La mujer de izquierdas no existe. O en la izquierda no existe la mujer. O no sé cómo enunciarlo para que no haya dudas de lo que digo, porque lo cierto es que, a base de jugar con las palabras para manipular los conceptos (tarea favorita de quienes no tienen nada que aportar salvo su dedicación permanente al engaño) el progrerío ha eliminado del mapa el concepto de mujer.
Este hecho tan disparatado ha logrado poner de acuerdo en lo esencial a Vox hasta con las feministas exacerbadas de Lidia Falcón, las del Partido Feminista de España, que cuando ellas iban de eso mismo los padres de Irene Montero ni siquiera tenían edad para ser novios.
Dijeron que venían a acabar con las desigualdades y poner a la mujer en el centro de sus reivindicaciones, pero han terminado por hacerlas desaparecer a todas en un marasmo ortográfico y conceptual que las tapa y las invisibiliza bajo el burka de una «e» final, átona y sin significado, que las reduce y las energumeniza hasta en el plural de «niñes», «hijes», «gallines» y «perres».
Todo muy igualitarista, sí, sin distinción alguna que las identifique o las individualice, ni siquiera en su forma plural y colectiva de su condición misma de mujeres. Las personas sin esa tara de izquierdas saben, al menos, que un hombre es un hombre y una mujer es una mujer, al margen de los gustos y aficiones que cada cual disponga a la hora de practicar con sus orificios y placeres. Y no les hace ningún favor a ellas que Pablo Iglesias o cualquier otro «quidam» deforme el palabrerío de ese modo que hizo José Antonio Griñán cuando se presentó ante un auditorio femenino en campaña electoral y les rogó a todas: «¡Llamadme presidenta!»… y se quedó tan pancha.
Dice Macarena Olona (y es mal indicativo cuando toca explicar obviedades de parvulario) que el género no existe salvo en «lo de masculino y femenino», porque el resto es un constructo social que va contra las mujeres y contra el concepto mismo de ‘la mujer’, pues confunde las palabras y los conceptos para inventarse una irrealidad que, en un golpe de magia inesperado y absolutamente contraproducente, las esconde y permite entrar al presunto enemigo hasta la cocina, pues la releva de su condición y las asimila a cualquier otra ‘cosa’ que pasaba por allí.
Es decir, lo que no quisieron entender es que con estas burradas introducidas desde la Ley de Violencia de Género (pretendían decir violencia contra la mujer, pero se les fue la olla y se ahogaron en el eufemismo cruel que las taparía para siempre bajo el burka de la hiipercorrección política) es que el concepto hombre y el concepto mujer individualizan e identifican dentro de un conjunto mayor, el de los seres humanos, mientras que el palabro «género» perturba hasta tal extremo que las conduce a la nada y las reduce a la confusa situación de que cualquier individuo o cosa puede ser mujer si lo desea o cree que le favorece, ya que, como decía el huevo Humpty-Dumpty en el cuento de Alicia, «las palabras significan lo que yo diga que significan en cada momento».
Y claro, así no hay modo ni manera de protegerlas frente a nada si confundes un mueble o un pato («les gallines») con una mujer, lo que supone un ninguneo y una desvalorización extrema de la propia condición que dijeron que pretendían recuperar.
Lo que prevé la Constitución y todas nuestras leyes es que nadie puede ser discriminado por razón de su sexo, ideología, religión o ninguna otra condición social, pero ahí ya está incluido todo sin necesidad de hacernos indistinguibles ni necesidad de renunciar a la condición de cada cual. Si te vuelves loco y lo que pretendes es eliminar la condición misma del sujeto, entonces no creas un derecho, sino que los anulas todos de un plumazo y te transforma en lo que ellos quieran o en lo que a mí me salga de las narices, como, por ejemplo: soy un gato y los gatos no respondemos a las reclamaciones de Hacienda ni nos pueden llevar a declarar ante un juez porque no cometemos delitos jamás.
Y esa es otra, lo del concepto de delito… Porque dice Ana Pardo Vera, la que fue asesora de ZP antes que frailuna sectaria de cierto panfleto digital y que más tarde la lió parda a propósito de la demagogia sobre Rociíto, que una condena judicial por el Código Civil es también un delito, ignorando que delito es sólo aquello que está tipificado expresamente en el Código Penal y el resto serán actos deplorables, pero no lo que a ella le parezca que lo es. Al parecer, la muchacha ha afirmado esa pamplina por escrito en el referido panfleto que algún día dirigió porque recurrió al articulado de la Constitución de la República del Perú como pudo haber consultado la de Cuba o la de la antigua URSS, porque a ella, filóloga, la aplicación del Derecho le parece una cosa tan arbitraria, caprichosa y discrecional como elegir el género biológico al que se pertenece.
Son así de «ridícules» en todo lo que hacen.
He dicho.





