Hay mostradores que son de madera, de mármol o de zinc. Y luego están los mostradores que son memoria. Los de Casa Montero pertenecen a esta última estirpe. Noventa años contemplando la vida del pueblo de Paradas bien merecen una historia. Noventa años viendo pasar generaciones enteras, escuchando confidencias, celebraciones y silencios, siempre frente a la majestuosa iglesia de San Eutropio, centinela de piedra de un pueblo que ha cambiado tanto como sus gentes.
Corría 1936 cuando aquel bar comenzó a dar de beber al personal. Vaya año para empezar, ¿verdad? Mientras España se desgarraba en la guerra, detrás de aquel antiguo mostrador se servían vasos de vino, aguardiente y café. El pueblo seguía necesitando un lugar donde encontrarse, donde compartir penas y alegrías. Los hombres llegaban con las manos curtidas por el campo y las mujeres cruzaban la plaza con el peso de la vida cotidiana. El bar era refugio, conversación y compañía.
Desde su privilegiada esquina ha sido testigo mudo de la transformación de Paradas. Observó cómo se abría la Plaza de Andalucía, cómo el viejo Casino cambiaba de aspecto y de tiempo, cómo la antigua Caja de Ahorros terminaba convertida en un establecimiento con nombre de supermercado. Las fachadas mudaban de color, los coches sustituían a las bestias y las generaciones se relevaban como las estaciones del año. Pero el bar permanecía.
Su viejo mostrador es testigo de madrugadas interminables. Madrugadas regadas con el cante de Juana Reina con su “Capote de grana y oro” saliendo de una radio de cretona, con el cante de Pepe Marchena y con la memoria de algún parroquiano que se arrancaba por fandangos cuando la noche parecía no tener fin. Allí se cerraban tratos, se comentaban cosechas, se discutía de fútbol y se arreglaba el mundo entre copa y copa.
Lo que comenzó siendo un humilde bar de pueblo es hoy uno de los grandes referentes de la provincia de Sevilla. Donde antes se servían tapas sencillas y vinos de la tierra, ahora brillan sus memorables arroces y sus carnes a la brasa, que atraen a visitantes de todos los rincones. Sin embargo, bajo la modernidad siguen latiendo las mismas raíces.
Noventa años dando de beber al sediento y de comer al hambriento. Noventa años mirando a San Eutropio y viendo pasar la historia. Porque Casa Montero no es solo un negocio. Es un pedazo de Paradas. Un espejo donde se refleja lo que fue, lo que es y todo lo que aún está por venir.





