Los 24 millones de euros de comisión que iban a llevarse Rubiales y Piqué son calderilla frente lo que nos costará el nuevo pacto de Sánchez con los nacionalistas catalanes y vascos. Sánchez y Rubiales son en el fondo iguales, cada uno a su escala: compran voluntades con dinero ajeno para quedarse con la tarta. Todo lo demás es impostura. O espectáculo. Hasta en el estilo chulesco se parecen, siendo Sánchez más fino, como capo de capos. Y Rubiales, como un niño castigado después de la gamberrada, le da una palmadita en el hombro a su jefe y colega, el que lo mantuvo al frente de la Federación Española de Fútbol tras el caso Piqué; y también tras conocerse que Rubiales espiaba cual Villarejo; o que organizaba fiestas privadas con jovencitas con dinero de la organización; o que ya había sido denunciado por una ex empleada por acoso, de la que ni noticia en la TV. Porque este Rubiales soez, capo de poca monta, era útil al frente del negocio del fútbol, que Sánchez iba a rentabilizar también políticamente con esto del “género”, ese filón electoral de la izquierda, solo comparable al del independentismo vendido al credo de la izquierda y sus prebendas, PNV incluido. Rubiales era idóneo porque además de mafioso es de la casta, hijo de ex alcalde socialista de Murcia procesado en el caso andaluz de los ERE. Será por eso que es colega de Sánchez, y se wasapeaban en privado.
Pero como entre pillos anda el juego, entre ellos se traicionan, aunque es difícil saberlo. El cambio de Rubiales -ahora dimito, ahora no dimito- pudiera ser otro pacto con el capo jefe Sánchez, para que éste aparezca como el salvador de las mujeres que lo aúpan a sus mayorías, igual que hace Puigdemont. “Esto puede ser el MeToo del fútbol español”, ha dicho sin rubor el sicario encargado por el gobierno para destituir a Rubiales, un tal Víctor Francos, presidente del Consejo Superior de Deportes. Aunque se le haya adelantado la FIFA, capo de capos, que no iba a dejar pasar la oportunidad de posicionarse en el negocio emergente. Se trata de destituir a Rubiales por machista, no por soez, y menos aún por sus fechorías de capo, porque entonces tendrían que dimitir todos. Por eso el gobierno convierte la ordinariez en delito machista, en arma política, en carnaza para el feminismo institucional y su famosa “perspectiva de género”, que consiste en banalizar toda conducta, toda inmoralidad, toda desigualdad y toda violencia que no sean “de género”. Y en convertir cualquier zafiedad de sexo en una herejía políticamente rentable. Sánchez, de nuevo el salvador de las féminas, esconde con esta farsa las gravísimas desigualdades territoriales que se avecinan con su próxima investidura. La esperpéntica rueda de prensa de Rubiales le viene al pelo a esta izquierda mafiosa, ya todo el que critique al “falso feminismo” será un Rubiales, no podían haber encontrado mejor protagonista para su relato delirante de serie B. Reconozco que aún dudo entre que todo sea una farsa pactada, o que simplemente la realidad supera a la ficción.
La Fiscalía del capo Sánchez no podía perseguir de oficio un “pico” made in Australia, pero la jugadora ha cambiado su versión -de un día para otro, como Rubiales- y de “ha sido un gesto mutuo, totalmente espontáneo por la alegría inmensa de ganar un Mundial”, ha pasado a declararse “víctima”, lo que ha permitido a la fiscalía de la Audiencia Nacional abrir diligencias por delito de “agresión sexual” -de 1 a 4 años de cárcel- según dicta la ley del “sólo sí es sí” (la Santa Inquisición exigía dos testigos, a esta ley con uno le basta, el “testimonio de la víctima”).
Y así va calando la miseria moral desde la política y las instituciones hacia abajo, como una mancha de aceite, manchándolo todo. Una miseria moral que es la madre de todas las miserias, porque prima a los delincuentes, a la mentira, a los capos, y porque denigra a la verdad, al sentido común y a la gente honesta, y nos pone al filo del abismo. No es nada banal lo que está sucediendo con el “pico” de Rubiales, aunque lo parezca. Es la desintegración de los hechos bajo el espejismo de la ideología, la trasmutación de las mentiras en verdades, la sustitución de la ética por la moralina y por los egoísmos sindicados. Es, a fin de cuentas, en triunfo de una suerte de delincuencia organizada, que ejecuta y legitima todas y cada una de sus fechorías a plena luz del día y a cara descubierta, tal es la inmundicia moral en que estamos inmersos. Y, por si fuera poco, nos ponen a todos los demás en la picota, no vaya a ser que discrepemos. Sánchez, Rubiales… qué más da. Ellos ganan con nosotros, nosotros con ellos siempre perdemos. Ni Europa, ni el PP ni nadie nos salvará de esta corrupción moral que todo lo corroe. Solo nosotros podemos… O quizás pudimos, y sea ya demasiado tarde para recomponernos.





