Corría la década de los ochenta del pasado siglo cuando un compañero de la Entidad Financiera donde prestaba mis servicios me narró un hecho que aún no he olvidado: venía muy contrariado por la impresión de ver que habían abusado de la buena fe de su suegro, en la venta de una parcela de su propiedad en el término municipal de Hinojos (Huelva). Al parecer, el precio de la compraventa se había fijado muy por debajo del valor de mercado de la finca en cuestión, y el yerno, al conocer lo desfavorable del trato para los intereses de su familia, le preguntó si había firmado algo, y así poder deshacer el pacto en cuestión. El padre de su mujer le dijo que no, con lo que mi compañero se quedó tranquilo en primera instancia, pero el abuelo de sus hijos le apuntó que de todas formas ya no se podía echar atrás, porque había dado su palabra y se había sellado el trato con un apretón de manos.
Les confieso que no salía de mi asombro: a finales del siglo XX, tiempo de yuppies y en unos momentos en que el entonces ministro de Hacienda, Carlos Solchaga, invitaba a hacer negocios porque España era el país donde se podía ganar más dinero a corto plazo de Europa y quizá del mundo, aún permanecían vigentes normas basadas en el honor.
En la cultura española tradicional, «el valor de la palabra dada» (o la palabra de honor) no es solo un concepto ético, sino un pilar fundamental de las relaciones humanas, sociales y comerciales que se ha forjado a lo largo de los siglos. A diferencia de otras culturas donde todo debe quedar plasmado en un contrato legal desde el primer segundo, en España la palabra empeñada ha tenido históricamente un peso casi sagrado.
Desde hace siglos, la sociedad española ha estado muy vinculada a los conceptos de honor y honra (muy visibles en la literatura del Siglo de Oro, como podemos apreciar en las obras de Lope de Vega o Calderón de la Barca). Desdecirse de lo manifestado anteriormente equivalía a perder el honor. Si un individuo rompía su promesa, no solo caía en desgracia él, sino que arrastraba el nombre y la reputación de toda su familia.
Hasta hace no muchas décadas (y todavía hoy en el ámbito rural, agrícola o ganadero), los grandes tratos se cerraban con un simple apretón de manos: Mi palabra va a misa. Esta frase popular reflejaba que lo prometido era inamovible. Cumplir con lo pactado verbalmente era (y es) sinónimo de ser una persona «de fiar», un atributo sumamente cotizado en la sociedad porque no es lo habitual.
Aunque la modernización, la burocracia y la legislación actual exigen contratos escritos para casi todo (en las transacciones inmobiliarias y registrales, por ejemplo, deben pasar por Notaría), el valor de la palabra sigue operando con fuerza en la vida cotidiana:
En los negocios: un acuerdo verbal al inicio en España suele ser el compromiso real; el “papeleo” posterior a veces se ve como un mero trámite formal. Romper ese acuerdo antes de firmar el contrato estropea la relación de confianza de forma casi irreversible.
En las relaciones personales: la lealtad a los amigos y a la familia es ciega. Decir «te doy mi palabra» es el compromiso definitivo.
Sevilla mantiene un monumento a esa palabra dada, desconocido para muchos aunque seguro que han pasado a su lado en multitud de ocasiones. Les hablo de la Cruz del Juramento, junto a la fachada lateral del Archivo de Indias que da a la catedral. Discreta para quien pasa de prisa. Poderosa para quien se detiene. Fue diseñada en 1609 por Miguel de Zumárraga.
Durante siglos, este lugar fue testigo de acuerdos sellados en la Lonja sin documentos extensos ni firmas notariales. Bastaba la palabra dada, tan solo un apretón de manos. Aquel compromiso convertía el gesto en contrato moral. No era ingenuidad, era un sistema de confianza social donde la reputación valía más que cualquier cláusula escrita, y no hacía necesaria la intervención del bróker anglosajón, ese personaje que rompía (de to broke, romper) los contenedores en el puerto para verificar la mercancía que contenían.
La Cruz no era solo un símbolo religioso, sino también una referencia ética, un recordatorio silencioso de que la palabra tenía fuerza. Ha visto pasar monarquías, revoluciones, repúblicas, cambios sociales radicales, ha sobrevivido a la erosión del tiempo y a la pérdida de la confianza en los negocios, recordándonos que la historia no solo se escribe con grandes gestas, sino también con la palabra dada entre dos personas frente a un símbolo que atraviesa los siglos.
Observarla produce una extraña sensación, mezcla de nostalgia, por un tiempo que ya quedó atrás, y de esperanza, porque su presencia recuerda que ese valor no ha desaparecido del todo. Aunque los tiempos cambien y los abogados dominen el terreno legal, ser una persona de palabra sigue siendo aún hoy uno de los mayores elogios que se le pueden hacer a alguien en España.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Buenos días D. Alberto
Excelente artículo, ya tenía constancia de dicha publicación, ya que, mi padre, al cual hace referencia en lo de compañero de entidad financiera, me habló de su llamada y del interés que tenía en publicar aquella anécdota, siendo el protagonista mi querido abuelo.
Muchas gracias y es un verdadero placer.
Un saludo.