El titular de prensa tenía migas: “Los baby boomers habrán de vender la casa para tener pensión”. En efecto, esa nutrida cohorte de nacidos entre los años 1957 y 1977 que ya empiezan a jubilarse, pone en riesgo la supervivencia del sistema público de pensiones con todo lo que ello significa para la estabilidad económica y social de un país (1964 fue el año con más nacimientos en España).
La afirmación la realizaba nada más y nada menos que el presidente del Foro de Expertos del Instituto BBVA de Pensiones, quien presentaba un horizonte nada halagüeño y proponía el impulso de la “hipoteca inversa”, ese producto financiero especialmente diseñado para personas de la tercera edad, que consiste en convertir en dinero el valor que representa su vivienda, sin perder los derechos de titularidad.
Esta noticia me trajo a la mente uno de esos recuerdos que permanecen grabados en la memoria, y que se hacen presentes de vez en cuando, como queriendo decirte: “Esto ya te lo dijeron hace tiempo”.
Ocurrió en una de esas sesiones vespertinas que impartí en calidad de monitor de formación (interno) de la Caja de Ahorros donde prestaba mis servicios. Sitúen los lectores a quien suscribe en una sala de Constantina preparada para impartir un curso a finales de 1988, rodeado de todos los directores de las sucursales de la sierra norte sevillana. Se trataba de explicar el funcionamiento de los recién creados planes de pensiones individuales, que iban a ser comercializados en oficinas. Uno aún conservaba un poco de la pátina de profesor de Economía de donde provenía, y el auditorio lo formaban hombres (aún no había mujeres directoras por aquellas latitudes) curtidos en mil y una batallas, con una clientela rural donde importaba más el “conocimiento de la plaza” que el currículum académico (algunos no habían podido terminar el bachillerato).
Tras explicar las bondades del nuevo producto financiero recién sacado a la venta por todas las entidades financieras, que el Banco de Santander (entonces aún conservaba la preposición “de”) había popularizado con un anuncio en televisión, donde una multitud de personas se aproximaban a un tren que no querían perder (estábamos en los albores del marketing financiero), nadie se animaba a preguntar nada, entre otras cosas porque sus preocupaciones estaban más centradas en aumentar los saldos de libretas de ahorro, cuentas corrientes y préstamos, que en vender planes de pensiones, ¡un ahorro del que se no se podía disponer hasta la jubilación efectiva!
Me llamó la atención el director de la sucursal de las Navas de la Concepción, pongamos que se llamaba Miguel, hombre próximo a la jubilación, que no paraba de mover la cabeza negando las bondades de lo que les estaba exponiendo. Me quedé mirándole unos momentos y le pregunté si no estaba convencido o si no entendía algo.
“Mira, Alberto” me contestó. “En mi pueblo olvídate de colocar planes de pensiones, porque allí la gente que tiene dinero compra tierras”, a lo que le repuse que era una opción razonable, pero que no era mala idea diversificar y colocar una parte de su dinero como inversión financiera, que existía una comisión de control que vigilaba las operaciones, que las aportaciones desgravaban en el IRPF, que era el verdadero ahorro para la vejez, bla, bla, bla…
Él seguía moviendo la cabeza, y desde una profunda convicción, me espetó: “¡Que no, que el público no va a entender dónde se invierte ese dinero!”, a lo que le contesté que se materializaría en renta fija y en renta variable, pero con criterios de rentabilidad, seguridad y solvencia, que había una sociedad gestora especializada, bla, bla, bla…
Cómo último argumento y no encontrando otra forma de defender su posición, me hizo esta pregunta: “Vamos a ver, niño: si cae una bomba o bien ocurre algo que destruya esos activos financieros ¿qué pasa?”, a lo que le objeté que eran inversiones recogidas en anotaciones en cuenta de un fichero, no en títulos físicos, con sus correspondientes copias de seguridad, y ahí me soltó la traca final: “Muy bien, pero sabes lo que te digo, que si cae una bomba en el fichero ese, se destruye la información, pero si cae en una parcela de tierra, hace un agujero, pero la parcela sigue ahí”. Ante esta manifestación me quedé sin palabras, me encogí de hombros y no pude contrarrestar su argumento, porque me daba cuenta de que hablábamos en dos planos distintos: conocimientos frente a sabiduría.
Más de tres décadas después, con los tipos de interés en mínimos y el peligro que conllevan las esperadas subidas; la inflación próxima a los dos dígitos; la incertidumbre sobre la renta fija (pública y corporativa) y la variable en todos los mercados internacionales; las limitaciones de aportaciones establecidas por el actual gobierno; la gravosa fiscalidad de los rescates para los jubilados y, finalmente, las plusvalías obtenidas por aquellos que decidieron comprar parcelas de tierras y bienes inmuebles en general, no me queda otra que sonreír y acordarme de mi abuela cuando me decía aquello de “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Completamente, Alberto. El símil que utilizo nuestro compañero “Miguel”, para rebatirte con cariño su postura frente a aquella nueva opción para invertir en ese novísimo producto, no se aleja de los temores de entonces y tampoco de los de ahora, respecto a la “incertidumbre” manejada por los políticos. Todos aquellos que pusimos una “pica en Flandes”, por crear el Sistema Financero Español, nos hemos visto envueltos en una situación de “sálvese quien pueda”.
Tú hiciste por darnos formación más kilómetros que el baúl de la Piquer, y es de agradecer, porque además de que te gustaba y te gusta enseñar, nos proporcionaste naturalidad en el trato y cercanía de verdad. Hay poca gente que sepa conectar como tú lo haces, querido amigo. Un fuerte abrazo. 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻
Buenas Alberto,
Razón no te falta, añadir que todo ha cambiado mucho de entonces hasta ahora, y para los que cobraremos nuestra pensión en el futuro a ver que nos encontramos, como dijo Alfonso Guerra «A España no la va a conocer ni la madre que la parió»
Como cada semana un placer leerte.
Un saludo,
Pedro.