Las celebraciones navideñas institucionales, oficiales, globalizadas, presentan otro inconveniente (por llamar así, de modo casual, a un efecto realmente perverso): al anticiparse tanto, dan como resultado que el evento a celebrar –la Navidad- se pase de moda antes de haber comenzado.
Queda raro ya el comprar adornos o turrones, y eso antes de haber comenzado el período estrictamente navideño. En unos grandes almacenes, la encargada del puesto de mantecados explicaba: “Nuestro contrato es hasta el día 31”. ¡Hasta el 31! ¿Dónde queda el período navideño español, que se extiende hasta el día de Reyes (aparte ya de calendarios litúrgicos)? Y si nos ponemos así, ¿por qué no vuelven ya los niños al colegio desde el día 2…?
Pero en fin, se trata de disfrutar de lo que aún nos queda. Por ejemplo, de los villancicos tradicionales. A medida que se avanza en la vida se les ve el sentido incluso a aquellos que parecían más absurdos e incongruentes… A una niña ingenua puede agradarle más la dulzura de “Noche de Paz”, y otros villancicos de letra más elevada; y si oye los de que mencionan a ratones y a ladrones y a embriagueces, esto puede ser hasta desconcertante (¿a qué viene tanta vulgaridad para celebrar algo tan excelso…?).
El paso de los años, con los consiguientes brutales choques con la realidad es el que hace, si se tiene la suerte de conservar la fe, que se vayan apreciando cada vez más estas letras descabelladas… “En el portal de Belén/han entrado los ratones/ y al bueno de san José/le han roído los calzones…” El Verbo hecho carne con todo su realismo, y las humillaciones de la servidumbre humana. Y, ¡oh, que no falte! “los ladrones han entrado, roban los pañalitos…”. De nada podemos estar seguros, nunca se es tan pobre como para que a uno no le roben (al contrario más bien), ¡qué incómoda es esta vida, cuánta sinrazón! Por un lado los ángeles cantan Aleluya, y los magos vienen con ricos presentes, sí, pero el que viene a este mundo carnal pues tendrá que sufrir los ratones y los ladrones…
De modo que hasta los ratones y los ladrones forman parte del canto y de la pandereta con exultante alegría, ¿por qué? ¿dejan ya de ser dañinos? Bueno- el hecho de que el Dios hecho hombre comparta hasta eso, pues ya lo hace merecedor, por lo notable, increíble, de ser cantado con todo jolgorio.
Es la gran fiesta de la Humanidad, todo lo humano, aun un poco molesto, queda exaltado. “Dame la bota que me voy a emborrachar”.
A mayor elevación y misticismo de los grandes santos, más se admiraban de esta especie de “vulgaridad redimida” que supone la Navidad. A un no entendido que haya oído hablar de Santa Teresa de Jesús como de una gran escritora mística le puede sonar soso, banal, el texto de sus poesías navideñas: “Mas es pariente de Blas/y de Menga y de Llorente/ oh, que es Dios Omnipotente… /Mira Llorente/qué fuerte amorío/ viene el inocente/ a padecer frío… Pues, ¿cómo Pascual, hizo esta franqueza /que tome un sayal/dejando riqueza?” Sí que suena simple; efectivamente cualquier soneto de nuestros Siglos de Oro, el XVI y el XVII, deja muy atrás (en sonoridad, virtuosismo, casi ateniéndose a cualquier estándar) estas simples rimas. Pero hay algo de profundamente conmovedor en ellas: la Santa no se esmera, no es el momento, está demasiado emocionada con la idea de que el Niño Jesús es nuestro pariente, y por eso insiste con nombres propios una y otra vez, mira Gil, mira Pascual, pero mira Llorente, ¿pero tú lo estás viendo?
¡Hecho hombre! Lo humano queda realzado; en fin, excluyendo cuanto es realmente abyecto y criminal (que eso “se tratará” en otro momento), todo lo humano, incluso en sus debilidades e incongruencias, puede cantarse estos días, al son de la pandereta.
Y celebremos la palabra “aguinaldo”, exclusiva de la Navidad; hasta con la picaresca y tomadura de pelo.
“En la puerta de mi casa/voy a poner un petardo/ pa’ reírme del que venga/ a pedirme el aguinaldo”.





