Llevamos unos meses de enhorabuena porque el poeta Javier Salvago —que escribe “de la vida en crudo”, Felipe Benítez Reyes dixit— sacó a la calle su último libro: “Aquí nací, este es mi pueblo” editado por LaBaja Andalucía, una joven editorial que ha nacido entre Morón y Paradas, por donde —parafraseando a Fernando Villalón— corre la tinta.
Al abrir sus páginas nos plantamos ante un libro de recuerdos, que no de memorias. Estas últimas ya las publicó Javier en dos tomos —“Memorias de un antihéroe” y “El purgatorio”— en la editorial Renacimiento. Son recuerdos porque las páginas de este nuevo libro son ramalazos de lo que queda de un pueblo, Paradas, y de “una infancia feliz que no lo era” (según el propio Salvago) entre los algodones de su familia y de su gente. Tampoco estamos ante una antología al uso, sino ante una reinterpretación de lo vivido y lo escrito desde la perspectiva del poeta, que anda por los setenta años.
Aquilino Duque dejó escrito que “por trágicos y míseros que hayan sido los tiempos, la niñez es siempre una edad de oro”. La infancia queda a salvo en todo momento de las desdichas y las ducas, que Ortega y Gasset fue “emperador en una gota de luz” porque “a esa edad los disgustos se olvidan con rapidez; de la miseria sólo se ve el lado cómico, y de la tragedia el heroico”, que dijo Aqulino, al que ya hemos referenciado.
La infancia y el pueblo, Paradas. Que es para Salvago como el Barrio de San Lorenzo para Bécquer, como los pinos de Fuentepiñas de Juan Ramón, como el arrabalero barrio bonaerense de Palermo de Borges, como la calle Dueñas de Antonio Machado, como la calle Santa Clara para Rafael Montesinos, como la ciudad que dibuja Luis Cernuda en Ocnos, como el tranvía por la Avenida de Antonio Burgos. Javier y su literatura beben del mundo mágico que atraviesa el día a día. O al contrario, que también vale: una literatura que parte de la experiencia de lo vivido y que, a través de la visión del escritor, remata en un auténtico juego de magia. Como “Un hombre acabado” de Giovanni Papini, el de la “Historia de Cristo”, como la memoria del verano en la prosa de Julián Ayesta, como el “Autorretrato” de Truman Capote, como los patinillos del Pueblo Lejano de Romero Murube, como la Rota de los americanos y Agujetas de Benítez Reyes, como las tierras de calma de Micones de Jacobo Cortines, como las Memorias de Juan Calasancio de Yebra Sotillo, como la Alameda del “Volveré a Morón” de Julio Vélez, como los sueños de Tonio Kröger de Thomas Mann…
Que la vida es recordar y mirar, que lo que queda es lo que se recuerda, que mientras exista memoria hay hombre y poeta. Que la vida es siempre un “volver a volver”, o como escribió Rafael Montesinos: “terminó la niñez y caí en el mundo”.
Javier Salvago vuelve a volver a su infancia, la patria de los poetas güenos, que “se canta lo que se pierde” (Antonio Machado).





