La primera parte de la carta “a los ciudadanos” de Pedro Sánchez es un ejercicio típico de storytelling, un relato maniqueo de malos -los ultraderechistas- y víctimas inocentes -su mujer Begoñe-, al margen de los hechos, que busca llegar por la vía de la emoción. Y por supuesto con héroes: él mismo, un machista enamorado, salvador de su damisela en apuros. El Puto Amo, como lo ha definido cariñosamente su propio ministro de transportes. Hasta aquí nada notable, otro folletín político de poca monta. Pero lo terrible viene después.
En un guion que se precie, el texto -lo aparente- nunca coincide con el subtexto -lo subyacente. Solo al final, en el desenlace, texto y subtexto convergen para revelarnos la verdadera tesis de la película. Deberíamos preguntarnos, por la cuenta que nos trae, de qué va la película del Puto Amo, más allá del folletín de su puesta en escena. Ha dicho Cayetana Álvarez de Toledo que va de “demoler los contrapoderes del Estado”, porque necesita que los jueces no invaliden su ley de Amnistía, clave de su investidura. Bien, pero esto que ha dicho Cayetana sigue siendo texto, no subtexto, es una obviedad, y no la motivación última y secreta de los protagonistas del relato. ¿Entonces, de qué va esta película? El propio Pedro PutoAmo Sánchez nos lo apunta, sin tapujos, en su desenlace. Su película va de que es un “grave atropello” que la justicia investigue los indicios de delito de la mujer de un presidente, va de que investigar a los familiares de los políticos es traspasar “la línea del respeto a la vida familiar de un presidente y el ataque a su vida personal”. Va de que ellos están al margen del control democrático, porque, como la aristocracia decimonónica, la casta está siempre al margen de la ley ordinaria. Como cuando en pleno siglo XXI la casta es juzgada por magistrados -del Supremo- que ellos mismos eligen, gracias a la modificación legal de Felipe González -otro Puto Amo- en 1985, en contra del mandato Constitucional de independencia de los poderes del Estado. Esta película va de que en la casta, de cualquier color ideológico, deben evitar pisarse la manguera, y deben “poner fin a este fango, unidos más allá de las siglas”, Puto Amo dixit. Va, quizás, de un pacto de caballeros para no destaparse corrupciones mutuas, y menos las de los familiares, que carecen del privilegio del aforamiento. No olvidemos que los ERE de Andalucía no los destapó la oposición política, sino la jueza Alaya, a la que tildaron de “loca” y cuya familia aún va con escolta. Y el caso Begoñe también lo ha destapado la sociedad civil, Manos Limpias; cuyo presidente, Miguel Bernad, sufrió una condena de cuatro años de cárcel promovida por la casta en pleno, condena que luego los altos tribunales desestimaron, tras someterlo al suplico de prisión siendo inocente. Pero claro, él no es la esposa de ningún presidente. Ni es de la casta.
Un estricto sistema de control democrático contra la corrupción desactivaría ese vamos a llevarnos bien que sugiere el subtexto del guion del Puto Amo, ese “tenemos que ser transversales porque esto es algo que nos afecta a todos”, y de cuya resolución “todos saldrán beneficiados”, aireando el tabú, y amedrentando al resto de la casta, que se ha puesto a temblar. Y, por acción u omisión, a defenderlo, o a justificarlo. Ha propuesto Feijoo al Puto regular el status del cónyuge del presidente, como si el delito de tráfico de influencias no estuviera ya regulado en el código penal. Pero el Puto Amo, que conoce las reglas no escritas del juego político, busca un nuevo consenso progre contra “la máquina del fango”, para “respetar las reglas del juego”, quizás refiriéndose a amnistiar al resto de la casta del control democrático, sea este control político, mediático o judicial. Y lo ha llamado “regeneración democrática”, en su línea Orwelliana de nombrar los hechos como lo contrario de lo que son, pero esto ya no debería sorprender a nadie.
Pero el Amo Sánchez no ha inventado nada, solo quiere culminar el proceso de putrefacción de la democracia española que arranca desde su proceso constituyente, y que desde entonces no ha parado de degenerar. Lo bueno del asunto es que ahora Pedro Puto Amo ha puesto todas las cartas boca arriba, que bruto es. Ya habla sin tapujos la vocera de su gobierno de volver a cambiar la ley para nombrar una mayoría de magistrados “progresistas” en el Supremo para los próximos veinticinco años (lo han llamado “democratización de la justicia”). También el ministro Bolaños prepara una ley de enjuiciamiento criminal que pasa la instrucción de los procesos penales desde los jueces a los fiscales, dependientes del gobierno a través del fiscal general del Estado. De fondo, palpita el mismo subtexto oscuro y siniestro de siempre: la corrupción política, única actividad que requiere la demolición de los contrapoderes. Si no ¿para qué tanto escándalo?
Ahora les toca a los otros mover ficha. ¿Qué harán? Quizás Pedro el Guapo quiera volver a la vieja senda del bipartidismo, antes que pactar estas delicadas cuestiones “de estado” con los impredecibles independentistas. Y puede que el PP de Feijoo acepte una renovación “progresista” del poder judicial, en evitación de males mayores. En vez de su democrática obligación de enfrentar al Puto Amo con Europa, que tan estricta ha sido con Polonia o Hungría, última ratio para evitar este golpe del Estado contra la democracia. No hay mucho más. El ejemplo arrojado contra la sociedad es corrosivo, ahora todos querrán ser como el Puto Amo. Y ni los más supuestamente libres y aguerridos del periodismo o la política se atreven ya a mencionar el tabú de la casta política, el secreto mejor guardado, limitándose a la retórica inútil de explicarnos lo obvio. Por eso hay que recordar que el problema de fondo, fundacional de la democracia, es la corrupción política, que ya es estructural en España, y que no tiene color político. La corrupción no solo económica, también la perversión de la Constitución y de la democracia, y la progresiva desactivación de todos los mecanismos previstos para garantizarlas. Solo Vox se ha sumado a la investigación judicial de Begoñe. ¿Qué hará Feijoo? ¿Pactar y compartir el golpe con el Puto Amo, o erigirse bastión de una democracia quizás aún posible en España? Pronto veremos la foto. Pero la regeneración democrática pasa sí o sí por perfeccionar los controles mediáticos, judiciales, legales, y de toda índole, contra la corrupción de la política, que es la verdadera enemiga soterrada de la democracia. Y si no saneamos esta galopante putrefacción, cortando por lo sano y revirtiendo de una vez toda la gangrena acumulada desde el 78, más pronto que tarde los ciudadanos pasaremos de sufrir la autocracia política del Puto Amo de turno, a vivir sumergidos en la más lamentable de las miserias.





