La señorita Julia estaba aturdida de tanto buscar el tarro de mermelada de albaricoque que había desaparecido la noche anterior de la alacena. Gran aficionada al cine como era, aquella situación le recordaba una de las primeras escenas de aquella obra maestra (una de tantas de su director de cine favorito, Howard Hawks) que en España, erróneamente traducida literalmente del título original, se llamó Bola de Fuego, cuya traducción más fidedigna del original Ball of fire hubiera sido Torbellino, o algo así… era esa escena en que el ama de llaves inquiere a los ocho despistados sabios liderados por el guapísimo Gary Cooper, para los que trabaja y a los que, podríamos decir, pastorea, que están elaborando una enciclopedia, sobre el robo de una mermelada de frutillas desaparecida de su despensa y que ha encontrado en un estante tras «La decadencia del Imperio Romano»…
Tenía plena seguridad que el o la culpable del latrocinio había sido uno de los dos hijos mayores de la familia con la que trabajaba desde hacía poco tiempo, pero esperaba que ellos mismos lo confesaran, aunque cada vez tenía menos esperanza en ello.
No quería presionarlos ni culparlos públicamente porque le producía una profunda tristeza la situación por la que habían pasado hacía apenas unos pocos meses.
La familia tenía seis miembros hasta el verano anterior, pero el pequeño Ricardito se había ido, inesperadamente y sin anunciarlo, en julio. Tan frágil como era, una insuficiencia pulmonar se lo había llevado, según su madre solía decir, sin hacer ruido, como vivió.
La señorita Julia apenas lo había conocido, acababa de llegar a la casa cuando falleció, pero fue testigo del dolor y la pena de toda la familia por la muerte de aquel ángel.
La pequeña Diana parecía no enterarse mucho, aunque si se le preguntaba decía “Ricardito está en el cielo”.
Como acostumbra a suceder, era en Navidad cuando más volvían los recuerdos de los que ya no estaban. Y así, también los del pequeño y frágil Ricardito. A todos en la casa, aunque no lo dijeran, les acudían imágenes de otras Navidades, de fotografías en las que estaban todos, o los cuatro niños juntos, bajo el árbol de Navidad o junto al Belén, en aquellas fotos que hacían cada año para enviarla a familia y amigos a modo de felicitación navideña… Pero la familia seguía adelante e intentaban celebrar con la misma alegría aquellas fiestas que a todos tanto gustaban.
Días antes habían decorado entre todos las habitaciones y erigido en el salón el árbol de Navidad, colgando de el las guirnaldas y los adornos que habían ido acumulando a través de los años, muchos de ellos comprados en los sitios donde habían viajado Navidad tras Navidad. Todos ayudaron para ello, para todo, salvo para colocar las luces en el árbol. Eso lo hizo, como siempre, el padre, cuando ya estaba repleto de adornos en todas y cada una de sus ramas.
Por su parte, la madre era la encargada de poner el nacimiento, un belén que todos los años, con cariño y primorosamente, se esmeraba en mejorar con nuevas figuritas, un riachuelo que corría o un nuevo huertecito con tomates o zanahorias.
Toda esta tradición del adorno de la casa para la Navidad entusiasmaba a los niños, pero, sobre todo, a la pequeña Diana que, semanas antes de Nochebuena, ya preguntaba, una y otra vez, ¿cuando vamos a decorar la casa para Navidad?… con todo, lo que más excitaba a la niña era cuando su madre llenaba las bandejas de dulces navideños y las colocaba estratégicamente en la mesa y en otros lugares del salón. La simple visión de todos esos dulces riquísimos en bandejas y cajas preciosas con motivos navideños la excitaba y la volvía loca de alegría. Ni que decir tiene que Diana era muy golosa. También lo era el pobre Ricardito. Aunque el no podía masticar y tragaba con dificultad, le ponían chocolate en los labios y se relamía de gusto. Diana sabía que a Ricardito también le gustaba mucho esa mermelada de albaricoque que la señorita Julia traía de su pueblo y que ella, Diana, le ponía de vez en cuando, a escondidas, en los labios al pequeño. A escondidas porque a la madre le daba miedo que Diana se acercara al pequeño, no se fuera a caer encima y le hiciera daño, tan frágil e indefenso como era. Pero aún así, cuando no la veían, Diana cogía un poco de esa deliciosa mermelada con un dedo y se la ponía en los labios. Al instante el pequeño sacaba la lengüita y sonreía al notar el dulce sabor.
Por eso había cogido el día anterior el tarro de mermelada que la señorita Julia había traído y que aún estaba sin abrir. Tenía la intención de dejarlo debajo del árbol el día de Reyes como regalo para su hermanito. Pero no se lo diría a nadie. Era un secreto entre Ricardito y ella. Igual que cuando, a escondidas, le hacía llegar a los labios ese delicioso néctar y él le pagaba con su angelical sonrisa.
Los días de la Navidad fueron pasando, entre luces, dulces, reuniones familiares… Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año nuevo… y llegó el día cinco de enero, todos se prepararon para ir a ver la cabalgata de Reyes, la madre puso guapos a los niños y los padres se vistieron elegantemente. Era un día de ilusión y alegría que había que disfrutar todos juntos… bueno, no todos, faltaba uno, pero siempre estaría con ellos en espíritu.
Los tres niños, la mayor, Gloria, el niño, Álvaro y la pequeña Diana, fueros con sus padres, antes que nada, a comprar el roscón de Reyes, uno para la abuela Matilde y otro, el más grande, para ellos. Después se dirigieron al lugar donde siempre, desde hacia años, veían el Real Cortejo.
Una tras otra las carrozas fueron pasando ante los ojos ilusionados y brillantes de los niños, que se afanaban, junto a sus padres, en intentar coger el mayor número posible de caramelos y chucherías que desde ellas lanzaban los pajes y demás personajes, incluidos los propios Reyes Magos.
Cansados e impacientes por la llegada del momento de irse por fin a la cama para dormir y despertar al día siguiente para ver los regalos y juguetes que hubieran dejado sus Majestades bajo el árbol de Navidad, apenas pudieron aguantar el tiempo de cenar antes de llegar a la casa.
Pero ya sí, ya se iban a dormir excitados y nerviosos. Sobre todo Diana, porque sabía que ella no se podía dormir hasta que no se retiraran sus padres, para así poder dejar el tarro de mermelada de albaricoque que tanto gustaba a Ricardito bajo el árbol, sin que nadie se enterase.
Pero no era tan fácil… desde su cama oía ruidos y murmullos sin cesar que provenían del salón, aquello duraba ya demasiado, ¿por qué no se iban ya sus padres a dormir?, ¿que estaban haciendo tanto rato?
Al final, no pudo aguantar más el sueño y cayo dormida.…
Al cabo, despertó. No sabía cuanto tiempo había pasado cuando abrió los ojos y vio, sobresaltada, que aún era de noche, pues no pasaba la luz a través de las persianas de su ventana, y ya no se oía ruido en el salón.
Se levantó silenciosamente y se agachó para coger debajo de la cama una caja en cuyo interior había escondido el tarro de la deliciosa mermelada. Había tenido que cambiarlo varias veces de escondite por miedo a que la señorita Julia lo encontrara. Lo agarró con cuidado y, de puntillas, abrió la puerta de la habitación y avanzó despacio para que no se le cayera el bote.
Cuando llegó al salón no podía creer lo que vio: debajo del árbol había un montón de regalos, seguramente los que habían puesto en la carta a los Reyes Magos, o al menos había muchos paquetes bellamente envueltos con preciosos papeles de colores, por toda la habitación había regalos, juguetes, libros, seguramente para su padre. Los Reyes Magos ya habían pasado por su casa….
Diana tuvo que aguantarse las ganas de abrir uno a uno los paquetes que llevaban su nombre, no podía abrirlos hasta que no se despertara toda la familia, así que colocó el tarro de mermelada de albaricoque junto al árbol con un cartelito diminuto que ella misma había escrito con su torpe letra y que ponía “para Ricardito”, y se dispuso a ir de nuevo a la cama, deslumbrada por todo lo que acababa de ver. Pero… se resistía a dejar de contemplar aquella belleza. El salón tan bonito lleno de regalos, el árbol encendido, las luces brillando en la noche, el belén al lado… allí habían estado, seguramente poco antes que ella, los mismísimos Reyes Magos, y ella era la primera en verlo todo…. emocionada y excitada le venció el sueño de nuevo tendida junto al árbol.
Unas horas más tarde, Álvaro, siempre el primero en despertar, corría a levantar a su hermana mayor y a sus padres.
– ¡LEVANTAOS, LEVANTAOS, YA DEBEN HABER VENIDO LOS REYES!
Así, que tanto los padres como los dos niños se levantaron y fueron a la habitación de Diana a despertarla, pero ella no estaba en su cama. Tendida junto al árbol dormía profundamente desde que cayo rendida tras su asombroso descubrimiento.
– ¡DIANA, DIANA, DESPIERTA, QUE HAN VENIDO LOS REYES!, gritó su hermano mientras se abalanzaba sobre los paquetes de regalos para descubrir cuales llevaban su nombre.
– PERO, ¿QUÉ HACES AQUÍ DIANA?, ¿¡POR QUÉ NO ESTABAS EN TU CAMA?! , exclamó nerviosa su madre.
Diana se incorporó un poco desorientada, ¿qué había pasado?, ¿lo había soñado todo o en verdad había visto ella antes que nadie los regalos que los Reyes Magos habían dejado en su casa? De pronto, recordó. El tarro de mermelada, su descubrimiento, su asombro… ¿Ricardito se habría dado cuenta de que había un tarro de esa mermelada que tanto le gustaba bajo el árbol?
Ahora su mirada coincidió con la de sus padres y sus dos hermanos que, asombrados, habían descubierto que bajo el árbol había un tarro de mermelada, sí, ese que llevaba varios días buscando la señorita Julia.
Estaba abierto, la bonita tapa de cuadritos rojos y blancos reposaba en el suelo, algunas gotas de mermelada habían caído y otras resbalaban por los bordes del tarro, y, por supuesto, faltaban de su contenido varias cucharadas de la deliciosa mermelada de albaricoque.
Todos se miraron asombrados e incrédulos, todos salvo Diana.
Ella tan solo sonrió y, mirando a sus padres primero, y luego de nuevo al tarro de mermelada, dijo bajito:
– ME ALEGRO QUE TE HAYA GUSTADO, RICARDITO, FELIZ DÍA DE REYES.
Aún no había mirado si había paquetes con su nombre.





