Tuvimos democracia y nos echamos a dormir, justificando nuestro papel como ciudadanos en el acto cuatrienal de meter el voto en la cárcel de cristal. Como ciudadanos de a pie poco más podemos hacer por la razón que acabo de poner: nuestro voto queda preso en la urna para que los políticos de turno dispongan de él a su antojo y conveniencia. La democracia directa no es posible y nos tenemos que conformar con la representativa, con las perversiones que este sistema conlleva, de ahí que se diga que es el sistema político menos malo. Por eso es tan importante que los partidos políticos digan por escrito antes de unas elecciones qué van a hacer con nuestro voto. Todo lo que se salga de esta relación política con los ciudadanos –promesas y cumplimiento de las mismas- es engaño y perversión del sistema. Es una tentación latente en los políticos, en unos más que en otros, todo depende del grado de ética y honradez de los mismos. Hay quien dice blanco y hace blanco, hay quien dice blanco y hace negro, hay quien dice blanco y hace encaje de bolillos para que el color resultante, sin ser blanco, parezca que es blanco o tirando a blanco o si es preciso se le cambia el nombre a la escala de colores. El traidor Sánchez es un experto perverso en esto de la paleta de los colores en política. En este sentido, los ciudadanos estamos desprotegidos ante los desmanes de los gobernantes y de la oposición porque miran de reojo que algún día también ellos serán gobernantes (aunque ya hemos dicho que no todos son iguales). La reacción del pueblo es muy limitada, primero porque solo puede manifestarla cada cuatro años, segundo porque es susceptible de ser adormecido con el opio del presupuesto que los gobernantes dejan caer poco a poco y de tapadillo sobre el incensario de las ayudas, subvenciones y prestaciones sociales y otras chucherías del “azúcar refinado” del erario público. Es la infalible fórmula de “envenenar” al pueblo para salvarlo. El traidor Sánchez es un destacado chamán en estos asuntos.
Así las cosas, una democracia avanzada –normal, podríamos decir- cuenta, afortunadamente, con más recursos para desintoxicar al pueblo que los gobernantes envenenan diariamente: es el poder de la palabra y de las suelas. La palabra es todo, se usa para decir promesas y mentiras, pero también para denunciarlas y combatirlas, con la verdad, con la investigación, con argumentos, con razones, con proposiciones concluyentes. La palabra nos ha hecho y nos hace avanzar, marcan el camino de la verdad una vez que llega a ser incontrovertible, arrancan el compromiso del pueblo, determinan objetivos reales y alcanzables: historia, ciencias, literatura, poesía, filosofía, arte. Y además tenemos el poder de las suelas, símbolo de la movilización. La palabra es necesaria, pero hay que recorrer el camino que previamente ha marcado, hay que moverse, manifestarse, reivindicar, protestar contra los atropellos de los gobernantes. Pero, tenemos un inconveniente, la palabra y las suelas no están siempre al alcance del pueblo porque el común de la gente no domina la palabra ni la capacidad de organización para movilizarse. Como un silogismo sencillo de resolver llegamos a la conclusión que, sin duda, nos falta en nuestra democracia avanzada –digamos, normal-. El silogismo se resuelve con esta pregunta (vaya forma de resolver un silogismo): ¿dónde están los intelectuales, los dueños del poder de la palabra y del poder para poner en marcha la materialización del compromiso colectivo? Escritores, filósofos, poetas, catedráticos, colectivo de profesores, colegios profesionales, ensayistas, periodistas, líderes de opinión (dejemos aparte la telebasura, radiobasura y prensabasura). Es verdad que bajo el paraguas de intelectuales militan las gentes de la palabra y el conocimiento, capaces, por otro lado, de hacer valer su poder de convocatoria para movilizar a la sociedad. Es verdad que la mayoría de ellos responde a un perfil de izquierdas, ¿y qué? Ser de izquierdas o de derechas o liberales es una condición ideológica respetable que nada tiene que ver con aceptar y jalear los desmanes de este PSOE corrompido por el traidor Sánchez. ¿Dónde están? ¿Cuándo y dónde hablan y proponen pautas de pensamiento (no toxico) y de comportamiento que combatan la acción política desquiciante de los gobernantes actuales? España está desde hace unos años en un periodo trágico donde cada día que pasa damos un paso más al abismo democrático. Son escasos los escritores y filósofos que se están moviendo. Insuficientes. El pueblo los necesita a todos, necesita que salgan de su zona de confort intelectual (seguramente, también, económica) y alcen la voz de la razón, de la verdad demostrada, de los peligros reales como país y como democracia, como estado de derecho. ¿Es mucho pedir? No hace falta dar nombres, de manera natural los intelectuales deben sentirse concernidos por la falta de compromiso que demuestran. ¿Por qué hay que recordárselo? Ellos tienen, además del poder de la palabra, el poder de nuestras suelas. Gandhi, el padre de la no violencia, protestaba, reivindicaba, presionaba, andando, sí, andando con las suelas de sus pies, días y días, kilómetros y kilómetros, de ciudad en ciudad. Marcaba el camino y lo recorría andando. Es mucho pedir, ¿verdad? Hacer algo así es salir de nuestra adorable zona de confort, pero, por ahora, es lo único que tenemos: intelectuales organizados marcando el camino con la palabra y nosotros recorriéndolo con nuestras suelas. No estaría mal una marcha desde todos los puntos de España hasta el Palacio de la Moncloa. Tendríamos que salir de nuestra zona de confort, pero sacaríamos también al traidor Sánchez de la suya. Puede que llegue el día en que no tengamos ni palabra (porque estará prohibido manifestarla), ni suelas (porque no tengamos para zapatos). ¿Exageración o premonición? Allá cada cual con los poderes que nos quedan.
Julio R. Carmona





