Aun intentando huir de los mal llamados “informativos”, pues sin querer, las mal llamadas “noticias” saltan, invaden… Cuando ya creíamos haber aceptado el tiempo que nos toca vivir, de repente, una frase hace saltar la llama de la indignación, del dolor incluso.
“¿Dolor?” Pues sí, porque ya es la sensación de humillación, de falta de dignidad, de ser verdaderos esclavos, y además esclavos de seres abyectos, que es lo peor.
(En uno de sus “Cuentos sin importancia”, Pemán dice, poniéndolo en boca de Tutankamón, en diálogo imaginario con un hombre del siglo XX: “Ser esclavo de un faraón y morir por un golpe de su féretro cuando éste se ha enfadado, pues tenía cierta grandeza. Pero vosotros, ¿de quién sois esclavos”)
Ser esclavos de Pedro Sánchez y dejarnos maltratar físicamente, eso, ¿qué justificación tendrá? Me refiero, sí, a las normas sobre el aire acondicionado. A esas normas que son un puro maltrato físico para los sevillanos, un castigo corporal, algo que creíamos más que abolido. En la estación de autobuses de Plaza de Armas no se enciende el aire acondicionado. En Santa Justa, está al mínimo. En los autobuses urbanos ahora resulta un suplicio viajar. En el Corte Inglés, antes reducto de bienestar para los que no veraneaban, ahora se pasa un calor sofocante. Y me cuentan historias de terror, de calor en los hospitales, de personas recién operadas sufriendo lo que no sucedía desde épocas anteriores a la medicina moderna.
No vale decir que “antes no existía el aire acondicionado”. Antes, todo era diferente, las casas, los horarios, las ventanas de los autobuses y trenes. Ahora todo es hermético, está pensado para el aire acondicionado, el no ponerlo (o ponerlo al mínimo) supone una tortura física inaudita.
Pero ahora nos dicen que el debate de unos políticos, de interés ya para pocos, se realizará “con al aire acondicionado a 20 grados”. ¡Y lo ponen en titulares! ¡Y presumen de ello! Ni siquiera lo destacan, lo anuncian junto a otras circunstancias anecdóticas.
¡Y nadie se queja!
Ahí llega el dolor, la humillación. Realmente, lo hemos comprobado fehacientemente desde la pandemia, el ser humano ha nacido para ser súbdito y esclavo, anhela tener un rey, lo reconozca o no, no desea la igualdad, sino que quiere, necesita que haya faraones y siervos de la gleba.
“Anhela tener un rey”. Algunos lo reconocemos, esa peculiar naturaleza del ser humano, y disfrutamos contemplando la coronación del rey de Inglaterra, con corona y cetro y varios cetros, y mantos de armiño, y oro y piedras preciosas, y carrozas de cuento de hadas. Pues sí: lo disfrutamos. Lo cual no deja de algo simbólico, de encanto histórico y literario.
La mayoría no lo reconoce, y cree vivir deseando igualdad.
Que a millones de personas se les pueda decir, chuleándose, alardeando – cuando ellas están en una estación de autobuses para pasar un modestísimo día de playa, derritiéndose de calor y de repugnante sudor y asco- que se les pueda decir que “en el debate estarán a 20 grados” (¿no dijeron ellos mismos que “se prohíbe ponerlo a menos de 27”?) y se lo tomen con esa naturalidad, ¿no refleja una condición servil infinitamente más profunda que la que tuviera, en su momento, cualquier siervo de la gleba? Porque el siervo trabajaba por una razón, el señor feudal le protegía con sus armas, todo tenía un sentido.
¿Con qué justificación aceptamos nosotros esa superioridad? ¿Son seres superiores pues, su carne es más preciosa, ellos nos imponen el sufrir calor- algo inaudito, pura crueldad física, no se ha reaccionado lo bastante ante lo que supone, bueno, no se ha reaccionado nada- pero ellos no pueden pasarlo?
Las palabras fallan cuando se trata de algo que nos toca tanto a lo visceral.
¡Despertemos, por favor!
¡Debate, a 37 grados!





