En la era de la hiperconectividad y el consumo inmediato, nos encontramos ante una paradoja desconcertante: nunca hemos tenido tanto acceso al entretenimiento y, sin embargo, el entusiasmo se ha convertido en uno de los bienes más escasos. Vivimos en la cultura del «meh», interjección coloquial que denota una actitud de apatía, desinterés e indiferencia generalizada ante situaciones, preguntas o estímulos, como un contínuo encogerse de hombros, una forma de cinismo moderno o desconexión emocional ante el entorno, acompañada de un agotamiento crónico. Es por ello que en este escenario el entusiasmo no es solo una emoción pasajera, es una virtud personal revolucionaria.
Etimológicamente, la palabra entusiasmo proviene del griego enthousiasmos, que significa «tener a Dios dentro» (en-theos). No es simplemente estar alegre, es estar impulsado o poseído por una fuerza divina que transforma la percepción de la realidad, y para un creyente es estar asistido por el Espíritu.
Hoy, el entusiasmo es un acto de rebeldía. La sociedad contemporánea a menudo confunde la madurez con el cinismo y la inteligencia con el pesimismo. El entusiasta, aquel que es capaz de asombrarse ante lo cotidiano y de comprometerse con esperanza en proyectos a largo plazo, es visto con sospecha, sobre todo porque en el verdadero entusiasta hay humildad, conciencia de que en su modo de actuar existe una causa de la que él es solo mediador.
El entusiasta es alguien curioso, vigilante, expectante, constantemente renovado, pero sin renunciar ni un ápice a lo que es. Y, desde luego, el entusiasmo no es el optimismo de los “motivados”. Por el contrario, el entusiasta puede ser alguien melancólico, puede tener incluso sus simas y depresiones, como ocurre en muchos paisajes; pero esas simas y depresiones, como sus valles de melancolía, forman parte de una orogénesis profunda, una fuerza interior que empuja al ascenso.
Mientras que el entusiasmo mundano depende de las circunstancias favorables, busca la gratificación inmediata y se agota con el paso del tiempo, el entusiasmo cristiano se mantiene firme incluso en la tribulación, se nutre de la promesa de la vida eterna, y se renueva cada día con la oración y los sacramentos.
En efecto, para un cristiano, esta virtud no nace de un optimismo ingenuo ni de una personalidad extrovertida. Nace de una certeza histórica y espiritual: la Resurrección de Cristo. Si el entusiasmo es «Dios en nosotros», la máxima expresión de esta realidad es el encuentro con el Resucitado. Por eso mismo, la alegría pascual no es un sentimiento efímero de «buena energía», sino el reconocimiento de que la muerte, el vacío y el fracaso han sido vencidos.
El mayor enemigo del entusiasmo es el sinsentido. La vida eterna garantiza que ningún esfuerzo por el bien, la belleza o la verdad se pierde en el vacío. Al saber que estamos llamados a ser ciudadanos del cielo, las dificultades del presente dejan de ser muros infranqueables para convertirse en peldaños que se afrontan con una mirada de eternidad. El entusiasmo cristiano es «el eco de la victoria de Dios» en nuestro día a día.
«No nos dejemos robar la alegría de la evangelización», fue la exhortación central del Papa Francisco en su libro Evangelii Gaudium. Llamaba a los cristianos a anunciar el Evangelio con entusiasmo, fuerza y una sonrisa, evitando la tristeza o el desaliento. Esta «dulce alegría» nace del encuentro personal con Jesús y debe superar las tentaciones de queja, pereza o pesimismo, una alegría que convierte el deber en deseo y la rutina en misión.
La conexión entre el entusiasmo y la vida eterna reside en la esperanza. El cristiano no vive esperando que las cosas «salgan bien» en este mundo según los estándares del éxito material, sino viviendo ya, en el presente, la luz de lo que vendrá.
En definitiva, recuperar el entusiasmo es recuperar la conciencia de nuestra identidad como seres llamados a la Resurrección. Es entender que nuestra vida no es un trayecto hacia la nada, sino una peregrinación hacia la plenitud. Cuando un cristiano vive con entusiasmo, le está diciendo al mundo que la última palabra no la tiene la muerte, sino la Vida.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






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En el año 1965 Jimmy Fontana estrenó en italiano «Il mondo», canción que enunciaba: «La noche sigue siempre al día y ese día vendrá». Su lírica conquistó la emoción del mundo de entonces, que por alejarse de la religión occidental necesitaba de estimulante empuje cultural. Algo movilizó de ese modo a la juventud y hoy Alberto Amador Tobaja vuelve a instar a la esperanza.
Felicito a Alberto y le congratulo con mi saludo de Feliz Pascua de Resurrección.