Todos hemos escuchado en más de una ocasión la palabra síndrome, que en su acepción clínica viene a decirnos que se trata de un conjunto de síntomas característicos de una enfermedad o un estado determinado, y en su uso común se asocia a una situación negativa. Me ha hecho reflexionar un reciente artículo de Enrique Rojas, quien ha descrito certeramente en qué consiste el síndrome Simón, acrónimo de soltero, inmaduro en un plano afectivo, materialista, obsesionado con el trabajo profesional y narcisista.
Es curioso que solo se dé en hombres, en torno a los treinta y tantos años; que evita el contraer un compromiso estable con la persona a la que quiere (vamos, que de casarse ni hablar); que no ha madurado en lo afectivo, bien por no haber encontrado a quien quiera compartir la vida con él o porque la rechaza por no ser perfecta; que se centra en lo material (el sueldo, el sexo de aquí te pillo, aquí te mato, o el desahogo con la pornografía); que adora su trabajo como el único dios que le da sentido a su vida, y donde encuentra la excusa perfecta para su individualismo, y, por último, y no por ello menos importante, por su marcado narcisismo.
En efecto, estamos ante hombres que se sienten “revalorizados” (solteros de oro), ansiados por mujeres deseosas de ser madres, esperando que llegue la mejor oferta (“porque yo lo valgo”), en ocasiones reforzados por una progenitora que no da el visto bueno a su pareja, y que ven que no hay nada como pasarlo bien, divertirse y conocer gente, pero con un miedo atroz a vincularse a una mujer en matrimonio civil o, mucho menos, eclesiástico, con temor a perder ese envidiable estatus de “libertad”.
Inmaduros en lo afectivo, ya sean titulados universitarios o solo con la ESO, cuyo comportamiento no casa con su edad cronológica, que aún no han diseñado un proyecto de vida coherente (como si el reloj se les hubiera parado a los treinta años), que no han sabido superar las heridas que les ocasiona la propia vida y que deberían curtirnos y prepararnos para los acontecimientos que esta nos depara. Es fácil observar cómo se ha producido una cierta socialización de la inmadurez sentimental en el hombre, y es triste contemplar cómo las parejas se deshacen, hasta el punto de hablar de una epidemia de separaciones y divorcios, por motivos que podrían haberse superado con un mínimo de diálogo y una mutua dosis de perdón.
Materialista en lo económico, desecha todo aquello que no le reporte un beneficio tangible como puede ser la cultura y la espiritualidad. Rara vez los veremos leyendo una obra literaria, en una conferencia o asistiendo a una celebración litúrgica que no sea una boda, un bautizo o un entierro. “Tanto tienes, tanto vales”, y para satisfacer las necesidades sexuales saben buscar una chica en lugares apropiados, acuden a un lupanar o consumen pornografía…
Obsesionados con el trabajo profesional, en la falsa creencia de que el trabajo y las aficiones completan por sí solas al ser humano, viven en un continuo “no tengo tiempo”, cayendo en una adicción al trabajo que los ingleses llaman workaholic, y que es otra de las epidemias de nuestros días. El afán de alcanzar un alto nivel de vida con una elevada retribución, primero para que los hagan fijos en la empresa, después por ascender y satisfacer necesidades de estatus, luego por alcanzar una jefatura al coste que sea, hacen que se quede a un lado esa olvidada calidad de vida tan necesaria para la salud mental.
Estamos ante un hombre narcisista, ególatra (piensa que el mundo gira a su alrededor, se sobreestima hasta el punto de creerse imprescindible), manifiesta verbalmente un irritante complejo de superioridad que le hace caer en la pedantería, va buscando el reconocimiento de los demás cada vez que manifiesta su opinión, exige una admiración que nos resulta excesiva y podemos oír como “yo” es la palabra que más veces sale de sus labios. Se produce una asimetría entre la imagen que tienen los demás de él, y la que tiene él de sí mismo, porque no parece darse cuenta de que esa falta de empatía y esa altivez producen rechazo en los otros, por su vanidad y su arrogancia, que son sus señas de identidad.
Quizás se hayan preguntado por qué no incluyo a las mujeres en este síndrome. Pues porque para una mujer la maternidad no supone lo mismo que para un hombre la paternidad. Este tipo de individuos la ve más como una carga que como una gratificación afectiva. Ellos se lo pierden. Solo se vive una vez. La capacidad para comprometerse es madurez emocional, y solo quien es libre es capaz de asumir un compromiso.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





