No deja de resultar curioso que en una tertulia de radio, de TV o en un bar cualquiera, incluso los más respetuosos y calmados acostumbran a dejar hablar al otro (aunque discrepen radicalmente) siempre y cuando se expresen matices más o menos complejos o que contengan cierto grado de dificultad para discernir, pero en cambio saltan y te interrumpen o no te dejan explicar si lo que expresas es un concepto fácil y sencillo que matiza o cuestiona la opinión. Casi diría que en tales casos se lo toman como una agresión, porque el matiz sencillo desarma de manera esencial las posturas y tal vez se sienten en algún sentido ridiculizados.
En todo caso, a menudo la ridiculización no es pretendida, sino que devela con simpleza la concepción tal vez errónea e inadvertidamente asumida por los otros.
Un ejemplo… Hablábamos de la anorexia como una enfermedad grave o muy grave y de inmediato alguien recurrió a explicar todo eso del asunto de los roles impuestos desde los medios de comunicación, ciertos cánones de belleza, exigencias vacuas e imprecisas provenientes del cuerpo social en el que vivimos, etc.
Ocurre, dije, que visto de ese modo, convertida en «una enfermedad» cuya etiología se subdivide ad infinitum en múltiples causas vagas e indefinidas, se diría que la tal supuesta ‘enfermedad’ carece de tratamiento posible si no se interviene directamente prohibiendo ciertos gustos individuales o colectivos o si no se eliminan de la programación de los medios (y por qué no, también hasta de la pintura y la escultura) ciertas tallas y ciertos modelos de belleza que, sin resultar enfermizos, me resultan tan legítimos como cualquier otro en uso de la libertad de gustos o de lo que se quiera.
Así pues, comencé a enunciar ante mis contertulios que la anorexia no es en sí misma una enfermedad o una enfermedad per se, sino la consecuencia de un trastorno emocional o de la personalidad que genera un malestar con el propio cuerpo y que autodeforma la imagen que uno tiene de sí mismo hasta originar un sencillo pero que puede llegar a ser muy grave trastorno alimentario que puede conducir incluso a la muerte.
Quise añadir entonces que, al igual que el suicidio, la anorexia no debe considerarse una causa de muerte ni de otra cosa que no sea un desasosiego personal e intransferible posterior relacionado con la alimentación, pero cuya causa ha de buscarse fuera del hecho mismo, aunque pueda provenir de un estado depresivo endógeno o exógeno, según.
A mi modo de ver, pues, anorexia y suicidio son la «consecuencia» de una enfermedad o un trastorno previo y no la causa de ellas mismas. Todo lo cual permite indicar que no se puede ni se debe hablar de la anorexia como de un brote epidémico o de una bacteria o un virus que nos asaltó y nos sobrevino de forma imparable y desconocida auspiciada desde los medios de comunicación ni desde ningún pérfido artista que estableció un malicioso canon singular de belleza, sino que proviene, más bien, de una debilidad emocional, por lo general adquirida (sí, tal vez con el concurso de todos esos elementos), pero que pertenece al ámbito de la psicología individual y, por tanto, de la que los padres debemos y podemos sentir alguna clase de corresponsabilidad por no haber logrado dotar de la estabilidad y equilibrio emocionales necesarios a nuestros hijos cuando se presenta en adolescentes.
Bueno, ya se imaginan, por lo que señalé al principio, que mis contertulios no me dejaron llegar al final de la explicación y enseguida negaron y hasta se alarmaron porque les desmentía en lo básico y prefirieron adelantarse pensando (les convenía para no verse reflejados en la simpleza) que yo niego la existencia de la anorexia como un problema grave.
Y no, no es eso. Lo que digo es que mis hijos adoran a los héroes de Marvel, desde Superman a Spiderman o Batman, y jamás quisieron saltar desde la azotea, aunque desde niños fantaseaban con la idea de que tenían superpoderes. Lo advierto no sea que cualquier día de éstos los quieran prohibir como ya lo intentan las feminoides con sus gilipolleces de género sobre caperucitas y princesas de cuento. O como ya han logrado en parte con el mundo de la moda, de la publicidad o con las azafatas de Fórmula 1, aunque luego empoderan a las Barbies y siguen alimentando el cuento del color rosa.
Lo siento, pero vivimos en una sociedad infantilizada. Y lo suyo, a veces, es acudir a la consulta de un especialista, porque quizá la educación proporcionada no fue siempre la adecuada y su hijo (o hija) padeció alguna carencia o algún síntoma previo que ud no detectó y prefiere echarle la culpa a los medios de comunicación, a los estereotipos o a un bellezón atroz llamado Giselle Bünchend sólo porque ella entra de dulce en la talla 36…, del mismo modo que Pam podría ponerse a presumir de que es capaz de zamparse diez molletes de Antequera rellenos de tocineta sin tener pesadillas por las noches, sin síntomas de culpabilidad alguna y sin que nadie le diga lo que ha de comer.
He dicho.





