Hubo un tiempo en que viajar consistía en irse de un sitio y llegar a otro. Ahora consiste en plantarse. Uno ya no viaja: coloniza. Y para eso ha nacido el tonto de la camper, una especie nueva, mitad explorador de Instagram y mitad repartidor de paquetería con colchoneta, hornillo y nevera de «porespán».
La costa está llena. Acantilados, paseos marítimos, descampados, urbanizaciones, cunetas y hasta la poca sombra que dejan los chiringuitos. Donde antes había una vista al mar, ahora hay una Fiat Ducato con una tabla de surf amarrada al techo y tres pares de calzoncillos secándose en el retrovisor. Todo muy natural. Muy salvaje. Muy National Geographic, pero con olor a sobaco.
Llegan a todas partes con esa superioridad moral de quien cree que dormir dentro de una furgoneta lo convierte en Thoreau, aunque lleve microondas, cafetera italiana, tres baterías de litio y conexión a Internet por satélite. Se retiran del mundo, pero con cobertura 5G, porque una cosa es huir de la civilización y otra perderse una serie de Netflix.
La camper grande, al menos, disimula. Lleva claraboya, ducha, depósitos, paneles solares y una pegatina que dice «Home is where you park it», que viene a significar que su hogar está exactamente donde más estorbe. No paga hotel, no reserva mesa, no contrata limpiadora ni deja propina. Consume paisaje, ocupa aparcamiento y genera una bolsita misteriosa que, al amanecer, aparece detrás de una adelfa como una ofrenda a la madre naturaleza.
Pero luego está la camper pobre, que es todavía más genuina. Una furgoneta de reparto jubilada, con el rótulo medio borrado de «Frutas Manolo», un colchón de espuma, una nevera de corcho con hielo y una cortina confeccionada con una bandera tibetana. Allí vive un tipo que se llama a sí mismo nómada digital porque manda dos correos desde el móvil y pregunta la contraseña del wifi en el chiringuito. Después se ducha con una garrafa junto al contenedor amarillo, que es una experiencia espiritual de primer orden.
Aparca en cualquier calle, abre las puertas y saca dos sillas, una mesa plegable, el perro, la bicicleta, la tabla de surf y media vida conyugal. En cinco minutos ha convertido una plaza pública en su parcela privada. Y si alguien protesta, lo mira con ternura y condescendencia. Usted no entiende la libertad. Usted está atrapado en el sistema porque paga impuestos, reserva alojamientos y utiliza cuartos de baño.
Todo ello con la serenidad de quien confunde la naturaleza con un área de servicio sin vigilancia, sin factura y sin señora de la limpieza.
Claro que entendemos la libertad. La libertad consiste en ir donde a uno le dé la gana, como un pájaro silvestre. Lo que no consiste es en dejar allí la porquería.
Eso no es libertad.
Eso es ser una gaviota con furgoneta.





