Los seres humanos son capaces de hacer el bien y de hacer el mal; de cumplir la ley y de infringirla; de dominar sus instintos o de darles rienda suelta… A diferencia de los animales, poseemos el don y la carga de la libertad. Estamos “condenados” a la libertad, por poco que nos guste – muchos, hoy se está viendo, le tienen escaso aprecio. Pero a última hora, nadie nos quita del hecho de tener de elegir; queramos o no, siempre hay que pensar un poco. Sobre todo a la hora de la tentación (palabra tan en desuso, y tan necesaria), la necesidad de optar por una cosa u otra es evidente. Se asume un riesgo, o no se asume. Se cede a un móvil “bajo” (la venganza, la ganancia indebida) o se elige mantenerse en la honradez. Se decide ayudar al prójimo o apartar la vista. El ser humano debe recordar que es responsable de sus actos.
Con los animales no sucede eso. El animal en Occidente en el siglo XXI está de enhorabuena, ciertamente. Hay una sensibilidad social extendidísima (muchos la creemos incluso excesiva) que se preocupa enormemente del bienestar animal, tenemos toda una serie de leyes protectoras de los animales… Hay casos en que se roza el ridículo, como los que lamentan el “sufrimiento” de los mariscos al ser cocidos. Pero no entremos en polémicas. El caso es que, sin entrar a discutir si esto es adecuado o si se exagera, la idea de que a los animales hay que tratarlos bien es hoy una de las más vigentes, de las más indiscutibles de nuestro sistema de valores. Sobre otros asuntos siempre se oyen voces discordantes, aquí ninguna. Incluso en el caso de opiniones divergentes, por ejemplo respecto a la tauromaquia, sus defensores hablan de la vida opulenta del toro de lidia, y del peligro de extinción de esta especie si se suprime la fiesta. Y los cazadores defienden el equilibrio del ecosistema. Pero el principio de bienestar animal no se discute.
El animal del siglo XXI se puede dar por contento pues… pero sigue siendo animal. En vez de bestia de carga apaleada que fue durante siglos, ahora es mimada y acariciada. Pero nadie pretende que el animal sea responsable, cumpla leyes, tome decisiones ni pague impuestos. El animal no es responsable de sus actos. Las multas en caso de destrozos, etc, irán para el dueño.
Pero hablaba de racismo… ¿Qué es el racismo? No será el que nos guste más o menos un tipo u otro de rasgos faciales. El racismo sería considerar a gentes de otras razas como seres inferiores, carentes de algunos atributos plenamente humanos. No capaces, desde luego, de libertad, de responsabilidad, de distinguir entre el bien y el mal… de las cosas que uno sí espera de los de su sociedad y raza.
Son palabras mayores sacar ahora el tema inmigración ilegal, y compararlo al trato que les damos a los animales. Palabras mayores, de mal gusto la comparación sin duda… Pero si la realidad es tan horrible, pues la enunciaremos, aun sabiendo que en cuestiones desagradables, quien queda mal es el que lo dice y no el que comete el desmán… Pues ahí va: A los inmigrantes ilegales africanos los tratamos como a animales. A animales del siglo XXI, sí: hay que cuidarlos, hay que tratarlos muy bien… pero no les pidamos comportamiento humano. No esperemos que comprendan lo que es respetar unas leyes, no les hagamos responsables de sus actos.
Se habló algo, pero no lo suficiente, ya en 2016, de cómo una feminista sueca, Barbro Sörman (sí, búsquenla en la web), “defendía” a los inmigrantes que cometían violaciones, un delito frecuentísimo desde 2015 en ese país escandinavo otrora idílico. “Pobrecitos, tienen otra cultura, no saben lo que hacen. Es mucho más grave que el mismo crimen lo cometa un sueco”, fueron sus palabras. Que nunca rectificó.
Hoy algunos periódicos sacan en su cabecera que el Gobierno gasta diariamente 300.000 euros en alojar a los inmigrantes ilegales en hoteles de Canarias; y que en breve los repartirá por la Península. Si decimos que esto es una muestra de racismo, sonará tal vez extraño. Pero creo que lo es.
No se los trata como a personas, ciudadanos que viven bajo unas leyes. No parece que sean seres humanos, capaces de discernir, de cumplir normas, de asumir responsabilidades si las infringen… No. Se les trata como si ellos mismos fueran una plaga, una fuerza de la naturaleza. Están viniendo (como si fuera un huracán), pues habrá que recolocarlos. Los tratamos como a animales salvajes. Animales del siglo XXI, eso sí, con el mimo y cuidado que hoy requieren. No pagan su alojamiento, no se les pide que cumplan las leyes, no los vemos capaces de discernir… Hay que cuidarlos mucho, eso sí. Pero a ellos, pobrecitos, ¡qué les vamos a pedir!
En España no se puede viajar; en muchas zonas, incluída toda Andalucía, ni salir del municipio. Pero a los inmigrantes se los transporta en avión de un lado a otro, se los aloja… Como caballos que hay que trasladar de un lado a otro por cuestiones logísticas… No se espera que sean capaces ni del bien ni del mal, sólo se sabe que hay que cuidarlos…
Racismo del siglo XXI. Más favorable, desde el punto de vista del puro bienestar material, que el de otras épocas, sin duda alguna. Antes se les esclavizaba, ahora se les lleva a hoteles. En cualquier caso, incapaces (o como tal los tratamos) de organizarse, de ser responsables. Como a los animales, a ellos no se considera que se les pueda exigir nada.
La señora Sörman estará contenta…





