Edward Bernays, sobrino de Freud, fue un publicista estadounidense del siglo pasado a quien se le considera el primero en desarrollar la idea de asesor profesional de relaciones públicas, y pionero en la manipulación del inconsciente a través de la propaganda, pues aplicó los principios del psicoanálisis para conseguir dicho objetivo.
Un ejemplo relacionado con esta actividad, de la que todos podemos ser víctimas, fue la campaña orquestada por la agencia publicitaria Ogilvy & Mather para su cliente British Petroleum (BP), la empresa más contaminante de los Estados Unidos y segunda petrolera más grande del mundo. El encargo: convencernos de que el calentamiento global no es culpa de las petroleras sino nuestra, a través de la expresión ‘huella de carbono personal’. En 2004, cambió el logotipo de la empresa por una flor tipo girasol, introdujo en todos sus documentos y mensajes el eslogan “somos una empresa energética verde que va más allá del petróleo”, y diseñó la calculadora de huella de carbono como parte de esta estrategia, una herramienta que permitía a través de una web que las personas evaluasen el impacto ambiental ocasionado por su modo de transporte, pero que ignoraba el originado en todas las cadenas de producción.
Fue tal el éxito que la expresión ‘huella de carbono’ (carbon footprint, en inglés) fue nombrada palabra del año en Oxford, y la campaña consiguió que todo el mundo se sintiera culpable (excepto los negacionistas climáticos), cuando realmente solo 100 grandes empresas privadas y estatales son responsables del 71 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero en el mundo desde 1988 (fuente: Base de Datos de Grandes Emisores). Como nuestra mente asocia el término ‘calculadora’ a las matemáticas (ciencia exacta), ¡no cabía discusión!
Tampoco somos muchas veces conscientes de cómo se nos impone el dogmatismo de lo que nuestro científico, e intelectual humanista, Gregorio Marañón llamaba el ‘cientificismo’, a saber: la fe excesiva en todo lo que viene de la ciencia, así como el manejo intencionado de todo lo que no lo es, para pasar por hombre de ciencia y aprovechar indebidamente la prerrogativa que este título supone para la gente corriente.
Hoy podemos ver cómo charlatanes y pícaros medioletrados, se encargan de propalar a través de todos los medios a su alcance una serie de afirmaciones con carácter de dogma, que impiden cualquier debate so pena de ser acusado de negacionista, facha, conspiranoico u otras lindezas que invitan a guardar silencio, dogmas de obligado cumplimiento que nadie puede denunciar, que nadie puede ni siquiera discutir, si no desea convertirse en un réprobo.
En el ámbito universitario, los celebérrimos papers, artículos publicados en revistas científicas de impacto, ayudan a encaramarse a sus autores en las primeras posiciones del escalafón científico, cuando algunos son “refritos aliñados” por la Inteligencia Artificial o productos de macrogranjas de papers: un informe elaborado por la revista científica PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences) advierte de la existencia de redes perfectamente organizadas que producen ‘investigaciones’ a gran escala, e identifica 32.700 ‘estudios’ fraudulentos publicados entre 2016 y 2020.
En nuestro país vemos cómo aparece la expresión cambio climático en boca de gobernantes para cubrir una gestión deficiente en la DANA de Valencia del año pasado o en los incendios de Castilla León, Galicia y Extremadura de este verano, sin mencionar la falta de medidas de prevención o la actuación criminal de pirómanos. Para hablarnos del calor, exhiben en los telediarios mapas dantescos de España, con una escala cromática que evoluciona desde el bermellón al más cárdeno granate, aconsejándonos caminar por la sombra y beber mucha agua como si fuéramos niños.
Nos instilan el pánico a un Apocalipsis climático inventado, en un experimento de biopolítica sin precedentes, cuando la realidad es que, en palabras de Unamuno, apenas sospechamos el mar desconocido que se extiende por todas partes en torno al islote de la ciencia, un mar que crece y se ensancha en la medida en que ascendemos por la montaña que corona el islote.
La ciencia meteorológica seria está aún en pañales. Solo sabemos que nunca ha habido un clima estable sobre la faz de la Tierra; que el clima siempre ha estado variando; que vivimos en una era interglaciar que lleva durando más de diez mil años, y poco más. Que los falsos apóstoles de la religión climática dejen de aprovechar las catástrofes que nos abaten, y los gobernantes adopten las medidas oportunas para evitar, en lo posible, que estas se repitan.






1 Comment
Felicito la sensatez de Alberto Tobaja frente al «psicologista conductismo yanqui psicoanalítico» explicador del concepto de «Cambio climático».
El clima siempre ha variado, pero mucho más ha variado la cientificista interpretación biopolítica experimental.
Cordial saludo al autor.