La hospitalidad sincera es aquella que brota sin esfuerzo de nuestro corazón, y hace tanto o más feliz al que hospeda como al huésped. Tuve unos padres que la practicaron dentro de sus limitaciones materiales, y así vi como nos apretábamos en nuestro piso de Pío XII en Sevilla capital, para que pudieran convivir con nosotros mis abuelos maternos dado el mal estado de su vivienda; cómo en la Misión en Sevilla de 1965 acogimos a un sacerdote de Campaspero (Valladolid) durante una semana y así sucesivamente, con amigos, compañeros de estudio o de trabajo de otras provincias o del extranjero, y siempre recibiendo más de lo que podíamos darle.
He seguido su ejemplo, se lo he intentado transmitir a mis hijos, y ello me ha reportado unas amistades entrañables por diversos puntos de España y allende nuestras fronteras, una de las cuales me rogó que la visitáramos en Valladolid, al menos durante un fin de semana, y allá que fuimos mi mujer y yo a disfrutar de aquella bendita tierra pucelana.
Sorprende ver lo que era y lo que es la Ruta de la Plata, donde tienes que desviarte a un pueblo de Extremadura si quieres echar gasolina, pero sigues desayunando con churros en Santa Olalla de Cala (Huelva) y disfrutando al comparar lo que era el puerto de Béjar (Salamanca) y lo que es ahora.
Tras un sabroso almuerzo a orillas del Esgueva, afluente del Pisuerga, nos dirigimos al Museo Nacional de Escultura para, tras atravesar la portada del Colegio de San Gregorio, admirar un conjunto de esculturas, barrocas en su mayoría, pinturas, artes decorativas y fragmentos arquitectónicos dignos de ser contemplados con deleite en torno al patio central del palacio de Villena.
Nos llevamos la sorpresa de ver la representación de un funeral acaecido en 1602 en la ciudad: el del príncipe irlandés Red Hugh O´Donnell con ropa de época, caballos, carruaje fúnebre, banderas tricolor y sonido de gaita, frente a la incomparable portada de la iglesia de San Pablo.
No podía faltar una visita al templo del tapeo en Los Zagales, calle Pasión, 13, donde pudimos degustar su famoso “Tigretostón” (bocado de morcilla con champiñones al brandy, envuelto en pan de centeno) y “Obama en la Casa Blanca” (una cúpula que al ser destapada contiene una crema de champiñones, huevo y patatas teñidas con tinta de calamar), rodeado de un ambiente espectacular, y donde nos llamó la atención ver al alcalde la ciudad paseando como un ciudadano más con su esposa e hijos sin escolta entre todo el gentío.
El sábado iba a ser un día completito: tras hacernos algo más de cien kilómetros por carreteras repletas de pinos, trigales y campos de girasol, por fin pudimos conocer las epatantes Hoces del Duratón, parque natural donde el cauce del río que da nombre al lugar, ha excavado un profundo cañón de gran valor paisajístico, con escarpes de hasta 90 metros de profundidad, entre Sepúlveda y Burgomillodo (Provincia de Segovia). Allí pudimos visitar la ermita de San Frutos, restos de un antiguo convento monástico y lugar de peregrinación de unos 80 Km que comienza en la ciudad de Segovia. Desde este lugar se aprecian las tres zonas diferentes y determinadas que configuran el parque: la paramera en la zona superior, el bosque de ribera a la orilla del río, y los cortados. Nos llamó la atención la cantidad de buitres leonados que sobrevolaban a poca distancia de nuestras cabezas.
El cansancio de la caminata necesitaba reponer fuerzas, y dónde mejor que en un restaurante de Sepúlveda, la población más cercana, con un buen lechazo regado con vino de la tierra y un postre exquisito como es el ponche segoviano. Nos encontramos con que se estaban celebrando las fiestas de la Virgen de la Peña, patrona de la localidad, por lo que el almuerzo estuvo amenizado con una charanga que tocaba en las proximidades.
Aún quedaba tiempo para tomar un café en Pedraza (Segovia), uno de los pueblos más bonitos de España, bella localidad medieval amurallada, con un castillo digno de ser visitado, una plaza mayor donde parece que el tiempo se ha detenido en la Edad Media, cuando la exportación de la lana de sus rebaños de ovejas merinas competía con las mejores de Europa, y donde tuvimos la oportunidad de llevarnos un pan de hogaza que difícilmente íbamos a encontrar en nuestras latitudes.
El domingo tocaba visitar una bodega de Ribera del Duero, y la elegida fue Emilio Moro, en Pesquera de Duero. Escuchando las explicaciones de la guía con el nutrido grupo de asistentes del que formábamos parte, y tras saborear las catas, entendimos cómo el turismo enológico o turismo de bodegas, va tomando fuerza tanto en España como en Francia e Italia.
A modo de coda, y como cantaba María Ostiz en su canción “Un pueblo es”, conocer las cosas es saber amar. Tenemos un país maravilloso, de norte a sur, de este a oeste y sin olvidarnos del centro, que despierta dilección en todos sus visitantes. Ojalá que se animen ustedes a disfrutar de una escapada como la de este fin de semana, que tan buen sabor de boca nos ha dejado.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com
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