El lenguaje humano es sin duda el atributo más maravilloso de los que disponemos para comunicarnos unos con otros: lenguaje oral, lenguaje escrito o lenguaje de signos van conformando desde nuestra infancia todo un sistema que nos permite acercarnos a los demás y manifestar nuestros sentimientos, emociones, deseos, etc.
¡Cómo ha cambiado la forma de comunicarnos en las últimas décadas! ¡Qué lejos quedan en el tiempo las cartas de amor, las postales enviadas desde el lugar de vacaciones y las tarjetas de Navidad! ¿Queda algún lector que recuerde las esperas en un locutorio de pueblo para pedir una conferencia con la capital? A los teléfonos fijos, si aún los mantienen, ya sólo llaman los bisabuelos y algún vendedor, mientras que los fax y los tele fax han pasado a convertirse en piezas de museos.
No voy a cansarles con los avances que nos ha supuesto la era digital en cuanto a facilidad de estar conectados, pero si hay un ámbito en el que la transformación tecnológica no ha propiciado avance, sino más bien retroceso, es el de la conversación personal, y en este sentido les recomiendo como lectura para este verano el ensayo “En defensa de la conversación” de la psicóloga americana Sherry Turkle, profesora del Instituto de Tecnología de Massachussetts, quien lleva años escribiendo sobre el efecto de las pantallas en nuestro modo de vida y la soledad encubierta que hay tras las relaciones por internet.
Salta a la vista como existe una correlación inversa entre el tiempo que le dedicamos a las relaciones por el móvil (whatsapp, instagram, facebook, X, …) y los ratos que asignamos a mantener una conversación vis a vis (visage à visage). Es cierto que nuestro modo de vida meridional es más dado a la charla, al encuentro inesperado por la calle, pero ¿lo hacemos de una forma relajada, enriquecedora, o mirando el reloj porque tenemos prisa?
Como afirma la autora antes citada, privarse de la conversación es renunciar al acto más humano y más humanizador que podemos realizar, al necesario crecimiento personal y a un aprendizaje mutuo. Aunque el refrán “Una imagen vale más que mil palabras” es asumido por todos, me resulta llamativo cómo la Iglesia mantiene la tradición que ya apuntaba San Pablo en su carta a los Romanos, de que algo tan básico como la fe, viene por la Palabra oída.
No hay dos voces iguales. La conjunción de las cualidades físicas de su sonido: tono, intensidad, duración y timbre, hace que cada voz sea única. El tono, más grave o más agudo en una amplia gama de posibilidades; la intensidad, ese matiz de volumen con el que se pone más o menos énfasis en lo dicho; la duración, que viene a ser como el eco de lo que escuchamos o decimos, y, finalmente, el timbre, esa armonía tan personal que reviste todo lo que decimos y nos hace reconocibles con sólo decir unas palabras.
Las palabras se las lleva el viento, como afirma el antiguo dicho, de ahí su evanescencia. La conversación es algo espontáneo (aunque se lleve un poco preparada en ocasiones) y fugaz, si bien cabe la posibilidad de la grabación, pero no es lo más natural.
Lógicamente me estoy refiriendo a una oralidad primaria (conversación familiar, coloquio entre amigos, etc.) no a la secundaria (debates políticos, académicos, etc.) que cuenta entre otras ventajas con el hecho de no se planifica, que los errores gramaticales que se puedan cometer suelen recibir escasa censura social, que es más dinámica e innovadora que la comunicación escrita, y como ya he dicho, que es espontánea.
Conversar es discernir, encontrar el mejor camino para llegar a un lugar, decidir cuál es la mejor opción, porque no sólo nos podemos enriquecer con los conocimientos de nuestro interlocutor, sino que depuramos nuestros argumentos y razones si tenemos la humildad necesaria para reconocer nuestros errores.
Conversar es comprender: la escucha activa, esa que nos hace estar atentos y concentrados en lo que el otro nos manifiesta, sin interrumpirle, genera la empatía necesaria para entender su forma de pensar, conocer su historia, a veces tan distinta a la nuestra, y reconocernos a nosotros mismos en sus decisiones.
Conversar es amar: le estamos entregando a la otra persona uno de los bienes más escasos hoy día, nuestro valioso tiempo; nos fundimos con él en su alegría o en su dolor, ya saben: la alegría compartida aumenta, y la pena compartida disminuye. Conversaciones aparentemente inútiles, como la de dos personas enamoradas, nos pueden cambiar la vida: ¿no es acaso el amor una conversación continua?
En este agosto que comienza en unos días, ya no tenemos excusa: aprovechemos para disfrutar con esas conversaciones que no hemos podido levar a cabo en lo que va de año.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Aunque parezca un tópico la realidad es esa: una conversación por whatsapp nunca podrá sustituir al encuentro personal. Ningún chat o Messenger será mejor que el placer de una tertulia entre amigos, familia, pareja, etc.
El lenguaje escrito y además abreviado de la era digital no puede transmitir sensaciones, sarcasmos, alegría o tristeza con la intensidad del lenguaje verbal.
Eso está claro.
Es verdad que por un motivo u otro, nuestro modo de vida, apenas permite ya pararte a charlar tranquilamente y por eso, aprecio la posibilidad que nos dan los “ whatsapps y facebooks “ de al menos saber de amigos y familiares, que están bien y compartir comentarios opiniones, etc.
La antigua correspondencia postal, hoy parece cosa de otra vida, es verdad y yo personalmente la recuerdo con nostalgia. Por un lado redactar la carta manuscrita cuidando redacción, estilo, caligrafía y ortografía me resultaba una pequeña satisfacción porque era como entregar algo mío muy personal a la persona destinataria. Y respecto al teléfono fijo, qué decir, se llamaba a un lugar, no a una persona, pero sin embargo, a pesar de esa limitación la vida era posible, los amigos quedaban y se localizaban en Semana Santa y Feria a través de los recados en casa de fulanito o de los padres de menganita, cosa que a los nacidos en este siglo les parecería cosa de magia.
Muchas veces pienso que antes estábamos más desconectados, pero mas libres.
Sí a la tecnología, sí al chat, sí al whatsapp, pero que perdure siempre el placer de una buena conversación.
Espero que no haya un día en que la conversación pase a un segundo plano de la relación entre personas; si es cierto que en muchas ocasiones buscamos esa soledad placentera. Sin embargo sería un error sin paliativos quedarnos solo en lo personal. Por supuesto siempre tendremos la posibilidad de elegir entre una buena conversación animada o un coñazo de tío pesado, que haberlos hay.