percibir el absurdo de las cosas, y se las arregla para sortear el sistema, y actuar con algo de sensatez; ahí se mantiene un soplo de civilización y de libertad de pensamiento.
Como a veces en algún taxi o VTC, un conductor humano comprende que el GPS es un mero instrumento, y no la verdad absoluta. A veces se da con personas que se empeñan en seguir siéndolo, y damos gracias a Dios.
Pero con terrible frecuencia no hallamos ese resto de humanidad. Las ex personas se complacen en la deshumanización, en la infiltración de leyes y normas antihumanas…
Es terrible que para cualquier mínimo menester de la vida (tomar un café, comprar una botellita de agua, dirigirse a cualquier lugar en un transporte público) haya que hacer como hasta hace poco sólo era necesario (y ya resultaba duro) al acudir al banco, o a la Administración, o al médico: revestirse de una capa de inmensa amabilidad y humildad y cara de agradecimiento infinito y actitud de tragarse todo absurdo sin protestar, por miedo a que no nos traten bien, que si les da la gana pueden perjudicarnos muchísimo… Hay que hacer un profundo ejercicio de servilismo.
Ahora eso ya se ha hecho extensivo a cualquier situación, hasta a las más banales. Si no, podemos acabar en el calabozo.





