Pues sí, ya vienen los Reyes Magos, celebración que los cristianos festejamos como Epifanía, curioso nombre derivado del griego epiphaneia (manifestación) con el que bautizaron a una de mis bisabuelas maternas y que hoy ha dejado de utilizarse como nombre de mujer. Antiguamente solían poner este antropónimo a las niñas nacidas el 6 de enero, sobre todo en las dos Castillas y Extremadura, pero hoy día su uso va en franco descenso.
Esta festividad alude al momento en que Jesús se da a conocer al mundo, y aunque popularmente la asociamos con la adoración de los Reyes Magos, su significado trasciende este hecho para convertirse en un puente entre lo divino y lo humano.
En efecto, la Epifanía nació en el Oriente cristiano en el siglo IV, incluso antes de que la Navidad se fijara el 25 de diciembre. Originalmente, era una celebración «todo en uno»: conmemoraba el nacimiento de Cristo, su bautismo en el Jordán y su primer milagro en las Bodas de Caná. Al trasladarse a Occidente, la Iglesia Romana decidió separar las festividades: mientras el 25 de diciembre se centró en la natividad física, el 6 de enero se reservó para la Adoración de los Magos, simbolizando que Jesús no vino solo para el pueblo judío, sino para todas las naciones de la tierra (representadas por estos sabios venidos de Oriente).
Aunque la esencia es la misma, la forma de celebrar la «manifestación» varía notablemente entre las ramas del cristianismo: mientras en la tradición católica el enfoque principal se centra en la Adoración de los Reyes Magos y la costumbre es la entrega de regalos, la cabalgata y el Roscón de Reyes, la iglesia ortodoxa (que sigue el calendario juliano y la celebra en torno al 19 de enero) se fija en el Bautismo de Jesús, que se refleja en la bendición de las aguas y en cómo los fieles más atrevidos se sumergen en ríos o lagos gélidos para rescatar una cruz lanzada por un sacerdote. Por su parte, los protestantes reconocen ese día a Cristo como Salvador del mundo, y sus servicios religiosos ponen el énfasis en la luz que guía a los gentiles.
Sevilla, ciudad de luz y barroca, ha interpretado la Epifanía con una sensibilidad única. La iconografía de los Reyes Magos está omnipresente en sus templos y museos. Así, en la catedral destaca el relieve de la Adoración de los Magos en el Altar Mayor; en las vidrieras y en las pequeñas capillas hay desde representaciones medievales hasta el esplendor del Siglo de Oro, donde Melchor, Gaspar y Baltasar aparecen con ropajes de una riqueza propia de la flota de Indias. La puerta de la Adoración de los Magos, conocida popularmente como puerta de los palos (junto a la Giralda), presenta un relieve realizado por el escultor Miguel Perrín hacia el año 1520, enmarcado en una arquitectura renacentista de gran detalle.
El Museo de Bellas Artes alberga obras fundamentales, como la «Adoración de los Magos» de Juan de Roelas, donde el naturalismo y el color veneciano se dan la mano. Las figuras de los Reyes no son solo iconos religiosos; son retratos de la majestad y la humildad simultáneas, rodeados de un séquito que refleja la Sevilla cosmopolita del siglo XVII.
En cuanto a la Literatura, autores como Gustavo Adolfo Bécquer o, más recientemente, el poeta Aquilino Duque, han evocado la Epifanía como un momento de nostalgia y misterio. Bécquer, en sus relatos, a menudo capturaba esa atmósfera de lo sobrenatural que rodea la noche de Reyes en las calles de Sevilla, donde la leyenda y la fe se confunden entre las sombras de los conventos.
Finalmente, si hay un evento que define la Epifanía en la capital hispalense es la Cabalgata del Ateneo. Fundada en 1918, no es solo un desfile; es una institución social. La tarde del 5 de enero, la ciudad se transforma. Decenas de miles de personas inundan las calles para ver pasar a los Reyes Magos, cuya identidad suele recaer en personalidades destacadas de la ciudad (empresarios, artistas o deportistas). La lluvia de caramelos, la música de las bandas de cornetas y tambores, y el diseño artístico de las carrozas crean un espectáculo que mezcla la devoción con la fiesta popular. Lo que hace única a la cabalgata de Sevilla es su recorrido itinerante y su capacidad para unir a todos los barrios, culminando en una noche de vigilia donde la ilusión es el motor del espíritu de la ciudad.
La Epifanía es, en esencia, la fiesta de la búsqueda. Desde los sabios de Oriente que siguieron una estrella hasta el niño sevillano que espera los caramelos de su Rey, que suele ser Baltasar, el mensaje sigue siendo el mismo: el asombro ante lo extraordinario. En Sevilla, esta «manifestación» se vive con los cinco sentidos, entre el incienso de las iglesias, el óleo de los museos y el bullicio de una cabalgata que es patrimonio vivo de su gente. ¡Feliz Epifanía!
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






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Completando para los cinco sentidos con que se vive en Sevilla esta «manifestación», hago llegar a Alberto Amador Tobaja mis saludos por un Próspero Año 2026 y ¡Feliz Epifanía!
Claudio Valdez.