Decíamos ayer…
Si hay una capital europea que me seduce siempre que la he visitado es Praga; sus monumentos, su historia, sus gentes, ese ambiente centro europeo que te envuelve como una neblina que te impide ver más allá de lo que tienes cerca… y por dos de sus autores literarios cuyas obras me han impresionado y de los que recomiendo su lectura: Franz Kafka y Rainer Maria Rilke.
De este último tomo una frase que mis amigos han escuchado en más de una ocasión de mis labios: “la verdadera patria del hombre es la infancia”. Sirva esta introducción al artículo de esta semana, que he querido dedicarlo a uno de esos escenarios donde transcurrieron algunos de los momentos más emotivos de esa etapa de mi vida, y seguramente de la de muchos de ustedes: el quiosco.
El primero del que guardo memoria estaba en la plaza de la Encarnación, y en él compraba mi padre cada semana los cómics (en los primeros años de la década de los sesenta a todos los llamábamos TBOs) de “Hazañas bélicas” y “Hazañas del oeste”, que devoraba cuando los traía a casa y me hacían soñar con que yo era uno de aquellos valerosos soldados aliados rodeados de enemigos, de los que siempre salían invictos, o colonos que se abrían paso en un territorio inhóspito.
Mi abuelo materno, gran lector de prensa y hombre autodidacta a pesar de su escasa formación académica (comenzó a trabajar a los doce años como camarero), me recogía los miércoles, su día libre, al mediodía, a la salida del colegio, y al pasar por el quiosco del cruce de la avenida Conde de Halcón con la calle Madreselva, no había una vez que no me comprara un ejemplar del “Capitán Trueno” o “El jabato”, y también los divertidos “Tío vivo” con los dibujos de Ibáñez (Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, 13 rue del percebe, Carpanta …). ¡Qué verdad era aquella frase de “donde hoy hay un TBO, mañana habrá un libro”!
Conforme cumplí años y empecé a ganar en autonomía con el pequeño sueldo que me daban en casa, llegaron las colecciones de cromos: las de futbolistas no eran mis favoritas, porque se prestaban más a jugárselas a “los montones”, que a pegarlas en el álbum, tarea en la que mi padre o mi madre me acompañaban para aplicar la dosis exacta de pegamento: ¡Aún conservo el maravilloso álbum “Vida y Color”, que era toda una mini enciclopedia.
Llegaron los años setenta y con ellos las colecciones de libros (¡Cómo olvidar aquella biblioteca RTVE de 100 ejemplares!) y de fascículos, entre los cuales marcaron un antes y un después los de La Biblia, Fauna, de Félix Rodríguez de la Fuente, y la Enciclopedia Salvat.
Esas visitas al quiosco para adquirir la prensa diaria, o las revistas semanales (Sábado Gráfico, Cambio 16, Triunfo, Interviú, …) y/o los coleccionables, generaban una relación de confianza con alguien que conocía tus gustos, tus aficiones y hasta tu manera de pensar, a poco que mantuvieras una mínima conversación con él. Cuando entré a trabajar, era la primera persona a la que le daba los buenos días, al adquirir el periódico.
Me atrevo a afirmar que a principios del siglo XXI, pocos podían columbrar que con la llegada de los móviles, las plataformas digitales, los buscadores como Google, y, sobre todo, las noticias on line, fuera a cambiar todo, y que entraríamos en un mundo diferente, donde los quioscos han ido cerrando, hasta el punto de tener que ir en bicicleta o en moto a comprar lo que antes estaba a unos metros de casa.
No obstante, los que aún perduran siguen siendo el corazón del barrio, un lugar de encuentro que aspira a reinventarse con la venta de agua, refrescos, cafés, gorras y viseras para el sol, golosinas, snacks, etc. En los quioscos se genera mucha comunidad, pues se produce una simbiosis entre aquellos que echan su ratito de charla porque viven solos y no se imaginan leyendo la prensa en el móvil o en una tablet, y los quiosqueros, que miman a sus clientes porque saben que de ellos depende su sustento.
En mi opinión, es muy importante que sigan vivos por varias razones: como mobiliario urbano forman parte del paisaje de nuestras ciudades, fortalecen la relación interpersonal en una época donde la soledad es un mal endémico, son los escaparates culturales más próximos a nuestro domicilio, y muchos más motivos.
La realidad es la que es. En la década de los noventa, un traspaso costaba varios millones de pesetas, y hoy día no se encuentra quien quiera continuar con la tarea de abrir todos los días de la semana con un futuro incierto. En Madrid hace quince años había 800 quioscos, y ahora hay 312. La Asociación de Vendedores Profesionales de Prensa está echando el resto para que su papel en la sociedad se valore y se defienda. En éste que suscribe, y estoy seguro que en mucho de los lectores, encontrarán siempre quien les apoye y anime.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Como bien dices este artículo nos lleva inevitablemente a la nostalgia de nuestra época infantil, ineludiblemente ligada a los quioscos y los tebeos.
Por mi parte contaré que el momento más esperado de la semana para mí era el domingo por la mañana, después de ir a misa en San Roque o en San Ildefonso, y acudir al quiosco de la Puerta Carmona, donde me estaba esperando mi héroe por antonomasia, El Capitán Trueno. También tengo grabadas en la memoria, vaya Vd a saber porqué las historietas de Anacleto sobre todo las que acababan en el desierto con un perplejo moro ( sí, he dicho moro, ¿ qué pasa ? ) * preguntándose de donde había salido aquel extraño individuo.
Ya de mayor no dejé de frecuentar el quiosco de prensa y revistas, en ,mi primera adolescencia, coleccioné las “ Joyas Literarias Juveniles “ con las que descubrí la historia de España ( El Cid Campeador, El descubrimiento de América ), a Julio Verne ( Viaje a la Luna, 20.00 leguas de viaje submarino ) , Alejandro Dumas ( Los 3 mosqueteros ) o el lejano Oeste ( obras de Karl May, El puñal de Osceola ).
Y por supuesto la prensa diaria, aleccionado por mi padre, que también se declaraba autodidacta y haber aprendido mucho leyendo el periódico. Aparte de las revistas de historia, naturaleza, luego más tarde las de informática, el quiosco siempre me ofrecía nuevos mundos por descubrir y satisfacer mi infatigable curiosidad.
Hoy en día uso la prensa digital, porque como dices no hay alternativa. Hay barrios donde ni en bicicleta puedes ir a buscar la prensa, porque sencillamente no hay. Aunque eso hace que valore más el placer de hojear el periódico y leer con tranquilidad los artículos de opinión y por supuesto, hacer los crucigramas, esas ya son palabras mayores.
Coincido contigo, larga vida a los quioscos, que han contribuido no poco a transmitir una cultura que hoy echamos mucho de menos