
Hay ciudades que aspiran al confort. Ciudades que colocan bancos donde hay sombra, aparcamientos donde hacen falta y calles amplias para que nadie se roce. Ciudades diseñadas por ingenieros alemanes y concejales escandinavos. Sevilla no. Sevilla parece haber sido trazada por un poeta distraído, un tabernero optimista y un señor que jamás tuvo prisa.
Y, sin embargo, qué portento todo. Porque Sevilla ha hecho de la incomodidad un arte mayor.
El verano, por ejemplo. En cualquier otro lugar de Europa, cuarenta grados son una emergencia. Aquí son una conversación, un tema recurrente. El sevillano sale a la calle a las cuatro de la tarde como quien desembarca en Normandía. Sabe que va a sufrir, sabe que el sol le va a castigar sin misericordia y que el asfalto desprende más calor que una fragua medieval. Pero sale. Con dignidad. Con resignación. Como aquellos tercios españoles que marchaban por Flandes sin preguntar demasiado.
Después están las calles. Esas callejas del centro donde dos personas apenas pueden cruzarse sin negociar previamente una servidumbre de paso. Lugares donde el turista se pierde y el sevillano asegura orientarse perfectamente mientras da tres vueltas a la misma esquina. Un laberinto arabesco que desafía cualquier lógica urbanística moderna y que, precisamente por eso, posee un encanto irresistible.
La Semana Santa merece capítulo aparte. Millones de personas apelotonadas en un espacio que objetivamente debería albergar a unas pocas miles, dicho sea sin exagerar. Horas de pie. Calles bloqueadas. Bullas capaces de convertir una lata de sardinas en un spa relajante. Y, sin embargo, basta que aparezca un palio o que una corneta rompa el aire con su kirikikí para que todo ese sufrimiento penitencial tome sentido.
¿Y la Feria? ¿Dónde me deja usted la feria? Tacones hundidos en el albero, trajes que pesan más que una armadura renacentista o el hábito de un fraile dominico. Polvo, calor y hierro. Pero basta una reunión cabal para que aquello deje de parecer una prueba de resistencia física y se transforme en un cuadro costumbrista.
Y luego está la plaza de toros, vulgo Maestranza. ¿Habrá un sitio mas incómodo en este mundo? El sol y la lluvia cayendo a plomo sobre los tendidos como un castigo bíblico, la sombra convertida en privilegio nobiliario, pero todos hermanados unánimemente por el culo de mal asiento de su estrechez. La incomodidad elevada a categoría estética, de repente olvidada por un natural cadente de sentido…
Quizás por eso Sevilla enamora. Porque es una ciudad que no pretende hacernos la vida fácil. Nos la complica con elegancia, con gracia y estilo. Y uno termina descubriendo que, entre tanta incomodidad, vive una forma extraña de felicidad que sólo entienden quienes alguna vez han sudado bajo la trabajadera de su cielo y han maldecido su ausencia.





