Formé parte durante varios años de un órgano consultivo especializado de la Administración autonómica y de extracción parlamentaria al que me propusieron sucesivamente dos grupos parlamentarios diferentes. La mayoría estuvo siempre en manos de los nombrados a propuesta del PSOE además de conservar un voto de calidad el presidente de dicho órgano, también propuesto por el Grupo Socialista. Actuaron siempre como una apisonadora en cada votación, incluso cuando empleaban argumentos estrafalarios para sostener lo insostenible y hasta en contra de la legalidad vigente…
Durante un tiempo (apenas unos meses) el presidente se alineó con algunas de las tesis y los temas que otros presentábamos, de modo que por aquel entonces llegaron a perder alguna votación, máxime cuando la persona propuesta por el comunismo también hizo lo mismo ante lo indefendible de algunas de las propuestas que la mayoría presentaba…
En cierta votación, que tendría que haberse realizado nada más iniciarse la sesión, pero sabedores de que un familiar muy cercano mío había fallecido y que tenía que asistir a su funeral corpore in sepulto, las ‘miembras’ de la cosa tomaron la palabra una detrás de otra, sin límite de tiempo, llegando a rebasar alguna las dos horas de palabrería hueca para intentar desalojarme de la sala y dejar sin mayoría una propuesta que se iba a aprobar o a rechazar…
La pena me consumía pero pudo más la rabia, la irritación y mi firme determinación de que no se saldrían con la suya, de modo que miré al techo en busca del espíritu de mi querido pariente, invoqué sus disculpas y me prometí que no ganarían aquella afrenta por mi ausencia así lo tuviera que enterrar más tarde con mis propias manos. Perdieron, por supuesto. Esa vez perdieron.
El cabreo que se cogieron fue de tal calibre que según contó el presidente, amenazado telefónicamente de forma anónima, él y su familia, durante varias madrugadas como en una película de Scorsese o de Ford Coppola, decidió presentar su dimisión.
Se dirigió para ello al Parlamento, pues como he dicho se trataba de un órgano independiente pero de extracción parlamentaria, y solicitó audiencia con la persona titular de la Presidencia de tan alta institución, que previamente había sido informada por ‘los suyos’ de lo acontecido.
Según nos contó después, le presentó su renuncia irrevocable y alegó múltiples irregularidades cometidas por ‘los suyos’ en el ejercicio del cargo, que llevó documentadas en una carpeta llena de documentos probatorios, pero su interlocutor lanzó dicha carpeta por el aire y cayó al suelo con todos los documentos desparramados por el amplio despacho señorial y le regañó severamente y con desprecio exigiéndole una dimisión que sólo al afectado le podía corresponder por ley y que de todos modos le acababa de presentar un instante antes.
Así fue como unos días después, el representante propuesto por otro Grupo, ya sin el paraguas del presidente del órgano que acababa de dimitir para no soportar más amenazas y chantajes, empezó a votar de nuevo en todo con sus antiguos yo diría que correligionarios y se procedió al nombramiento de una nueva persona para presidir el dicho órgano. A partir de entonces, cada vez que hubo ocasión le recordé al susodicho que hasta hacía bien poco no pensaba lo mismo de los temas que se sometían a votación y que se había plegado como una cama mueble a los dictados de la otra mayoría de izquierdas en cuanto vio peligrar algunas prebendas de las que hasta entonces había podido disfrutar…
Se fue cogiendo tal cabreo ante su ridículo continuado y a la vista de todos que un día se asomó a su despacho cercano al mío y profirió graves insultos contra mí, de modo que no me supe/pude/quise morder la lengua y le zampé otros cuantos palabros rotundos y similares en lo que la doctrina jurídica denomina el «animus retorquendi», que consiste en devolver lo mismo que se recibe en materia de posibles injurias: las mías fueron las de «vaina», «charrán» y creo recordar que «imbécil» y le dije que se marchara al carajo o similar… El charrán, haciendo gala de que lo era, me denunció sin yo saberlo y yo a él no lo denuncié porque todo era así como muy banal y zarrapastroso, así que cuando llegó el juicio un juez me condenó por una falta a pagarle algo así como 180 euros (o cifra parecida), que era una cantidad mucho menor de lo que el sujeto me dejó a deber a mí por un dinero que le presté algunos meses antes cuando su señora le secuestraba la tarjeta, le controlaba los gastos y le dejaba sin blanca para todo el mes… Me dio pena verle llorar o no quise que me llenara de babas la hombrera de la chaqueta, no sé.
Cuento todo esto a propósito del fallecimiento de Spiriman y porque ya han pasado con creces los cinco años de reserva a que la ley obliga sobre las deliberaciones de aquellas reuniones, si bien ni siquiera puede entenderse que estos avatares que relato estén afectados por dicho secreto o reserva.
Como en el caso de Spiriman, que lo sufrió en propia carne muchas veces, cuando te enfrentas a la Administración no ya por materias tan estrictamente personales como pueda ser una falta por presuntas injurias, sino por asuntos de incumplimiento grave de la legalidad, la Institución dispara siempre con «pólvora del Rey» y al resto, aunque siendo también miembros de dicha institución, les toca pelearse contra el ‘monstruo’ con las únicas armas de su propio tiempo, preocupación y pecunio, convirtiendo aquello en un pequeño David contra un ejército de Goliaths que pagamos todos.
Con eso cuentan algunos responsables políticos que abusan del poder a sabiendas de que al administrado, aunque sea un funcionario o un contratado por la misma, le tocará enfrentarse a toda clase de persecuciones usando su propio bolsillo para sostener una batalla tremendamente desigual para que, al final, como le ocurrió a Spiriman, al que la Justicia le otorgó la razón en muchas ocasiones, el responsable político le chulee y le diga que, en todo caso, si ganas, él ya no estará allí y que le importa tres coj…s tu victoria y las humillaciones y vejaciones a las que te han sometido durante todo el proceso, incluido si contraes un cáncer en esa pelea. Supongo, claro, que a ciertos personajes de la política a estas alturas les habrá importados tres narices el fallecimiento de Jesús Candel, Spiriman.
Pues eso, que también en varias ocasiones algunos tuvimos que pelear ante la Justicia poniéndolo de nuestro bolsillo para reclamar el cumplimiento de la legalidad en lo que entendimos que era el interés general de las instituciones y de los ciudadanos y esa prepotencia e irresponsabilidad de saberse utilizando toda la pólvora pública para abusar de las normas es de las cosas más deleznables e indignantes que yo vi dentro de la política.
No sé si Candel llevó razón siempre o sólo a veces, ni tampoco sé si se extralimitó con la palabra como me ocurrió a mí a decir de un juez que no quiso ni oír hablar del animus retorquendi, pero en todo caso, por su lucha sincera y valiente, D.E.P. Spiriman.





