En Sevilla, donde el verano no es una estación sino una represalia, ha vuelto la camisa cubana. Aunque, siendo rigurosos, nunca llegó a marcharse. Permaneció agazapada en los armarios de nuestros padres, junto al pantalón de tergal y aquella colonia Varon Dandy capaz de fumigar una caseta de feria.
La camisa cubana es una prenda honrada. No engaña a nadie. Tiene dos bolsillos, cuello abierto y cierta holgura administrativa que permite al cuerpo desenvolverse sin presentar alegaciones. No aprieta, no juzga y no obliga a meter barriga, deporte absurdo que algunos practican durante las fotografías familiares hasta adquirir el color de una berenjena.
Además, es fresca. O todo lo fresca que puede ser una tela colocada sobre un señor que atraviesa la Campana a las cuatro de la tarde. En Sevilla, a esas horas, hasta una gasa parece una manta zamorana. Pero la cubana cumple. Se separa prudentemente del torso, facilita la circulación del aire y permite que la transpiración discurra con la libertad de un patinete eléctrico por la calle Sierpes.
Su mayor virtud, sin embargo, es democrática. La lleva el empresario que ha aparcado el todoterreno en doble fila, el jubilado que se dispone a discutir el precio del tomate y el camarero que conoce, sin apuntarlo, quién quiere la Cruzcampo helada y quién la pide sin alcohol, que es una forma refinada de solicitar una desgracia.
La camisa cubana no distingue entre clases porque, al tercer botellín, todas las barrigas son constitucionalmente iguales. Es más: realza el patrimonio cervecero acumulado durante años. Las dos hileras verticales que adornan el pecho descienden ceremoniosamente hasta el abdomen, enmarcando la curva como las columnas de Hércules enmarcan el escudo de Andalucía. Aquello no es tripa. Es una rotonda homenaje a la hostelería sevillana.
Naturalmente, hay quien pretende sofisticarla. La combina con mocasines sin calcetines, gafas de pasta y pantalón tobillero, adquiriendo inmediatamente aspecto de arquitecto que ha venido a explicarnos por qué una plaza necesita menos árboles. Pero bien puesta, con pantalón limpio, zapatos sencillos y sin collares de explorador colonial, la cubana proporciona una elegancia sin esfuerzo, que es la única elegancia verdaderamente elegante.
Porque la distinción no consiste en disfrazarse de heredero italiano ni en parecer que uno desayuna aguacate con semillas impronunciables. Consiste en ir fresco, cómodo y aseado, sabiendo llevar la barriga con dignidad.
La camisa cubana no hace milagros. Pero tampoco los promete. Y en estos tiempos, eso ya es alta costura.





