Para Amada.
Por mucho que nos empeñemos, por mucho interés que pongamos, cuando nos llega la hora, nos llega, por muy pesados que nos pongamos en adelantar o retrasar el instante mortal, del todo inevitable. Ahí no hay nada más que rascar. “Si es para ti, aunque te quites; si no es para ti, ni aunque te pongas”, que dicen por mi pueblo. Algunos cuentan que nuestro destino lo llevamos escrito en la palma de la mano, que las viejas gitanas sabían lo que significaba cada una de las líneas.
La de Roberto Iniesta se ha truncado demasiado pronto. “El rollo de siempre”. La música, el decir cosas distintas, el abrir puertas nuevas, el cerrar postigos antiguos, cantar lo que nadie ha cantado, mostrar sonidos nuevos y… dejar un bonito cadáver. Como Jim Morrison, como Janis Joplin, como Jimi Hendrix, aunque estos se fueron mucho antes —sin alcanzar la treintena— que artistas como Silvio o Elvis Presley, que se nos fueron pasado el medio siglo.
El sonido de Robe ha tenido muchos nombres: Dosis Letal en su Plasencia natal; Extemoduro y “La ley innata” de 2008, que supuso un antes y un después; Q3 y “la era del caos”; Extrechinato y Tú, con Fito Cabrales y algunos componentes de Platero y Tú; y Robe, a palo seco, en solitario.
Así fuimos a verlo al puerto de Cádiz y allí nos dejó con la boca abierta porque si los discos de Robe sonaban frescos, en directo era aún mejor, más de verdad todo. Con una sola guitarra eléctrica en el escenario, tocada por él mismo, sonaba aquello a trueno, a relámpago. Banda básica detrás y delante, como los toreros valientes, solo, con su voz afinada y sus acordes templados. Y eso que iba pisando el freno en vez del acelerador.
También se nos ha ido Jorge Martínez de Ilegales, a los setenta años. Los sonidos de aquella España ochentera se nos están yendo a cuentagotas que resuenan en el suelo mojado. Ahora se ha sido Robe Iniesta. Nacer, vivir, cantar, plantar cara a la injusticia, trasnochar, crear, sonar, soñar, revolverse, transmitir, recordar y morir: “El rollo de siempre”.





