En una reciente entrevista en ‘El País’ el señor Baricco afirma que «los jóvenes nos pasarán la cuenta de esta crisis’. ¡Y dale con el victimismo!
Paul Bruckner tituló su excelente ensayo sobre el victimismo ‘La tentación de la inocencia‘, precisamente porque es en la infancia donde solíamos recurrir a la victimización para lograr nuestros pequeños objetivos. El niño que quiere un juguete caro, redobla sus lloros al caerse porque espera que su amplificado dolor le suponga la compensación del juguete. He simplificado mucho, claro, pero por ahí van las cosas y desde hace décadas numerosos ‘colectivos’ de Occidente han descubierto que si alguna vez fueron agraviados -real o imaginariamente – la compensación llegará tarde o temprano.
Y por esa razón, cada vez hay mas ‘víctimas de postin’ que en realidad lo que están haciendo es trivializar el dolor de las auténticas víctimas, a menudo incapaces de hacerse oír entre el ruido de colectivos bien organizados y generosamente subvencionados. El propio Bruckner desarrolló algo más su tesis, con ‘La tiranía de la penitencia’, un ensayo en el que diseccionaba el afán Occidental por atribuirse la responsabilidad de todos los males de la Historia mundial. Obviamente, tal asunción implica indemnizar a miles de colectivos que saben perfectamente a qué pagador achacar sus cuitas, agravios y ofensas. Y de este modo el círculo se cierra: Yo me quejo y Occidente paga. Y pongo el énfasis en Occidente, porque ese afán de penitencia – acaso un resto de nuestro milenario cristianismo – no existe en Asia, ni en África ni en el mundo árabe. En realidad, en muchos países de esas áreas han descubierto las ventajas de la victimización no solo de colectivos sino también de Estados y no es raro, por ejemplo, que atribuyan al colonialismo o a Hernán Cortés sus gravísimos y a veces centenarios errores socioeconómicos, su despotismo político o sus altas tasas de corrupción entre otros vicios. Personalmente creo que cuando menos victimista es un país y más mira al presente que al pasado, más rápido se desarrolla. En Asia se pueden encontrar numerosos ejemplos, empezando por Japón, pero vale también India, China, Singapur o Corea. No todos son un ejemplo de libertades, pero al menos han sabido salir de la espiral victimista que impide el progreso.
Querer victimizar a ‘los jóvenes’ por los efectos de la pandemia no solo es un error sino también una injusticia. El planteamiento que hace el Sr. Baricco en su entrevista en ‘El País’ es, además de erróneo asquerosamente insolidario: a su criterio los jóvenes están ‘resentidos’ porque han tenido restricciones (él afirma sin pudor que ‘han sido sacrificados’) ya que el virus no les afectaba demasiado. ¿Es consciente este hombre de que aunque el virus no mate a los jóvenes ellos sí pueden transmitirlo a padres, profesores, sanitarios y abuelos?
Todos hemos sido víctimas del Covid19, pero si existe un colectivo que ha pagado el mas alto tributo – que ha sido literalmente ‘sacrificado’ – es el de los ancianos. No solo han tenido las más altas tasas de mortalidad, sino que además murieron solos y sin posibilidad de una despedida. Así que puestos a señalar victimas del Covid19 y de tratar de congraciarse con los jóvenes, creo que antes tendríamos que pensar en nuestros abuelos vivos y muertos, y considerarlos por encima de cualquier otro colectivo que ya esté pensando en rentabilizar la tragedia. Son ellos, los ancianos, quienes han sufrido más que nadie esta pandemia: muertos por decenas de millares, desasistidos como si fueran mercancía improductiva, aislados durante meses de hijos, esposos, nietos o hermanos, recluidos entre cuatro paredes quemando el escaso tiempo que les quedaba de vida, consumido su vigor y energía por el largo encierro y la ausencia de sol y calor humano… ¡Ellos y no otros son las víctimas!
El resto, por supuesto, también hemos sufrido. Los niños y jóvenes también, pero tienen por delante una larga vida que disfrutar y con suerte dentro de muchos años morirán en paz y en compañía de los suyos, lo que no le sucedió a muchos de sus mayores. Y, además, la mayoría de niños y adolescentes que yo conozco ni se quejan, ni lamentan su suerte, ni exhiben su victimismo. Mas bien se adaptan a las circunstancias y tratan de seguir disfrutando la vida, siendo conscientes – quizás por vez primera – de que vivir es un gran privilegio que exige a menudo un tributo de dolor.





