Las “celebrities” parecen ser la única verdadera institución que queda, el baremo último que todo el mundo admite y que absorbe todo.
Es una realidad difícil de definir. Algunos empezamos a darnos cuenta al observar, desde hace ya muchos años, que si por ejemplo un célebre deportista o actor es recibido pongamos por el rey, pues el que parece emocionado, halagado por el honor, es este último. El cantante, o tenista o futbolista, no experimenta la menor emoción ni siquiera al ser bienvenido con los máximos honores en toda la grandeza del Palacio Real; más bien llega con aire benevolente como el que hace un favor.
Ciertamente, una gran parte de lo que en siglos pasados era consustancial a los reyes, el sentido de que pertenecían a su pueblo, el afecto y la adhesión popular… esto se ha trasladado de manera dispersa y difusa, a esas otras figuras, las estrellas del deporte y del espectáculo. Hay que aceptarlo, los que hoy llamamos “reyes” pues… su función tiene poco contenido. En la percepción popular, son ellos los afortunados de poder ver de cerca al cantante o al jugador de tenis. O tempora, o mores!
Pero la cosa no queda ahí. Resulta que las ciudades, las regiones tampoco valen mucho por sí mismas. Hace ya años que al poner pie en tierra en las hermosas, cargadas de Historia, islas Baleares, lo primero que veía el recién llegado era la cara ampliada del deportista estrella del momento dándole la bienvenida. Se supone que eso realza, le da el verdadero valor a la ciudad en cuestión. Un rey se siente halagado si un futbolista holla su palacio; ahora, una ciudad venerable paga tributo (literal) al deportista que le presta su cara…
Miedo da pensar en lo que sucede en otras instancias que muchos tenemos por sagradas. Es mejor no enterarse, rehuir ciertas noticias, ciertas imágenes… no sea que la expresión de humilde arrobo ante el honor conferido venga de quien menos debería tenerla.
Ahora llega la Navidad, y resulta que por sí sola tampoco vale mucho desde instancias oficiales. Los Ayuntamientos que quieren darle boato anuncian que un cantante célebre cantará villancicos. En sí esto no sería malo, como no lo era el que un rey recibiera a deportistas triunfadores. Lo malo es el desplazamiento del baremo de las cosas: ¿quién es el que se siente halagado, y quién el que le hace el favor a otro?
Las fiestas locales ya no tienen valor per se: lo que persiguen, y pagan, es que un famoso acuda a inaugurarlas.
Y ya la pérdida absoluta de toda dignidad, de conciencia del valor del propio patrimonio, se manifiesta a veces en unos titulares que cuesta trabajo creer pero que, ¡son ciertos! Refiriéndose a una cantante en boga, se lee la noticia: “El Prado – por el Museo del Prado- tuvo reflejos y la invitó a presentar su disco en una de sus salas”.
“¡Tuvo reflejos!”
De manera que los cuadros de Velázquez, y del Greco, y de Murillo y de Goya… y de Tiziano y del Tintoretto… esos cuadros y esas salas que son la esencia de España, ahora se prestan ¡a que sirvan de fondo de escenario para presentar discos de una cantante de moda! Bueno: humillaciones en la Historia ha habido muchas, y en toda guerra una marca del vencedor era siempre el poner su sello en un lugar valioso y simbólico del pueblo vencido.
Pero, ¿buscar la humillación, la banalización del propio patrimonio, por parte de sus custodios? El Prado es reconocido universalmente como la mejor pinacoteca del mundo; es algo que casi nadie discute – por más que “sobre gustos no haya nada escrito”, este caso de acumulación de cantidad, calidad y diversidad de grandes maestros reconocidos no tiene parangón en el mundo (en casi ningún gran museo ni palacio se da este fenómeno: en sus muros no cuelga nada mediocre. Prácticamente todas sus obras son obras maestras). Y resulta que los que tienen el increíble privilegio y responsabilidad de custodiarlo, ¡lo ofrecen ellos mismos, no es ya que por necesidad económica acepten una humillación, sino que toman la iniciativa de ser humillados, suplican el servir de escenario pop… y semejante servil iniciativa es alabada, “el Prado tuvo reflejos”! Nos quedamos realmente sin palabras.
Y ahora en Nochebuena nos trasladan al Palacio Real, nuestro Palacio Real, uno de los más bellos del mundo de la época moderna. Realmente después de visitar este recinto, con su Salón del Trono, una simbiosis increíble que aúna grandeza y belleza pero sin esa pomposidad presuntuosa que abunda en tantos otros palacios… parece que la marca de la austeridad hispánica late incluso en medio de los dorados rococó… ese sentido de la medida… En fin, pues ahora resulta que lo más destacado de este edificio, en un mensaje regio supuestamente solemne y navideño, es que “aquí se firmó el tratado de adhesión al entonces Mercado Común”. ¡Qué desolación, qué reduccionismo! No hay que ser anti- Unión Europea para experimentar un curioso desencanto, una sensación de servilismo innecesario. ¿Es que la Historia de España no tiene nada más grande que celebrar?
Pero este es otro tipo de reduccionismo, aunque algo en común sí tiene con el caso del Museo del Prado sirviendo de decorado de fondo para la presentación de un disco de moda.
¡Celebrities! Y no se respeta ningún ámbito. En el océano de mensajitos navideños que se ven y se reenvían, causan especial desazón los que invitan a regocijarse porque tal o cual celebrity, ¡defiende la Navidad! ¡Oh, hay que darle las gracias! Es como si, al estar reconocida por los indiscutibles valores vigentes del mundo actual (el cantante, el deportista, el presentador de éxito), como si eso le confiriera a las cosas de la fe su sello de autenticidad.
Consuela bastante sin embargo el saber que millones de personas, muchas más de las que se cree, permanecen muy al margen del mundo de las noticias y las redes (quien está en ellos se cree que esa es toda la realidad. ¡Cuánto yerran!), y llevan vidas más auténticas.
¡Feliz Navidad!





