Resulta ya cansino comprobar que hay una reducida estirpe de imbéciles también entre los sanitarios que en mitad de una pandemia colosal saca tiempo para ejercitarse en el innoble ejercicio del Tik-Tok idiotizado que perrea y coreografía su inanidad y su insustancia.
No digo que le estén robando el tiempo o desatiendan con ello sus quehaceres naturales, porque no quisiera imaginar que practican o realizan sus ensayos de baile durante las horas laborables, pero en esta era que nos ha tocado vivir (y morir), donde la imagen de marca es asunto tan esencial como la enjundia misma de las cosas, me parece impresentable que degraden hasta ese punto la importancia y la seriedad de la labor que desarrollan.
Como la idiotez es enfermedad casi tan contagiosa como el coronavirus mismo, creo que ha llegado ya la hora de que las autoridades sanitarias y cada dirección/gerencia de los hospitales adopte las medidas oportunas y recomiende a los suyos que dejen de transgredir las normas básicas de comportamiento responsable, aunque sólo fuese por no degradar la marca de un sistema sanitario de indudable calidad que sufre no sólo las consecuencias de la nefasta política del ministro del ramo y del gobierno, sino ahora también la ñoña actitud de ciertos profesionales que se diría que no han cruzado aún la pubertad.
A este paso, me temo, veremos algún día a una brigada de policías antidisturbios coreografiando a Maluma o a Jennifer López en mitad de una manifa convocada por Rufián mientras arde Vía Layetana.
En realidad, ese día no está lejos con Marlaska, tan aficionado a las cabalgatas circenses del orgullo, pues recuérdese que en mitad de aquella catástrofe de incendios y de lanzamiento de piedras en las calles de Barcelona, se demoró cinco largos días de sesudas reflexiones ministeriales comiendo hamburguesas antes de tomar la decisión de sacar a la calle un arma de destrucción masiva para combatir a los malos, que consistía en una ‘fragoneta’ con un cañón de agua, comprada de segunda mano a los israelíes y mantenida en un garaje sin uso durante 25 años, con la orden de ser usada sólo para apagar fogatas de camping y barbacoas. El bidé de mi cuarto de baño, comprobamos, tenía más presión q aquel cacharro, pues a veces hasta me salpica el suelo.
Abruma tanto exceso de pretendida proporcionalidad a la hora de establecer protocolos y de exigir una actitud responsable a la altura de la gravedad de la situación que estamos viviendo. No se puede compaginar la exigencia de un comportamiento riguroso y responsable entre la población (especialmente entre los jóvenes) y que los héroes de la primera línea contra el virus merodeen con publicidad la frívola actitud de las botellonas en un área hospitalaria rodeada por la moribundia, el drama o la tragedia.
No sólo sufre la marca misma de nuestro sistema sanitario, sino también el resto de profesionales que en silencio, con un esfuerzo y una profesionalidad fuera de lo común, llevan meses soportando una presión indecible, con un justificado temor por la falta de elementos de protección y con un chorreo de desgracia y muerte que en algunos momentos colapsó las morgues y hasta los servicios de las funerarias.
Este país parece estar perdiendo la mínima decencia que conservaba, sin que sepamos señalar todas las causas que lo hacen posible, pues son muchas y variadas. Pero esos médicos y enfermeras no debieran añadir más leña a este fuego deplorable que nos retrata y nos abrasa en una combustión indecente de manipulaciones y mentiras, mientras cuatro falsarios, liberados sindicales, aprovechan el fuego que los suyos han originado para rotar por las televisiones como los moros de Queipo de Llano y derribar la dignidad de un servicio público esencial diciendo defenderlo…, pero sólo si gobiernan los suyos.
O sea, que mientras esos subnormales ensayan el baile de «Los Pajaritos», la ubicua militante Flor Violeta Espejo les toma la delantera con sus proclamas marxistoides y los utiliza para asaltar los palacios de invierno a las órdenes directas de los Echeniques y Errejones, quienes a la postre son grandes responsables de la debacle desde antes del 8-M.
Déjense de bailes y canciones, porque la canción que suena por los altavoces de España es muy triste y la danza es macabra.
He dicho.





