Ya ha nacido el niño en el pesebre, “en aquel rincón tan oscuro, llenito de telarañas… que la mula y el buey le dan jela, y el niño de Dios dormiíto se quea”, que cantaba Rafael Amador por bulerías. Ya nació el niño Manué, el que terminará en San Lorenzo cargando con la cruz o en la calle Castilla enclavado cuando salude a la Virgen trianera de la O, que estaba en estado de Buena Esperanza, o que subirá al puente de San Bernardo con un piquete de artillería en los costeros. Es Navidad sin aguinaldos y son con tantas sillas vacías alrededor de la mesa que no queremos hacer cuentas de lo que hemos ido perdido.
Ha nacido el Niño Dios en el arquillo del Ayuntamiento, mirando las plazas de San Francisco y la Nueva. Ha nacido y sabemos que exhalará su último suspiro en la plaza del Museo. Y que resucitará en Santa Marina, calle San Luis, para que vuelva a abrirse la puerta del patio de cuadrillas y que haga el pasillo, en nuestra memoria, el hijo de Andrea, que se llama Curro y faraón es en el mundo del toreo. Que si la nacencia del Niño ha sido una buena nueva que cambió el mundo no lo será menos su Buena Muerte, la de la calle San Fernando o la de San Julián.
Ocurrió que, en aquellos días, se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que cedió los trastos de emperador romano a Trajano y a Adriano, para que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se confeccionó siendo Cirenio gobernador de Siria mientras que los cartagineses quitaban de en medio a los tartesios y se trajeron elefantes como mulos de carga. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad, que sin orden no había concierto ni manera de saber quién pagaba impuestos y quién se escaqueaba, que en esta ciudad de Cortadillos y Rinconetes ya sabemos cómo se las gastan algunos. Y José, el de la capilla barroca de la calle Jovellanos, subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, a la que nosotros hemos llamado hoy Sevilla, para ser empadronado con María, la que sería Madre de Dios, su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta, patrona de la vecina Huelva. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada ni en ningún rincón, que de todos lados los echaron. Y es que aquí somos así más veces de las deseadas.
Cuentan que llegaron del campo pastores y gente del campo de la Campiña, de los Alcores o de la Vega, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre sus rebaños y sus sembrados. Y he aquí, que se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: “no temáis, porque aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo, que os ha nacido hoy, en la ciudad de María Santísima, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
¡Gloria a Dios en las alturas,
y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
Todo aquello lo pintó Murillo, que Velázquez ya dibujaría lo de “La adoración de los reyes”, que lo dejó escrito Manuel Machado: “Él es Patriarca, ella es María / y es, el niño, Jesús… Por la ventana /entra luz de plata de Murillo”. Y por eso en Sevilla no hay belenes sino nacimientos, que hasta los campanilleros cantan en Navidad y suenan en Semana Santa, con los sones que compuso López Farfán, para formar la marimorena.
Nos ha llegado a la ciudad una buena nueva. Y es que me he enterado que ayer, en el convento de Santa Inés, en la calle doña María Coronel, volvió a sonar el órgano de Maese Pérez, que era noche de Nochebuena. Y hoy es ya Navidad y ha nacido el Hijo de Dios.





