La feria ya está aquí, y con ella la alegría de las casetas, el deslumbrante colorido de los trajes de gitana, el paseo de caballos, los “cacharritos” de la calle del Infierno y todo lo que conlleva esa cita única de abril que congrega a miles y miles de personas en un recinto del barrio de los Remedios que, a decir verdad, se nos ha quedado pequeño.
No faltará la monserga de los millones de euros que este evento deja en la ciudad, cuya cifra quizás me entere algún día de cómo se calcula con la precisión con la que se difunde, el número de farolillos y de bombillas que la iluminan, las toneladas de basura que se retiran del real y alrededores, la cantidad de botellas de manzanilla facturada y el porcentaje de ocupación hotelera y de pisos bnb (¡dónde me dejan los amigos y familiares que acogemos en nuestras viviendas particulares!). Cifras y cifras mareantes, por aquello de que lo que no son cuentas son cuentos, pero hoy vengo a referirme a esos intangibles que hacen de nuestras experiencias en el recinto ferial algo irrepetible, y además de un modo efímero.
La palabra feria en Sevilla nos evoca distintos momentos de nuestra vida: la niñez en la feria del Prado de San Sebastián hasta 1972, cuando nos llevaba nuestra madre por la mañana (mi padre nunca fue feriante) a ver el paseo de caballistas, con aquellos coches enjaezados donde paseaban famosos y aristócratas, con la visita obligada a la calle del infierno (¡cómo disfrutaba con el látigo!), y tomarnos en el parque los filetes empanados y la tortilla.
O ya entrada la juventud, cantando sevillanas de “Los Hermanos Reyes”, “Los Romeros de la Puebla”, “Amigos de Gines” o “Los marismeños” (póker insuperable), formando corros en medio de la calle con algún amigo que se había llevado la guitarra y las letras a modo de chuleta para poder cantar y bailar las cuatro, que era y es lo suyo. En nuestro viaje de fin de carrera obtuvimos fondos haciéndonos cargo de la cocina y el mostrador de una caseta en la calle Gitanillo de Triana allá por 1977…
Alcanzada la madurez, me viene a la memoria la primera exhibición de enganches en 1984, cuando nació mi primer hijo. y sobre todo el reencuentro efusivo con los compañeros de trabajo junto a nuestras familias en la caseta de la extinta Caja San Fernando, donde compartíamos vivencias y anécdotas con aquellos que veíamos de tarde en tarde, antes de llevar a nuestros hijos, como hicieron nuestros padres, a los “cacharritos”.
Uno va tomando conciencia de la fugacidad del tiempo cuando contempla la velocidad a la que una feria sucede a otra, al observar que los que aparecen en aquella foto de grupo no volverán a posar juntos, y que esa sevillana que cantábamos a coro porque todos nos la sabíamos, ahora sólo la escuchan los que sintonizan onda nostalgia.
Letras de sevillanas que llevamos grabadas en el alma y que configuran un modo de entender la vida: ya huele a feria, y se ponen alegre la gente seria; eso de ser buena gente no se compra con dinero; … una guitarra, un amor, amigos al lado mío, ¿quién es más rico que yo? Cuando llegues a tu casa pon en agua ese clavel, que los amores se riegan si no se quieren perder…
¡Cuántas declaraciones de amor habrán conocido esas calles con nombres de toreros! ¡Cuántos negocios se habrán cerrado con sabor a jamón, queso y manzanilla! ¡Cuántos secretos confesados tras esos toldos echados a la hora del relente! ¡Cuánta envidia habremos despertado entre tanto turista al vernos conjugar el saber vivir con el saber beber, y nuestro convencimiento de que trabajamos (como el que más) para vivir, pero no vivimos sólo para trabajar! El buen sevillano sabe lo que debe hacer en su caseta, aunque deba lo que haga, que ya habrá tiempo de pagarlo.
Desear la feria como se desea el primer amor, identificándonos con aquellos que no habían presenciado antes algo igual, disfrutarla como si fuera la última, queriendo retenerla con fotos ante los mil motivos que se nos presentan, con el temor de que se nos escape como el agua entre los dedos al que está sediento: ese cielo azul de Sevilla entreverado de farolillos rojos y verdes, esa portada efímera que sólo podremos contemplar una semana, la pose de una amazona con su pelo recogido, refrescándose sus labios con una copa de manzanilla…
El valor de lo que se tiene sólo se aprecia cuando se echa en falta, por eso se cantaba aquello de
Desterrarme de Sevilla, la peor de las condenas,
¡qué pobres las alegrías viviendo con esa pena!
Que ningún sevillano tenga que irse lejos durante la feria para saber el vacío que se siente al no poder disfrutar del valor de lo intangible.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Con nostalgia he leído tus renglones.
Siempre tan acertados tus comentarios.
Gracias.