Los «últimos de Filipinas» de nuestro tiempo son aquellos capaces de creer que no pueden ser tan malandrines y tan torpes este Sánchez y la banda de secuaces que le rodean como para destrozar la posición española en relación al Sáhara de manera tan salvaje y se han lanzado a interpretar benéficamente la jugada, donde Albares sería Metternich y Sánchez aparece cual Otto Von Bismarck en su mejor momento.
Que si se trata de una jugada genial, un «win-win» en el que todas las partes ganan, que si Argelia está en la pomada y muy feliz, que si Marruecos se convierte de repente en un gatito de angora que se dejará acariciar para siempre y nunca más reclamará sobre Ceuta, Melilla y las Canarias, que si la Europa del norte soluciona de este modo sus dependencia del suministro de gas ruso… En fin, todo un trébol de cuatro hojas.
Déjenme, sin embargo, que me convierta en el desagradable de la reunión y les ponga encima de la mesa los garabatos sobre lo que considero no una temeridad por parte de España (quise decir de Sánchez), sino una negligencia que excede la traición cobarde a las reivindicaciones de los saharauis y alcanza también al ideario progre y al propio programa electoral del PSOE que elaboró el mismo Albares. Otro embuste más.
Pensar que Marruecos no volverá reclamar y a chantajear a España de todas las maneras que se le ocurran, incluida la inmigración, Ceuta y Melilla, Canarias y hasta el islote Peregil, como afirma ese bobo de Miguel Iceta, no pasa de ser una broma bastante estúpida tratándose de un país que no ha cumplido jamás los acuerdos que firma con España y, si hace falta, pone en el límite de la muerte y usa como escudo y carne de cañón a su propio pueblo y a los inmigrantes subsaharianos.
En primer lugar, España no tenía problemas de suministro de gas, ni siquiera con Putin bombardeando Kiev, porque hasta ahora lo tenía asegurado desde Argel, de modo que si lo que los alemanes pretendían resolver eran sus propios problemas causados por el desquiciado abandono radical de las nucleares, lo que tendrían que haber hecho era pedirnos el favor y España cobrarles el peaje con garantías para nuestros intereses que podrían haber alcanzado, por qué no, incluso a la defensa de nuestros derechos sobre Gibraltar, pero sobre todo obtener ayuda extra en la defensa fronteriza frente a las invasiones migratorias y frente a los permanentes chantajes de Mohamed VI con la pesca, con la agricultura, con Canarias o con las ciudades autónomas.
Nos hemos sumado (y plegado), simplemente, a regalarles una solución que convertirá a Marruecos en un país con más del doble de territorio y de las riquezas actuales, que le otorga el papel de socio estratégico ante Europa y EE.UU y lo sitúa como el verdadero policía del Estrecho, mientras devalúa nuestra posición y sitúa a Francia como comisario único en el Magreb. La ceguera de Albares me parece sensacional.
A este paso, en poco tiempo cabe la posibilidad de que nos convirtamos en una sub-colonia de Marruecos, a merced de los intereses de los socios fuertes de la UE y, como país atrasado pero decisivo, será Marruecos quien recibirá las ayudas multimillonarias que hasta ahora recibíamos las regiones «Pigs» dentro de la Unión, a la vez que nos siguen colando todas las cesiones caprichosas en materia agrícola, de pesca o de inversiones desde el otro lado.
El corrimiento de las inversiones está en marcha y programado desde hace años y multinacionales como Siemens, Volkswagen o Renault, además de las grandes marcas chinas, están implantando sus inmensas factorías al otro lado de Tarifa, así que mucho me temo que nos hemos sumado a jugar el papel de comparsas sin obtener apenas beneficio casi de ninguna clase a la vez que hemos arruinado nuestro compromiso y nuestra fiabilidad en materia de política internacional, pues hemos abandonado el papel de «potencia administradora» sobre el Sáhara que nos otorgó la ONU desde que se inició el proceso de descolonización y antes de «la marcha verde», además de ganarnos a pulso un enemigo imprevisible como es el Polisario, que seguirá contando con el apoyo de Argelia, porque este último es un país que a duras penas es capaz de sostener la estabilidad y el control poco más que en las grandes ciudades y en las estaciones de producción gasística, mientras cada día, sin desmayo, registra no menos de media docena de muertes por atentados terroristas que no se publican en ningún lugar del mundo y en Argel, la capital, menos todavía.
Más allá de la vergonzante dejación de nuestras responsabilidades como país y de la farsa que ha sostenido durante 50 años la izquierda de las imposturas permanentes en relación al Sáhara (recuérdense las campañas permanentes de la Junta de Andalucía de Manuel Chaves para acoger a niños polisarios subvencionados durante los veranos y las actrices progres visitando los campamentos en Tinduf, entre ellas la célebre Almudena de los callejeros zurdos), resulta curioso que Sánchez de repente parece haberse convertido en un «trumpista» rabioso de la primera hora (o sea, un ultraderechista de narices, según el sectarismo de rigor), pues fue Donald Trump durante su mandato quien aprobó por primera vez el reconocimiento de los derechos de Marruecos sobre el antiguo Sáhara español y situó a Marruecos como socio estratégico futuro, proporcionándole incluso la tecnología necesaria y los aviones más modernos, superiores a los españoles, para operar en la zona. Incluso se habló de la posibilidad de sustituir a Rota por Alcázarquivir, en las proximidades de Tánger, como sede del «Mando África» y de la VI Flota desplegada en el Mediterráneo.
Por lo demás, las concesiones realizadas por el Gobierno de Sánchez (es inútil endilgarle la responsabilidad directa sólo al propio Sánchez, que se ha saltado todos los protocolos y ni siquiera se atreve a explicar a posteriori la resolución adoptada al Congreso) carecen por completo de sentido, pues son del tipo que sólo se otorgan cuando estás derrotado y pides rendirte, como cuando nos despojaron de Menorca o Gibraltar: Menorca la recuperamos luego, a raíz de la batalla de Pensacola, con un Bernardo de Gálvez victorioso ayudando a la independencia norteamericana frente a los ingleses.
Mohamed VI dejó tirados a Sánchez y a la lamentable ‘rookie’ catequista González Laya por un quítame allá esas pajas, así que, en semejantes circunstancias, que su canciller logre que el sátrapa marroquí reciba a Sánchez le hace aparentar que es el mismísimo Churchill en Yalta resucitado, pero no es verdad si el precio pagado es tan alto como el del entreguismo más brutal que cabía imaginar y te desprendes de la mejor carta que tenías para seguir atando en corto al rey de Marruecos, porque si es por eso, la próxima vez le entregaremos en prenda incluso la Alhambra y la Mezquita-Catedral de Córdoba a cambio de un cuscús con Bego en una azotea calurosa de Marrakech.
Digo que en cuestiones diplomáticas, como en muchos otros asuntos de la vida, «quien resiste, gana» y en el Gobierno de Sánchez, con la visionaria perspicacia de un Albares que parece más bien un iluminado, se han disfrazado ambos de ventajistas y de aprovechados cortoplacistas y han querido pillar un atajo fullero y lleno de impaciencias en una partida que no durará dos días y que resulta tan estrambótica que los conspicuos analistas prefieren ver en ella una genialidad antes que reconocer que lo que parece queso, huele a queso y sabe a queso, sólo puede ser… queso. O lo que es lo mismo: un fiasco y un error histórico que pagaremos muy caro.
He dicho.





