Una moda de esta modernidad cultural que nos invade es la de dedicar una fecha especial a cada cuestión. Tenemos en el calendario de la corrección político-social desde el inevitable día del orgullo homosexual hasta la jornada de la croqueta. Perros y gatos también tienen efeméride. Incluso el agua o los árboles disfrutan de una distinción en el almanaque, como el orgullo friki, la hipertensión o el orgasmo femenino, que se celebra el 8 de agosto; no me pregunten por qué ni cómo.
Curiosamente, el 21 de marzo, equinoccio de primavera o de otoño según el hemisferio, se celebra el día de la poesía y del síndrome de Down, valga la redundancia. Y digo curiosamente porque pocas cosas despiertan más la ternura de las personas sensibles que la sutil cadencia de las sílabas de un verso o la sonrisa natural y sincera de los seres tocados por la diferencia de poseer un cromosoma de más. Humanos distintos, como los que tienen el contraste en el color de la piel, en el idioma o en el pensamiento. Pero también especiales, porque su distinción, calificada de discapacidad por los capaces de fabricar bombas termonucleares o campos de concentración con cámaras de gas donde eliminar eficazmente a millones de seres humanos, hace necesaria nuestra ayuda para que puedan desarrollarse adecuadamente en este mundo creado por y para los carentes de un cromosoma.
La propuesta de la sociedad «inteligente» es la de suprimirlos, erradicarlos antes de nacer, ya digo que por tener una discrepancia en su código genético. De hecho, ya existen países nórdicos donde pueden presumir orgullosamente de ser totalmente bisómicos. Nosotros, en España, vamos camino de lograr semejante hazaña social, ya que el 90 % de los embarazos con posibilidad de tener síndrome de Down son abortados. El no-ven-ta por ci-en-to. Ni Himmler, en la mejor de sus pesadillas supremacistas, hubiera soñado con semejante éxito en la selección racial como el que estamos alcanzando en nuestro país.
Y eso a pesar de tener un grado de integración escolar en primaria del 80 %, lo que nos deja bien a las claras la calaña moral de quienes formamos el mundo bisómico; porque, si hay algo meridianamente diáfano, es que en un mundo trisómico, donde no cabe el odio al diferente ni existe la competitividad más que para el amor, nosotros, los capaces, los habilidosos, nunca seríamos exterminados por tener un cromosoma de menos.
Todos los testimonios de padres que conozco coinciden en lo mismo: de la natural preocupación por la llegada de un hijo diferente han pasado a la satisfacción de sentirse mejores con su presencia. Y ese, y no otro, debe ser el hecho diferencial —que dicen los cursis hoy en día— de nuestros niños bonitos con Down: la capacidad de convertir en mejores personas a los que conviven con ellos, porque en su cuidado y protección debe estar nuestra única superioridad moral.





