En estos días de verano son muchos los alumnos del último curso de carrera (grado, desde Bolonia 2009) que se plantean su futuro laboral, desde la sensación de que no cuentan con un bagaje suficiente para afrontar esta nueva etapa. Según la Oficina Europea de Estadística (Eurostat), España se encuentra en el furgón de cola en cuanto a tasas de empleo de sus egresados se refiere, con un porcentaje del 73 %, alejada del 93 % de Alemania pero mejor que Italia, que sólo consigue un 59 %, sin olvidar que nuestro país alcanza una tasa de paro del 38 % entre los menores de 25 años (media europea del 17, con Portugal y Francia en un 20 %), y esto sin entrar en el detalle por comunidades autónomas.
Si por empleabilidad entendemos el conjunto de aptitudes y actitudes que le permiten a una persona conseguir y conservar un empleo, los estudiantes universitarios terminan su formación de cuatro años habiendo recibido contenidos de unas cuarenta materias, todas ellas cuatrimestrales, sin la profundidad con la que eran impartidas cuando eran anuales ¡y ya sabemos cómo es un segundo cuatrimestre en Andalucía!: carnavales de Cádiz, fin de temporada en sierra Nevada, puente del 28 de febrero, semana santa con su cuaresma, pre feria, feria y post feria, Rocío y primeros calores intensos en mayo, con su puente del día del Trabajo y esa huelga que nunca falla, a ser posible en jueves, para irse el miércoles al pueblo y no venir el viernes …
Al llegar a ese final del último año, y una vez apagada la euforia de la ceremonia de graduación, seis de cada diez estudiantes universitarios españoles creen que no están preparados a nivel profesional cuando salen de la universidad, y un 90 % opina que es necesaria una formación adicional (máster) para adecuar su perfil a lo que demandan las empresas hoy en día (datos extraídos de un estudio elaborado por la Fundación Universidad Empresa).
No se nos escapa que son muchos los factores que inciden en la empleabilidad: entorno familiar y social, situación económica y red de contactos, país y/o ciudad en la que se busca trabajo, y el hecho de provenir de una universidad pública o privada: según un estudio de la fundación BBVA referido a 2020, los egresados encuentran más trabajo estudiando en la privada y además con mejores sueldos.
Continúa habiendo un desajuste entre las exigencias para aprobar asignaturas y los requerimientos de las empresas: se siguen explicando los asientos de contabilidad con tiza en la pizarra, con un total desconocimiento por los alumnos de las aplicaciones informáticas más elementales del mercado; se espera a final de carrera para obtener el B1 en inglés, cuando lo que se está solicitando en toda Europa es el B2 en inglés y el B1 en otro idioma; muy pocos son los alumnos que se atreven a manejar una hoja de cálculo para un planteamiento financiero…
Y eso sin entrar en el perfil de un profesorado al que se le obliga a volcarse mucho más en la investigación con publicaciones de artículos, en la asistencia a congresos o en la realización de cursos en otras universidades para promocionarse, que en adquirir experiencia de gestión en aquello que enseña, con lo cual el alumno recibe una docencia basada en lo leído, no en lo vivido: ¿se imaginan a un médico impartiendo clases en la Facultad de Medicina que nunca haya tratado a un enfermo, o a un profesor de Derecho civil que nunca haya intervenido en un litigio judicial?
En mi experiencia como docente universitario, he constatado que sólo una minoría de alumnos parecen preocupados a lo largo de la carrera por añadir a su currículum una mínima experiencia laboral que les haga tomar contacto con el mundo del trabajo. Ocupaciones como ser árbitro de una modalidad deportiva, trabajar en una empresa de catering, ser camarero en verano, ejercer de socorrista en una piscina o playa, monitor de tiempo libre en época estival, au pair en el extranjero o profesor de clases particulares, son minijobs que enriquecen el c.v., demuestran una mínima inquietud por tareas complementarias a los estudios, y, sobre todo, facilitan la experiencia con el público, algo que no se adquiere en ningún aula universitaria.
En mi modesta opinión, considero que para resolver este problema es prioritario una toma de conciencia por parte de toda la sociedad; el convencimiento de que tiene solución, como están demostrando países de nuestro entorno, y que el acercamiento a unos niveles aceptables de empleabilidad, pasa ineludiblemente por un cambio de actitud en muchos jóvenes, desde la pasividad (“¿y ahora qué hago?”) hacia la proactividad (atreverse a coger las riendas de sus vidas) más pronto que tarde.
A los alumnos no hay que enseñarles a ser alumnos: ya lo son. A los alumnos hay que formarlos como futuros profesionales.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





