El petardo, el aguinaldo… (I)

La Historia va tan rápido que verdades que parecen contundentes se quedan obsoletas en pocos años. Espanta la velocidad de cambio de las costumbres sociales, de justo lo que parecía más persistente…

Ayer falleció Antonio Burgos; amado o criticado, ha sido indiscutible figura notoria de Sevilla durante décadas. Pues bien, en el hermoso Pregón de Semana Santa que dio en 2008, hablando de la intensidad con la que se vivían aquellas fechas, afirmaba: “Por eso en Sevilla se celebra tan poco la Navidad, ¿qué mejor Navidad que el Domingo de Ramos?¿Qué mejor Nochebuena que la Madrugá?”

Esas palabras describían la realidad exacta de aquel momento. Pero, ¿qué momento? Pues 2008. Sí, hace sólo quince años. Mucho en la vida de una persona, y sobre todo de un joven; pero suena a poco, a poquísimo, para semejante transformación social. La Navidad en Sevilla apenas se celebraba. No empezó a ser un fenómeno festivo hasta la llegada del alcalde Zoido en 2011; entonces comenzó a celebrarse a gran escala, y con el “mapping” y espectáculo y nieve artificial en  la Plaza de San Francisco.  Lo que nos suena tan familiar tiene poco más de diez años: la Navidad en la calle, como fenómeno oficial, desinhibido, institucional, masificado.

Los que amábamos la Navidad  casi en secreto (mil elementos hoy ubicuos, como las coronas de Adviento en las iglesias, eran en 2008 cosas aquí completamente desconocidas. Teníamos nuestro Nacimiento y nuestro árbol, y panderetas y villancicos, pero poco más), nos “alegramos”, sí, entonces, de esa celebración intensificada…

Hoy a las puertas de la Navidad de 2023, ¿qué pensar? Esas celebraciones intensas, espectaculares, “oficiales”, ¿son buenas, son malas? En fin, si vivimos en la era del espectáculo, si unas Olimpíadas, o unos Premios Grammy (que algunos ni sabíamos lo que eran, pero por lo visto algo grandioso y crucial) se exaltan tanto, no vamos a lamentar que lo que sí nos es caro se celebre mientras más, mejor. Bien está pues.

No lo lamentamos. Pero hay algo de vacuo y globalista en esos “mappings”; parecen llevar el sello de lo mismo que encontramos al visitar cualquier ciudad europea del norte o del sur, del este o del oeste. El viajero que ilusionado y expectante llega a la estación de tren una ciudad emblemática se ve antes que nada inmerso en una piscina de “Starbuck-Carrefour- Zara-Calzedonia-Tiger-Caffé Nero….etc etc” aplastante, apabullante, abrumador. ¡Cuánto tarda en dar con un centímetro cuadrado distinto a lo que tiene en casa! Y si el viaje es en diciembre, pues lo mismo a orillas del Mediterráneo que a las del Báltico (y presumiblemente también en mares mucho más lejanos), verá unas calles con iluminación cual de feria, y un espectáculo de “mapping” en la fachada de un palacio…

¿Lo criticamos? ¿No decíamos que nos alegraba el que se celebrara intensamente la Navidad…?

Nos alegra que se celebre. Pero hay algo de desconcertante en esta uniformidad. Resulta deshumanizante. La Navidad, al celebrarse de manera auténtica, toca fibras íntimas que hace que cada pueblo desarrolle tradiciones muy distintas, muy específicas de cada uno. El fenómeno de los mercadillos navideños (hasta hace poquísimo, exclusivo de ciertos lugares de Centroeuropa), y el mapping, exhibidos con alarmante semejanza desde Sevilla a Varsovia, desde Aberdeen hasta Grecia (ciudades carentes todas ellas de esta tradición, pero donde ha explotado de golpe en los ultimísimos años- a la vez que se debilitan los elementos que sí eran característicos de cada uno de estos lugares) no puede sino dejarnos desconcertados…

En fin, la Navidad oficial y globalista nos deja una sensación ambigua que ni sabemos definir. Pero a la vez, en este 2023 pueden advertirse otros elementos, de resurgir de tradiciones verdaderamente populares, que nos dan esperanza, esto sí de que de modo inequívoco.

Vuelven a verse, en una gran cantidad de bares, tiendas, oficinas, los clásicos adornos navideños que en años recientes, por un extraño esnobismo, habían caído en desuso: el portalito, la tira de espumillón, la bola… Especialmente entrañable resulta ver esos humildes adornos en los lugares más prosaicos e incluso sórdidos; acaso es ahí donde tienen más sentido. Parecen decir “Señores, la vida no es un cuento de hadas. Aquí está usted tirada esperando en un ambulatorio, con los tiesos semblantes de los empleados de turno. Pero en fin, es Navidad: ahí lo puede ver”. Profundo mensaje; ni Santo Tomás de Aquino podría mejorarlo. Al Niño Jesús lo trataron con la misma indiferencia, en la posada de Belén, con que a uno lo tratan en la sala de espera. Dios se hizo hombre, hasta para lo que esto tiene de más tristón y desangelado. Estamos pues en buena compañía. La tira de espumillón da el toque humano que le falta al semblante del funcionario. Es Navidad. Para los creyentes supone una diferencia no pequeña, aun haciendo aparentemente lo mismo, esperar en un triste pasillo.

Oponemos así la moderna celebración ostentosa, espectacular y globalizada, a la tradicional, especialísima de cada pueblo y patria chica. Pero, ¿se contradicen? A favor de la primera hay que decir, aunque no sea nuestra predilecta, que acaso gracias a ella, a su aplastante irrupción en nuestras vidas en la última década, pues favoreció tal vez el que desapareciera el “complejo” (el absurdo esnobismo de considerar que los adornitos de Navidad eran cosa atrasada y que resultaba más “cool” omitirlos) que había desolado los últimos años, y que, al poner la Navidad “de moda”, pues regresaran también, abierta y desinhibidamente, sus elementos más populares…

  Y vuelven a oírse entrañables villancicos – les dedicamos capítulo aparte




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *