TRATO HECHO
En el principio fue “El Verbo” y ahora es primero “La Lengua”. De tal modo que el Gobierno nos dirá la forma buena de enunciar lo que queremos con las palabras correctas. Con un lenguaje estupendo que bien contente a la peña de lo que llaman “progreso”. Y así, nuestra Vicepresidenta decreta que el Magno Texto y la sociedad completa deben cambiarse a la fuerza con un léxico “inclusivo” (nombrando siempre a las féminas). No cejará en este empeño, lo quiera o no la Academia. ¡Y esta fijación no entiendo! ¿Ustedes se dieron cuenta que las palabras mejores llevan género de hembra?
Propongo inmediato acuerdo para nombrar como ESCUELA lo que llamamos colegio. Si es vocablo femenino ¿se aceptará lo propuesto? Pues antes con más vergüenza, más decoro y más respeto, se educaban los infantes con bastantes menos medios. Una pizarra, tres tizas, un borrador y un puntero. Treinta o cuarenta pupitres, la maestra o el maestro. Un cuadro con un retrato que cambió pasado el tiempo y un Cristo Crucificado siempre arriba presidiendo. Se aprendían cuatro reglas para hacerse “de provecho”. Normas muy elementales que hoy día se están perdiendo: a todos sin distinción “de usted” siempre el tratamiento. Buenos días, buenas tardes, buenas noches y hasta luego. A las personas mayores, cederles paso y asiento. En cualquiera situación sentarse siempre derecho. Familia y Escuela fueron de educación complemento; llegó la modernidad y se implantó el compadreo. ¡Veremos a ver dónde vamos perdiéndonos el respeto!
Siguiendo con esta moda de femeninos conceptos, sinceramente prefiero TIENDA y persona que atienda su mostrador con esmero, a hipermercado masivo de electrónico cajero. La tienda de coloniales y ultramarinos selectos, con sus puertas siempre abiertas a propios y a forasteros. Humanidad de escasez, posguerra y racionamiento. ¡Cuántas libretas gastaron con el asiento de adeudos! Aquellos años pasaron y mejoraron los tiempos. Vinieron supermercados, se acabaron los aprietos, los favores se olvidaron, los clientes se perdieron. Las tiendas tradicionales ¡con el hambre que quitaron, qué mal pago recibieron! En los barrios más castizos y en casi todos los pueblos algunas quedan abiertas. ¡Merecen un monumento los tenderos y tenderas!
También prefiero DESPENSA que es mejor que un cajonero. Más entrañable es despensa: víveres frescos y añejos. Con sus orzas de manteca y aceite del año nuevo. Con sus chacinas colgadas y su canasto de huevos. Con sus hojas de laurel y con sus pimientos secos. Sal y vinagre de un tiempo donde toda la familia sabía por dónde iba el carro, los bueyes y el carretero asomándose a aquel cuarto del necesario sustento. Y cómo no, la NEVERA. Las primeras que vinieron aún enfrían la cerveza casi hasta el punto del hielo. Se fabricaron tan buenas para aguantar más o menos lo que dura una hipoteca en estos tiempos modernos. El frigorífico enfría pero no le tengo aprecio porque viene programado para quedarse obsoleto, siempre se avería en verano y no llegan los repuestos. Mucho mejor la nevera, sufrida y agradecida ¡Como es mujer la prefiero!
Lugar donde disfrutar del más sano esparcimiento, es sin dudar la TABERNA, hogar y punto de encuentro; no como esos gastrobares franquiciados forasteros. Cada taberna es un templo, siendo la barra su altar y el cura su tabernero. A misa van a diario todos los cristianos viejos. Rinden culto a la amistad, rezan por los que se fueron, se confiesan de su mal, reciben la absolución y su Santo Sacramento procedente del lagar y envejecido en maderos. Un rito tan ancestral, tan divino y tan terreno que hay veces que una taberna más me parece un convento. Y si hay Santas en la tierra, esas son las cocineras, esposas del tabernero que hacen exquisitas tapas de sus manjares caseros. Trabajadoras constantes de infatigable denuedo, entre ollas y sartenes siempre guisando y friendo. ¡Brindo por las cocineras! ¡Que tienen ganado el Cielo!
Para el último arreón de este rollo macabeo, me reservé a la PESETA que cundía más que el euro. Antes todos con cartera, hoy ni un triste monedero. Llevabas diez mil pesetas y cuando la compra hacías, llenabas el maletero para comer veinte días. Luego cambió la moneda, se rompieron alcancías, se acabaron los dineros y también las alegrías. ¿Qué haces con sesenta euros? Ni gárgaras, ni pucheros. ¡Qué palo nos dio en el lomo nuestro mercado europeo! La inflación de un día al siguiente, del sesenta y seis por ciento. Un café de cien pesetas, a la otra mañana un euro. Casi nadie se dio cuenta, todo el mundo tan contento. Y cuando todo subió, no se igualaron los sueldos. Para aliviarnos el golpe, los bancos nos concedieron préstamos y más tarjetas. Sogas con piedras al cuello. De aquellos polvos, los lodos que después nos consumieron.
Veinte años más atrás, éramos todos más nuevos. No había tanta crispación ni tantos borricos sueltos. Los vivos querían vivir y reposaban los muertos. Se miraba al porvenir y no al pasado más negro. ¿Adónde vamos a ir? ¡Que no nos cuenten más cuentos!





