Trump viene a liderar la mayor economía del mundo, con un PIB casi un 30% superior al del gigante chino, en un momento de fortaleza económica que nadie pronosticaba. Todos los centros de estudios económicos mundiales vienen prediciendo desde hace tiempo un enfriamiento de la economía americana, que sin embargo no para de crecer sin presentar síntomas de fatiga. Una economía cimentada en el consumo interno, con un crecimiento sostenido por el gasto de las familias, fortalecido por el mercado laboral en permanente desarrollo, que gracias a su flexibilidad aporta ingresos disponibles a las primeras y alimenta la curva alcista. Al contrario de lo que pasó en Europa, los americanos inyectaron con rapidez y eficacia billones de dólares en su economía tras la pandemia, por lo que consiguieron muy eficazmente, sostener su crecimiento hasta nuestros días.
Mientras tanto, la abrumadora burocracia y la a todas luces excesiva ideologización de la economía del viejo continente, no han sido capaces de relanzarla sino todo lo contrario. La nueva economía verde, pactada entre socialistas y populares europeos, solo ha conseguido batir récords de endeudamiento para todos los ciudadanos de la unión. Mientras, la inflación arruina a las clases medias y sus economías a duras penas intentan recuperar las cifras prepandemia.
En este contexto geopolítico llega Trump al poder avalado por un resultado electoral inapelable. Este ha generado una enorme ilusión en el pueblo americano y una equiparable incertidumbre en los mercados europeos. A von der Leyen y sus socios no les hace ninguna gracia que el gobierno de Estados Unidos esté en manos de un detractor de la religión climática, que además no es de izquierdas como todos ellos. Y que para cerrar su círculo satánico, promete poner la economía de su país en la primera línea de sus prioridades.
Las líneas planteadas por el presidente in péctore no son ninguna incógnita. Durante su campaña ha apostado por una política fiscal expansiva, lo que en cristiano quiere decir bajarles los impuestos a los ciudadanos. Pretende prorrogar las rebajas del IRPF designadas hasta 2025, eliminar este de las propinas o suprimir los impuestos a los ciudadanos que vivan en el extranjero. Pero algo que realmente puede hacer crecer la economía es la reducción del impuesto de sociedades a las empresas, del 21% al 15%. En Europa, profundos amantes de esquilmar a impuestos a sus ciudadanos, al más puro estilo socialista, seguramente lo denominarán Dumping Fiscal, pero el resultado será el rápido incremento del tejido empresarial. Lo que implicará automáticamente el crecimiento del empleo, el aumento de la renta disponible en las familias y el fortalecimiento, aún más, de su economía.
El segundo pilar es las políticas proteccionistas, lo que significa subirle los impuestos a los extranjeros que quieran vender en su país. De esta forma, lo primero que consigue es proteger a sus productores, ya que, al no tener esos impuestos, estos pueden vender más barato. Pero además, incrementa la recaudación fiscal de los bienes que no se producen en el país y que es necesario importar en cualquier caso. Para esto propone implantar un arancel universal de entre el 10% y el 20%. Lo que es una barbaridad para los exportadores externos, ya que les dispara los costes de sus productos antes de llegar al mercado. Por otra parte, plantea un arancel especial a todas las importaciones chinas del 60%. Esto que en principio parece que puede romper el mercado no es para tanto. Desde hace unos años, los productores chinos están introduciendo sus productos en EEUU a través de otros países asiáticos como Vietnam, que han disparado sus exportaciones. Si ven cualquier grafico de balanzas comerciales que recoja los últimos 10 años, se aprecia el trasvase de exportaciones de China a otros países asiáticos, en la misma proporción que de estos a Estados Unidos. Esto dejaría a China y Europa como las economías más expuestas a las nuevas políticas arancelarias americanas, pero como ya hemos visto, China lo tiene resuelto. Veremos como respondemos de este lado del Atlántico, pero ya les adelanto que será tarde y mal. Lo que provocará un mayor freno a nuestras economías, un incremento de los índices de paro y por supuesto, la receta mágica de los socialistas y populares que gobiernan Europa al alimón, mayores impuestos.
Para culminar la faena, Trump propone la eliminación de todas las ayudas a la transición energética, que por cierto, tanto daño están haciendo a la economía europea. Pero es que el muy villano pretende alcanzar la autonomía energética. E incluso se atreve a anunciar la promoción de la producción nacional de petróleo. Sin ninguna duda este presidente está condenado al infierno, al menos en toda la prensa europea. No verán a tertulianos en ningún medio de comunicación, alabando a Trump ni a sus políticas, pero sus ciudadanos seguirán siendo objeto de deseo para todos los hosteleros de Europa. Es lo que nos queda, economías aviesas del turista americano gastando dólares manchados de chapapote. Mientras en Europa seguimos apostando por la revolución de la economía verde, los más listos de la clase se ponen las pilas y los cuernos de búfalo y empujan sus economías como si no hubiera un mañana. Así que más nos vale dejarnos de tonterías climáticas, ODSs y agendas 2030, que el mañana ya ha llegado y se nos ha comido la tostada.




