No se deje engañar por el día de colores invernales. Es el día donde se despierta a la primavera ese niño que llevamos dentro. Es el día en el que nos reencontramos con él; con la cara resplandeciente, repeinado, estrenando zapatos, deseoso de ver al primer nazareno de un blanco tan deslumbrante como la sonrisa de aquel infante.
Es el día de manos agarradas a la de los padres que, sin saberlo, sumergen a sus hijos en la más estética rebelión: la de conservar la tradición.
Es el día de los olores inolvidables. El de las túnicas recién planchadas aguardando, pacientes, sobre la cama: paciencia de madres y abuelas. Benditas ellas, que guardan con sus ritos, casi ancestrales, el grial cristiano y cofrade.
¡Cómo me hueles a miel desde dulces escaparates! ¡Cómo me hueles a incienso, con sus retales de humo cortejándote las calles! ¡Cómo me hueles a gloria de las ánforas de tus palios! ¡Cómo me hueles a nevado de azahar naranjo! ¡Cómo me hueles a sensaciones de antaño!
Es el día de los sonidos capaces de hacernos tiritar el alma.
¡Tirítame, alma mía, que solo en este día oirás como ningún otro repicar las campanas con solemne algarabía! ¡Tirítame, fe mía, al golpe seco del llamador de la primera cofradía! ¡Tirítame, corazón mío, cuando crujan los goznes de las puertas de la parroquia y dejen asomarse a la primera Cruz de Guía! ¡Tirítame, sangre, cuando corras a raudales al oír las cornetas rezando su melodía! ¡Tirítame, alma mía!
Es el día de las bullas. ¡Cómo se arría Sevilla! Más quisiera el Guadalquivir, con cualquiera de sus crecidas, haber inundado las calles de este vergel de devociones como el desbocado caudal humano. Más quisieras, Guadalquivir, mojar Sevilla como lo hacen sus emociones.
Es el día de los nervios cumplidos. El día de los más bellos deseos: de la Paz, del Silencio, del Amor… Suéñelo.
Imagínelo. Hoy es Domingo de Ramos, sí. O mejor: vívalo.





