Un gobierno de izquierdas prefiere actuar siempre con urgencia, como en ambulancia, como empujado por las prisas o al rescate. Odia la reflexión y odia el debate, que requieren calma y tiempo, porque las contradicciones y el dogmatismo se lo impiden y no se puede permitir el equilibrio ni la mesura porque entonces se les desvelaría el truco y sus medidas carecerían de sentido.
El único objetivo de las medidas de un gobierno de izquierdas es procurar la conmoción, el choque, el impacto y la zozobra, como si en la mera imposición residiera la fuerza taumatúrgica de sus decisiones y no en la bondad de las mismas.
No se trata de convencer, sino de vencer, y de catapultar una simpleza por la vía de los hechos y de la urgencia a la categoría de una acción de comando o de lo revolucionario por la mera discrecionalidad que conceden las prisas.
Tal vez por eso es que cuando se aproxima un fin de año a los zurdos se les tiñe todo de ocasión inmejorable para adoptar decisiones, porque todo se les recubre entonces con la pátina de esa épica cobarde que huye de la prudencia y se reviste de prisa, de necesidad o como de emergencia inexcusable.
Un 28 de Diciembre de 2004, rozando el final de año, legalizaron aquel holocausto, que aún perdura, de la LIVG, con el voto favorable del PP, y en apenas estas dos últimas semanas del final de año de 2020, el gobierno de las prisas lleva el gálibo encendido anunciando la arbitrariedad y discrecionalidad que conceden las prisas y que le permite autojustificar cualquier ocurrencia de su sectarismo.
Lo mismo indulta a todo trapo a condenados por golpismo con el tubo de escape echando humo, como si se tratara de un acto revolucionario, que concede la nacionalidad a un zurdo británico por el mero hecho de pertenecer a la ominosa bancada frívola de los saltimbanquis y los lameciruelos, mientras le deniega el estatuto de asilado y refugiado político al hermano de un policía ejecutado a sangre fría por la dictadura bolivariana, cosa, esta sí, a la que está obligado el Reino de España en cumplimiento de las exigencias de todos los Tratados internacionales suscritos.
La Ley Celáa o la de Eutanasia son ejemplos de esto mismo. Aun a sabiendas de la inconstitucionalidad de mucho de lo que contienen, el Gobierno decide tramitarlas por la vía urgente, pactando enmiendas con quien haga falta y pagando cualquier precio con socios abominables, porque su autoridad se la confiere ese aire como de prisa irremediable y no la prudente conveniencia de la racionalidad.
De lo que se trata no es de solucionar problemas ni de sentar bases futuras, sino de colocarse chapas en la casaca como si se realizaran acciones de guerrilla que requirieran de la intervención imprescindible de la izquierda. Y, es más, las propias prisas justificarían cualquier error flagrante y cualquier desgracia que en el futuro cercano arrastraran las medidas adoptadas, porque lo importante no es la toma del Alcázar de Toledo, sino reventarlo por sorpresa y deconstruir España sin saber ni para qué.
Un 30 de Diciembre (de 1922), no en vano, se proclamó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, otra vez en el límite del año, porque la frontera del final de ciclo anual otorga siempre ese plus de legitimidad de la emergencia ineludible. Y en Argentina, antes de que acabe el año, el Senado aprueba a toda velocidad una Ley del aborto que Sánchez celebra en Twitter con su frivolidad inane habitual, sin temor a engrandecer ese aire de sepulturero guapo que le acompaña ya a todas partes.
Entre el macabro cambio de sepultura de Franco y la eutanasia median casi 80.000 muertos por la pandemia y aún tiene tiempo el sepulturero de saludar una ley de aborto en Argentina que sólo en España ha generado este año 100.000 fetos triturados a los que no se les concedió ni el más mínimo derecho a la vida.
Montañas de muertos a millares rodean a Sánchez, que aspira a reeditarse como el sucesor del general Miaja que vengue todas sus derrotas en los campos de batalla entre el 36 y el 39.
Por cierto, el general Miaja murió en México exiliado. ¡Corre, corre, que te pìllo!
He dicho.





