Cuando algunos “gobernantes” (este nombre tienen, aunque poco gobiernan… Tan sólo detentan el poder) manifiestan ocurrencias ideológicas disparatadas, muchas veces sí reciben críticas por parte de los de signo opuesto. No tan a menudo como sería de desear: cada vez más se asumen los postulados de la ingeniería social, se interiorizan, se da el llamado “pensamiento único”. Multitud de ideas que antaño hubieran sido cuestionadas, ya se aceptan sin más.
Ante los disparates más grotescos, no obstante, pues sí: los de signo opuesto una crítica sí que manifiestan. Pero lo triste es lo pobre de la argumentación: casi siempre dando por buenas mil cosas que no se han debatido nunca, y limitándose a señalar una contradicción o una inexactitud… pero siempre aceptando el esquema general de la ingeniería social impuesta, nunca negando la mayor.
Así, un día salta la noticia de que “unos concejales en Ibiza quieren prohibir el jugar al fútbol en los patios de los colegios”, ¡vaya, cómo no!, otra prohibición más, otro decidir un cambio de costumbres radical de la noche a la mañana, por alambicadas razones ideológicas… Algo que casi movería a risa. Pero a continuación salen las “tajantes” respuestas de los que, obviamente, rechazan tal ocurrencia… y resulta que la crítica, tímida, timorata, aceptando ya de lleno como el noventa por ciento de los postulados de fondo de la dictatorial propuesta, entrando totalmente en su terreno, pues nos deja hasta más abatidos que antes de oír esas mansas “críticas”.
La actitud de los podemitas y grupos similares es la de hurgar en lo más ancestral e íntimo de nuestras costumbres, para dictatorialmente cambiarlas. Así, por ejemplo, quisieron intervenir en los Reyes Magos de las cabalgatas, alterar su orden y su estética, con espúreos razonamientos que si el racismo, que si la modernidad. Bueno, y ¡cuántos años llevamos ya de ataques a los cuentos clásicos infantiles! Los ejemplos de disparates se multiplican. Pero la respuesta a todos ellos tendría que ser tajante: en vez de entrar a contraargumentar (“Huy pero si no hay racismo, si a Baltasar lo queremos mucho, si precisamente en los cortejos el personaje más importante es el que va el último”), en vez de eso habría que defender simplemente la libertad, y recordar que ciertas cosas NO pueden ser objeto de legislación, que eso es justo el “totalitarismo”, cuando ni una uña se puede mover sin que lo apruebe el Estado. (¿Por qué no se hace, o por qué apenas si se hace? Ah, es que en nuestros días la palabra “libertad” suena a rancio… En el fondo, ha calado muchísimo en una enorme parte de la sociedad esa terrible idea de que debemos vivir aplastados por infinitas normas y más normas).
Y entonces, ¿cuál es la respuesta de los otros partidos políticos, o de personajes públicos, ante el disparate de querer “prohibir que el los colegios se juegue al fútbol, y obligar a que haya juegos más inclusivos”? Pues no puede ser más deprimente. Responden: “Huy, si las niñas también pueden jugar al fútbol. ¡Si las españolas son campeonas de ídem!”. Es decir: entran totalmente en su terreno. Hay que ser inclusivos. La maravilla del progreso de la España del siglo XXI es, ¡oh albricias!, que las niñas sean campeonas en un juego antaño asociado a los niños. Así pues, su respuesta a Podemos tiene un aire conciliador como diciendo: “¡Pero si estamos todos de acuerdo!”.
¡Ole y qué alegría y qué “progreso”, que hoy día “las niñas juegan mucho al fútbol”! No hay más remedio que evocar unos párrafos de Chesterton que parecen comentar justo esto mismo; en su libro “Lo que está mal en el mundo” (publicado ¡en 1910! Sí, antes de la Primera Guerra Mundial) el autor se opone apasionadamente a la idea, que él consideraba servil, de las niñas imitando los juegos masculinos. En concreto, titula un capítulo “La moderna rendición de la mujer”, y ahí comenta que creció rodeado de mujeres llenas de señorío que consideraban con altivo desdén las aficiones masculinas; dice: “Cuando hablábamos a nuestras consortes de lo importantes que son nuestros hobbies, ni por un instante contábamos con que nos creyeran”. Con lo cual, sigue diciendo, le resulta penoso ver llegar ahora a la sufragista “con lágrimas en los ojos, arrepentida de habernos despreciado, diciéndonos: Oh, teníais razón, vuestras ocupaciones son mejores, son importantísimas” y procediendo a imitarlas “con más empeño y seriedad que nunca nosotros antes”. (En fin, el capítulo y aun el libro habría que leerlo entero, no se le hace justicia citando frases sueltas…).
Pero volviendo al asunto inicial: el horror de la proposición de esos concejales radica en el intrusismo, en el disparate, en perder el tiempo y dinero de los ciudadanos en meterse donde no les llaman… todo eso mientras seguramente, como está sucediendo en toda España, las calzadas se caen a pedazos. Ponerse a hablar en el mismo tono – si esto es inclusivo, si no lo es, si mirad por favor que sí lo es – es entrar en su mismo juego. El de la ingeniería social mientras se caen las calles.
Y otro político, también con ánimo de criticar la descabellada propuesta, pues defiende el mantener la actual existencia de campos de fútbol en los patios de los colegios con la siguiente afirmación: “Todo lo que sea fomentar el deporte es bueno”.
¡Ahí va! Politicus dixit.
“Todo lo que sea fomentar el deporte es bueno”. ¡Pero qué afirmación! ¿Todo? ¿Seguro? ¿Demolemos las aulas para hacer más campos? ¿Exigimos pruebas deportivas en las oposiciones a archivero? ¿Restauramos la esclavitud para construir más estadios…? Ha dicho “todo”. De nuevo, un político “conciliador”, por seguirle el juego a los concejales iniciales, por tomar en consideración una propuesta absurda, cae en sus redes de argumentaciones falaces. Tan pretenciosa afirmación es responder a un disparate con otro disparate, a una actitud totalitaria con otra. Y España se sigue cayendo.
Los concejales, como los consejeros, como los ministros… ¡y cuántos, cuántos cientos o miles de cargos más, cuántos y cuántos!, no están para perder el tiempo en lo que no les compete. Que cuiden de que no se caiga el país, y dejen vivir a las personas.
En estos días de horas y horas de retransmisión de riadas e inundaciones, resulta llamativo el tono excesivamente victimista y lacrimógeno de muchos locutores. Entendámonos: todos los daños a personas son muy de lamentar. Pero resulta un tanto naïf que se refieran a las borrascas como si fueran una “injusticia”, algo a lo que no hay derecho. Parece que quieren incrustar en nuestros cerebros que “la culpa es de los elementos”. Como si la civilización no estuviera para defenderse de las lluvias, como si no hubiera medios y tecnología para tener espléndidas carreteras, bien mantenidas, a prueba de agua, y para hacer embalses e ingenios mil… Pero los “gobernantes” prefieren perder el tiempo con ocurrencias de ingeniería social, y los de enfrente respondiéndoles con parecido nivel…
Casi podríamos decir que lo más característico de una civilización, lo que les concede el rango de pertenecer ya a la Historia (por contraposición a la Prehistoria), pues es la capacidad de canalizar inteligentemente las aguas. Los imperios antiguos, muy anteriores a los romanos, y todos ellos radicados en zonas secas pero con lluvias torrenciales cuando se daban (o en el caso de Egipto, la crecida anual del Nilo), pues dan fe de ello.
Esperemos que en vez de mirar a esos pueblos antiguos con la fascinación de lo arcano, no tengamos que llegar a mirarlos con envidia.





