Todos los veranos visito el mismísimo paraíso. Siguiendo una costumbre que inicié de niño, cada 26 de julio, día de la Virgen del Carmen, accedo en piragua a la Punta del Boquerón, con inmensas dunas blancas y marineras, en un entorno envuelto por una belleza espectacular y salvaje, imposible de narrar.
Allí saludo a mi amiga, la antiquísima y abandonada Batería de Urrutia, sincerándome de cuanto me ha acontecido en el último año, respondiéndome ella con su silencio pétreo (piensen lo que quieran).
Con la bajamar escorada me embarco nuevamente y en un cuarto de hora mal contado echo el hierro en la dársena del Sargento del castillo del islote de Sancti Petri, en Chiclana, que viene a ser como un mosaico de los mil pueblos que lo usaron como baluarte defensivo: cámara de negocios fenicia y púnica, pozo romano, restos visigodos y árabes …
Sin faltar, por supuesto, el ángel de la guasa de Cádiz, plasmado en las letrinas … «Con una mala diarrea largué aquí lo más grande mirando a la mar, Fdo: Guardamarina José G.V., año 1843», y en la tronera de un cañón llamado «Beso de suegra» (je, je…).
Mi alma se inunda de raudales de paz. Uno siempre supo que la hermosura de aquel lugar sin parangón fue elegida por los antiguos, para encontrarse con la divinidad.
Tenía solo un puñado de abriles cuando embarqué con mi padre en el bergantín de Chano Rodríguez.
Brujuleando por el bajío Rompetimones, el anzuelo que yo había echado por popa jugando a pescar, quedó enganchado con algo.
«Jala fuerte parriba, chavá» – me alentó Chano.
Tiré con todas mis fuerzas infantiles y subí a cubierta una piedra plana, del tamaño de dos cuartas, llena de líquenes e historia, en la que aún se apreciaban las palabras «Oleum Hispanorum».
Chano demudó el color de su rostro, tornándose de amigable en grave …
«¡¡Trae pacá la piedra, niño!!»
Me la arrancó de las manos. Ante nuestro asombro se arrodilló, pidiéndole disculpas por haber interrumpido su siesta de siglos. La besó y la pasó junto a la estatuilla de la Virgen del Carmen que se alzaba en el palo de mesana.
Desoyendo a papá, que le recordó la obligación de llevarla al Museo de Cádiz, Chano la arrojó amorosamente por la borda … ¡chop!
Y preso de un miedo irracional, atávico, de una superstición propia de buen lobo de mar, le respondió que …
«Mismamente aquí, bajo nuestra barca, duermen millares de restos de los antiguos, a cuyos espíritus no conviene molestar».
Y nos habla de que todos sus compañeros de pesca que guardaron un ánfora o la más simple cerámica fenicia hallada casualmente, todos, naufragaron entre mares embravecidos. Y que la explosión del polvorín de Cádiz en 1947 se debió a que llevaron allí dos esculturas de romanos, sacadas de este lecho marino…
«Pero Chano …, más pronto que tarde saldrá a la luz este gigantesco legado histórico».
«Ezo está claro. Cuarquié día un pisha con estudios removerá el fondo. Y entonces nos iremos al garete, con los dioses antiguos con un cabreo monstruo, azuzando al mar como a una bestia salvaje para que nos devore a tós, que yo espero estar ya muertecito y enterrao, no vaya a ser que me pille ese marrón».
Parafraseando al marinero (permítanme vds) ese pisha ya ha llegao.
Ricardo Belizón se llama, y es estudiante de doctorado de Arqueología en la Universidad de Sevilla.
Su trabajo ha sido fascinante, así como el de todos sus compañeros, que le han acompañado en su convencimiento de que allí se ubicaron el templo fenicio del dios Melkart y su versión romana de Hércules.
El Abate Ponz, viajero ilustrado, ya lanzó en 1794 una inquietante pregunta desde la almena más alta del castillo: ¿quién sabe hasta dónde se extendió la tierra poblada mar adentro?
Y Belizón recogió el guante para su tesis doctoral, contrastando con detalle cartográfico y a base de jarabe de bucear y tomar muestras, que desde las faldas del islote se extendía el mítico templo de Melkart hasta 300 metros más allá, y que resultó anegado por la crecida del mar. Templo citado en textos clásicos como el lugar sagrado en el que estuvieron el genial estratega cartaginés Aníbal, encomendando a su dios su idea de clavar su espada falcata en el corazón de Roma, y el emperador Julio César, llorando amargamente por el fracaso de sus proyectos iniciales.
El buque insignia de los arcanos de Chiclana. El santo grial de los misterios de Sancti Petri, arrullado por las olas durante milenios, está diluyendo su secreto en aras de la verdad. El glorioso templo, lugar de peregrinaje en la antigüedad al nivel de la romería del Rocío, ha enseñado la patita por debajo de las aguas, dejando entrever su ubicación exacta.
Aunque los historiadores siempre se han mostrado recelosos con la leyenda del oráculo fenicio de edificar un templo al dios de sus navegantes y comerciantes, así como con la romana de utilizar sus restos para hacer valer a su todopoderoso Hércules, estas van abriéndose paso a golpe de evidencias, sustraídas a la mar por la investigación apasionante de Belizón, que sirviéndose de la potencialidad de las nuevas tecnologías ha localizado sillares sumergidos cortados en línea por el ser humano, cerámicas con invocaciones espirituales y miles de exvotos, que tanto canguelo le daban a Chano cuando se enzarzaban en sus artes de pesca.
En cualquier caso, menos mal que San Pedro llamó a Chano hace un par de años, reposando el pescador en el cementerio, el corral de los callaos de Chiclana, como él lo llamaba.
Pero un servidor no se raja. Los marineros de bien afirman que la palabra va al cielo y uno le prometió de niño a su Señora del Carmen que se pasearía, el día de su onomástica, por la Punta del Boquerón.
Esta vez iré con mi hijo Luis. A lomos de nuestras piraguas nos aventuraremos rumbo a la fortaleza del islote. La mar se abrirá delante de nuestros caretos, con olas como montañas y mostrándonos amenazante sus insondables abismos, presto a engullirnos en ellos, como emulando a Indiana Jones en el Templo Maldito. Porque los cabreados dioses Melkart y Hércules, junto a Aníbal, César, un aquelarre de brujas enjarretadas como las gaditanas cuanto te largan las verdades del barquero, y junto a las madres que los parieron a todos ellos, convocarán a un tsunami de órdago, que dejará en pañales al maremoto de Lisboa de 1755.
¿Quién dijo miedo? El buen hacer de Belizón y compañía nos ha enseñado que, aquello que muchos hemos intuido desde críos, se ha materializado en irrefutables pruebas. Y el misterio y el islote, y la Punta del Boquerón y mi amiga Batería Urrutia, son ahora, si cabe, más hermosos y más acogedores aún de lo que siempre han sido.
Enhorabuena a Ricardo Belizón y a todo su equipo. Y gracias.
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





