Con permiso de Manuel Barrios y de Paco Robles.
Juanito es desenredao, pero es un demonio. Con su todoterreno negro, último modelo, y la polvareda que va dejando tras de sí por los carriles, sobre todo por el carril de entrada al cortijo de mamá, es dios dentro de sus lindes. O eso, al menos, es lo que él se cree, que sus papás se lo dejaron muy claro una mañana clara de invierno, cuando lo llevaron al cerro del Mojón.
—Mira, Juanito, todo esto es tuyo. Todo. La tierra, los árboles, los animales y hasta el cielo que está sobre estos parajes. Todo es tuyo, hijo.
Por un camino pasaba Manuel el de la María con su tractor, trabajador de la casa desde que nació, que sus padres fueron caseros del cortijo hace mucho tiempo.
—¿Y Manuel el de la María también es mío, mamá?
—También, hijo. Todo esto que ven tus ojos es tuyo—, respondió la madre con una voz de orgullo que a él le llegó al alma.
Y como es un creído, y lo educaron en ello, pues aquí paz y allá gloria bendita. Gloria bendita… eso lo dice mucho cuando el que lo convida a comer todos los días, que siempre es alguien distinto, le pregunta:
—Don Juan, ¿cómo está el jamón?—, dice el siervo que no es sirviente.
—Gloria bendita. Venga, y pide ya un gin tonic fresquito que vamos que nos vamos—, contesta mientras se frota las manos fofas, blancas y tibias.
Juanito, Juan o don Juan —según que el que le hable se acerque a sus alturas más o menos— dice que él lleva todo el cortijo metido en la cabeza; que él dispone las tareas de los trabajadores todas las mañanas, que él dice qué producto hay que echar a los olivos y cuál otro trabajo hay que hacer en la tierra de calma, que él hace los contratos y las nóminas de los trabajadores.
Pero es mentira. Igual de mentira como que todo lo que se divisa desde el cerro del Mojón es suyo, y es que ya ha tenido que vender, sin que se entere demasiada gente, varios pagos de la finca, para seguir mirando por encima del hombro al que se presente por delante.
Él, nervioso y con los humos cada vez más bajos, cada vez hace menos y manda menos. Los papeles se los lleva el hijo del encargado, que estudió contabilidad y seguridad social y tiene un ordenador que Juanito —o Juan o don Juan— no sabe ni por dónde meterle mano. Pero es que don Juan cada vez se lo dicen menos. Nada, que no hay diablo que se lo diga, con lo que a él le gustaría, con lo que engordaría.
Juanito lo que sabe es darle al mando a distancia del televisor, gastar dinero a manos llenas y conducir el todoterreno, último modelo y alta gama, siempre con la polvareda detrás. Sabe darle para adelante y para atrás. Todos lo demás, chuminás…
Pero es desenredado, como el mismo diablo, para dárselas de listo y parecer alguien entre la gente que sabe de lo suyo, de lo que es llevarle de comer a su gente a su casa.
Se casó con una morena de amplio pechamen que, a falta de luces, prefirió ser la criada y la señora de Juanito a cambio de ir dos veces al año a comer a un restaurante caro, dejarse ver con Juanito un día en la feria del pueblo y poco más, porque Juanito hace vida fuera de casa y solo rodeado de los cuatro alcahuetes que no le pueden faltar.
Juanito no ha conocido la vergüenza ni falta que le hace. Porque viene de cuna de oro y todos son bajadas de cabeza, de pantalones y bragas ante su presencia. Aunque cada vez menos. Ahora está en el bar de enfrente de la notaría, que va a vender un pedazo más de la finca “porque esas tierras son muy bajas y no dan nada”. Mentira. Juanito es un mentiroso de los que ellos mismos se creen sus mentiras, un grande de los que se crean sus propias grandezas. Pero es el hijo de papá y de mamá. Y con eso le sobra y le basta. Hasta el momento.





