Un joven es alguien que llega tarde a todas partes. Por eso corre y siempre va con prisas.
Un joven va con ansias de encontrar lo que ni él mismo sabe, porque no sabe lo que busca. Y como no encuentra nada con lo que epatar a sus hormonas, se lo inventa. Y como no sabe lo que inventa, lo copia. Y cuando copia, suele repetir cosas tan viejas que saben hasta los alcornoques, pero lo pregona como si acabara de descubrir un unicornio.
El día que el joven asimila que los unicornios no existen, ese día ya no es joven y a partir de ahí tiene dos alternativas: apaciguar la vida y dejar de correr como si le persiguiera un tipo con pistolas… o continuar llegando tarde a todo el resto de su vida, sin saber ni lo que busca.
Y esto es lo que nos desgobierna, un coro de preadolescentes que corren como pollos sin cabeza y siempre llega tarde. Jóvenes que nunca consiguieron nada pero que desean demostrar que ellos no necesitaron pasar por la autoescuela de la vida para conducir el auto siempre nuevo y reluciente de nuestros destinos:
– «Quita de ahí, anda, que esto lo conduzco yo con los ojos cerrados. ¡Está chupao!», nos dicen.
¡Y menuda trompada nos han dado!
Ya lo dijo el sabio, chavalote, no es prudente ni aceptable querer enseñarle a hacer hijos a tus padres.
No por casualidad, me temo, tres ejemplares de esa estulticia osada y engreída que describo ocupan los primeros puestos del Gobierno, como tres botellas vacías de un refresco pegajoso. Sánchez, Calvo e Iglesias constituyen por sí mismos una bobería única y excelsa que va con prisas y llega tarde siempre a todos lados. Incluso a las pandemias. Y a los test. Y a los respiradores. Y a las mascarillas.
Al tritontito inexperto aún cabría sumarle una tripleta más de consagrada soberbia e inexperiencia, la formada por Irene Montero, Alberto Garzón y Yolanda Díaz, quienes (no por casualidad tampoco) son afluentes y adyacentes del subcomandante que se tiñe la coleta para aparentarse ante el espejo que aún tiene la edad de inventar unicornios y, como no se le ocurre nada nuevo, entonces los copia tan obsoletos y manidos como el del marxismo-leninismo, ni siquiera en la versión post-marxista de Laclau, sino en la del «No nos moverán» de Julia y Chanquete en «Verano azul». O sea, la de Nicolás Maduro y sus narcotrafiquitos. Una antigualla, vamos.
Con esta pléyade de «novísimos» es con la que pretendemos afrontar la madre de todas las crisis de todos los siglos que nos antecedieron. Si a Carlos V y a Felipe II los embridaron los Fugger y los Weiser, banqueros alemanes, ni les cuento la que les (nos) van a dar ahora los banqueros de las señoras Merkel y Lagarde. Y ojalá y gracias.
Sánchez le mete prisa a Europa para que nos afloje la ‘pastoraimperio’ y entonces los holandeses se desfibrilan de la risa mientras el tranquilo ex primer ministro belga que preside el Consejo Europeo, el muy liberal Charles Michel, se desentiende del teléfono con el mismo desdén que utiliza Sánchez, a quien Michel desprecia, con los jefes de la oposición aquí en casa.
Luego, Sánchez, Iglesias, Simón (ministro de epidemias) y el ministro de filosofías fabrican un discurso laudatorio de la OMS y en 48 horas Donald Trump anuncia que dicho organismo de burócratas prochinos, presidida por un peón colocado por Beijing, nacido en la muy tiránica y comunista Eritrea, un corrupto funcionario de la dictadura comunista etíope, la cual ocultó, con escándalo internacional, hasta tres epidemias de cólera durante su desempeño como ministro de Salud en el país, puede empezar a buscarse el presupuesto vendiendo pangolines y murciélagos en el mercado de Wuhan.
No encuentran lo que buscan porque tampoco saben si buscan otra cosa que seguir llegando tarde a todos lados y copiando unicornios con rotuladores de colores en un folio.
Y mientras, España se desangra sin propósito ninguno.
He dicho.





