La exposición de “los Bécquer” en el Museo de Bellas Artes está suscitando un interés que no puede sino alegrar a los que padecimos la ola desmitificadora de todo lo clásico y figurativo tan prevalente en la Facultad homónima a fines del siglo XX…
(No íbamos a recrear lo malo, sino lo bueno. Pero una puntada: Cuando un profesor de una asignatura teórica, allá por el 2000, pasaba más tiempo descalificando épocas pasadas que enseñando algo, e insistía en la burla hacia “aquellos que se creen que pintar un racimo de uvas muy bien pintado con la gota de agua brillando encima, los que se creen que eso es arte, ¡oh qué desgraciados!…”, claro, del asombro nos quedábamos sin habla. Y ¿quién levanta la voz tras haber sido ya sentenciados como ridículos antes de abrir la boca? Pero se le debía haber respondido: “Mire, pues como ejercicio de dominio de técnica, si un estudiante consigue pintar perfectamente un bodegón… ya eso es un paso nada desdeñable. No le perjudicará, sino que le ayudará, a expresar más adelante lo que quiera”).
Pero estamos en 2026; esperemos que en una era más afortunada para los estudiantes de artes plásticas, en la que antes que a mirar por encima del hombro se les enseñe a manejar las herramientas de su profesión.
Los cuadros de Joaquín Domínguez Bécquer (el único de los cuatro aquí representados que gozó de una larga vida), sorprenden ante todo por la perfección de su técnica. Reflejan una actitud de amor al oficio, en la que el artista se preocupaba ante todo de “pintar bien” antes que de demostrar al mundo la propia originalidad y chulería. (La pretensión inicial de ser original a toda costa, patología del siglo XX, es un camino estéril).
El cuadro de la plaza de toros es notabilísimo, más allá de la temática, por su prodigiosa técnica. En obras de este tipo – que representen una escena abigarrada con multitud de personajes o de objetos diminutos- suelen darse dos modalidades: una, la “contemporánea”, en la cual se procura el efecto a una cierta distancia, pero con pincelada difusa (no admite el detalle; al acercarse demasiado, “pierden”); otra, la tradicional, cuyo ejemplo más notorio sería la pintura primitiva flamenca, que pinta cada detalle con milimétrica perfección, que es admirabilísima y fascinante, pero que exige el acercamiento: vistas un poco de lejos, ya no transmiten. Pues bien, la pintura de Joaquín D. Bécquer – en su modestia, que no pretendió ser un renovador ni figura en los manuales de Historia del Arte – diríase que combina lo mejor de ambos mundos: es un cuadro que transmite el efecto alegre y luminoso de la escena, se puede apreciar a distancia (como suele ser el caso en lo “contemporáneo”); pero que admite el acercamiento y aun la ampliación al milímetro, sin la menor nota relamida.
Pero nos detenemos especialmente ante otro cuadro: la procesión del Corpus Christi en la Catedral de Sevilla. Sin entrar en los muchísimos aspectos que lo hacen relevante (parece que esta obra, ¡formó parte de la Exposición de París de 1855! No es que la aprobación gala le añada valor alguno, de ninguna manera. Pero por mil razones históricas, este hecho es muy destacado), detengámonos en la obra en sí misma, olvidando ya todo contexto, ¿qué nos dice, ahora en 2026?
Pues diría que esta pintura nos evoca la realidad de una ceremonia catedralicia con mucha mayor eficacia que lo puedan hacer las mil y una retransmisiones de los últimos tiempos.
En efecto, la obsesión retransmisora de todo tipo de procesiones y ceremonias que nos aqueja muy especialmente desde 2020… pues puede que haya tenido efectos benéficos (¿la “difusión”…?), pero es indudable que, desde que esas grabaciones se realizan con tantísimo detalle y cercanía al objeto, con tanta luz y precisión, con tan múltiples puntos de vista, sin que ni un centímetro se le vele al espectador… es indudable que han perdido un aura, se ha eliminado toda sensación de intriga o de misterio.
En cambio este cuadro nos transporta a ciertos momentos emocionantes vividos en la catedral – muy especialmente, los de hace ya unos años, antes de la multiplicación de pantallas y cámaras, y antes también de las enormes restricciones al público en días grandes “por seguridad”, y de la obligatoriedad de múltiples luces encendidas también “por seguridad”. Así, aquel Vía Crucis de las Cofradías de los años noventa, en una catedral atiborrada y en penumbra, abierta a todos sin que nunca hubiera el menor incidente, la multitud silenciosa haciéndole pasillo al cortejo de cirios, sin vigilantes, sin vallas… Otro mundo. Las ceremonias actuales, plagadas de cámaras, de vallas y de restricciones, son ya otra cosa.
Pero volviendo a lo del poder evocativo de unas imágenes frente a otras. Aun en los tiempos actuales, no diremos que las ceremonias actuales “no transmitan nada”, evidente y afortunadamente no es así. Pero el modo de retransmitirlas (ya que nadie discute que haya que hacer esto) sí podía cambiar a mejor, con poco esfuerzo. ¿Cómo? Basta con dejar la cámara fija, y a una cierta distancia; precisamente como lo está el ojo del pintor en este cuadro. Así se capta mucho mejor el ambiente que no acercándose tanto.
Volvamos al cuadro decimonónico. Conmovedores los tapices que cubren, sólo para esta festividad, los pilares inmensos (¡y no había grúas!). Conmovedor también esa especie de laconismo: la plata, el incienso, las mismas bóvedas catedralicias están pintados sin el menor alarde ni presunción; el pintor no está diciendo: “¡Oh, mirad qué boato!”, sino dando fe de algo tan obvio y natural como la hierba del campo: el aspecto que presenta la catedral en día del Corpus, sin que nadie pestañee…
Hablarán las piedras… Hablarán los cuadros.





